Dos haciendas. Dos familias. Una rivalidad que ha sobrevivido durante generaciones.
Lara Dávila nunca imaginó que el hombre que la observaba a escondidas junto al arroyo terminaría convirtiéndose en el hombre que cambiaría su vida. Mucho menos que, después de golpearlo con una piedra y huir, él juraría encontrarla y hacerla su esposa.
Izan Orellana ha regresado a la hacienda familiar para hacerse cargo del legado de sus padres. Lo último que esperaba era enamorarse a primera vista de la hija de sus eternos enemigos.
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CAPÍTULO 1
El rugido del motor rompió la tranquilidad del camino que conducía a la hacienda Orellana.
Después de once años lejos de aquellas tierras, Izan regresaba al lugar donde había crecido, donde había aprendido a montar a caballo antes de dominar por completo sus propios pasos y donde había descubierto que su corazón pertenecía a algo más que los negocios familiares.
A sus treinta años, volvía convertido en un hombre diferente. Había dejado atrás al muchacho que se marchó al extranjero con una maleta llena de sueños y una promesa hecha a su padre: regresar algún día para hacerse cargo de la hacienda.
Y había llegado el momento de cumplirla.
—¿Estás seguro de que recuerdas el camino? —preguntó Adriel desde el asiento del copiloto, con una sonrisa burlona—. Porque, si seguimos avanzando, terminarás llevándonos a la hacienda de los Dávila.
Izan soltó una risa breve sin apartar la mirada del camino.
—Conozco estas tierras mejor que tú.
—Por supuesto. El gran Izan Orellana, el hombre que cree tener respuesta para todo.
—Y, aun así, aquí estás, dependiendo de mí para llegar a casa.
Adriel negó con la cabeza, divertido.
—Años estudiando fuera y sigues siendo el mismo arrogante de siempre.
—Y tú sigues hablando demasiado.
—Alguien tiene que mantener viva esta amistad.
Izan sonrió mientras conducía.
Adriel era su primo, pero aquella palabra nunca había sido suficiente para describir lo que significaba en su vida. Habían crecido juntos, compartido juegos, secretos y aventuras. Eran más hermanos que primos, una relación que se había fortalecido cuando Adriel perdió a sus padres a los quince años.
Leticia, hermana del padre de Adriel, no había dudado en abrirle las puertas de su hogar. Desde entonces, la familia Orellana se convirtió también en la familia de Adriel, y Sael lo trató como a un hijo más.
Cuando Izan se marchó al extranjero para estudiar Administración y Finanzas, Adriel permaneció a su lado durante los primeros años de aquella nueva etapa. Tres años después, decidió continuar su propia formación y también se marchó, aunque por un camino académico diferente. Ahora, tras ocho años fuera, ambos regresaban juntos a la hacienda.
—¿Nervioso? —preguntó Adriel, observándolo de reojo.
—¿Por qué habría de estarlo?
—No sé. Quizá porque vas a encontrarte con tu padre después de once años y tendrás que demostrarle que no desperdició todo ese tiempo esperándote.
Izan le dirigió una mirada seria.
—Mi padre sabe perfectamente por qué me fui y por qué estoy regresando.
—Eso espero. Porque, si el tío te recibe con una lista de tareas, pienso desaparecer antes de que me asignen la mía.
—Puedes intentarlo. Te encontraré.
—Qué considerado.
Ambos rieron.
Poco después, el paisaje comenzó a resultarles familiar. Los cercados se extendían a ambos lados del camino, los pastizales se mecían con la brisa y varios caballos levantaron la cabeza al escuchar el ruido de los vehículos.
Izan redujo la velocidad.
Sus ojos recorrieron cada rincón con una emoción que no estaba dispuesto a reconocer en voz alta. Allí estaba el establo donde había aprendido a ensillar, el terreno donde había entrenado a sus primeros potros y el camino que conducía al arroyo.
Aquel arroyo.
El mismo que, desde hacía generaciones, alimentaba las disputas entre los Dávila y los Orellana.
Su padre había hablado tantas veces de aquellas tierras que Izan conocía cada argumento de la familia. Para Sael, el arroyo formaba parte del patrimonio que sus antepasados habían defendido durante décadas. Los Dávila, por supuesto, sostenían exactamente lo contrario.
Izan nunca había olvidado aquella rivalidad.
Tampoco tenía intención de permitir que interfiriera en sus planes.
—Todo sigue igual —murmuró Adriel, mirando por la ventanilla.
—No todo —respondió Izan—. Nosotros ya no somos los mismos.
Adriel lo observó durante unos segundos y asintió.
—Supongo que no.
Cuando atravesaron el portón principal, encontraron a Leticia y Sael esperándolos frente a la casa.
Leticia fue la primera en moverse.
Apenas Izan estacionó, ella bajó los escalones y se acercó al vehículo con una emoción que llevaba años guardándose. Su hijo abrió la puerta y, antes de que pudiera pronunciar una palabra, ella lo rodeó con los brazos.
—Mi niño...
Izan cerró los ojos y la abrazó con fuerza.
Hacía once años que no recibía uno de aquellos abrazos sin prisas, de esos que parecían capaces de devolverle a uno todo el tiempo perdido.
—Mamá —susurró.
Leticia se apartó apenas para acariciarle las mejillas y observarlo detenidamente.
—Déjame mirarte. Dios mío, estás tan cambiado.
—Sigo siendo yo.
—Eso está por verse. Antes podía convencerte de que te sentaras a desayunar. Ahora tendré que pedirte una cita para hablar contigo.
Izan soltó una carcajada.
—No exageres.
—¿Yo? Jamás.
A su lado, Adriel ya había recibido el abrazo de Sael, quien le dio una palmada en el hombro antes de estrecharlo entre sus brazos.
—Bienvenido a casa, muchacho.
—Gracias, tío. Ya era hora de regresar.
—Esta también es tu casa. Nunca lo olvides.
Las palabras de Sael hicieron que Adriel perdiera por un instante su sonrisa despreocupada. Desde la muerte de sus padres, aquel hombre había sido una figura fundamental en su vida. Nunca había intentado reemplazar a su padre, pero siempre le había ofrecido apoyo, orientación y un lugar al que pertenecer.
—Lo sé —respondió Adriel, con la voz ligeramente más grave—. Gracias por todo.
Sael le apretó el hombro y después dirigió la mirada hacia su hijo.
— Muchos años —dijo, acercándose a Izan—. esperando este momento.
Izan se enderezó.
—Te dije que regresaría.
—Y cumpliste tu palabra.
Padre e hijo se abrazaron.
—La hacienda te ha estado esperando —añadió Sael—. Hay mucho trabajo por hacer.
—Estoy preparado.
—Eso espero. Porque no pienso permitir que tus títulos universitarios te hagan creer que sabes más que los hombres que llevan toda su vida trabajando estas tierras.
Izan sonrió de lado.
—No te preocupes, no pasará.
—Bien. Mañana recorreremos los terrenos y revisaremos los establos. Quiero que conozcas el estado de cada caballo y que te familiarices con los cambios que hemos hecho.
—Puedes contar con ello.
Adriel levantó una mano.
—Solo quiero dejar constancia de que yo también regresé. Por si alguien piensa ponerme a trabajar desde el primer minuto.
Leticia rio y se acercó para abrazarlo de nuevo.
—Tú también eres mi hijo, Adriel. Y, por supuesto, tendrás trabajo.
—Debí quedarme en el extranjero.
—Llegas tarde para arrepentirte —respondió Izan, dándole una palmada en la espalda.
La familia entró en la casa entre risas, abrazos y preguntas sobre los años que habían pasado lejos. Leticia había preparado una comida especial y se empeñó en que ambos se sentaran a la mesa antes de hablar de cualquier asunto relacionado con la hacienda.
Sin embargo, Sael no tardó en sacar el tema que llevaba tiempo esperando discutir.
—Hay algo que debes saber, Izan. Durante tu ausencia, las cosas con los Dávila no han mejorado.
Izan dejó los cubiertos sobre el plato.
—¿El arroyo?
—Si. Ramiro sigue convencido de que tiene derechos que no le corresponden.
—¿Ha habido algún problema reciente?
—Todavía no uno que no podamos manejar —intervino Sael—. Pero quiero que estés preparado. A partir de ahora, tú también tendrás que ocuparte de este asunto.
Izan sostuvo la mirada de su padre.
Había regresado para dirigir la hacienda, mejorar los negocios familiares y preservar el patrimonio que algún día tendría que dejar en manos de la siguiente generación. No pensaba permitir que una disputa territorial pusiera en peligro todo aquello.
—Me encargaré de los negocios y de las tierras —afirmó—. Pero quiero conocer cada detalle antes de tomar decisiones.
Sael asintió, satisfecho.
—Eso es lo que esperaba escuchar.
Leticia, en cambio, suspiró.
—Ojalá algún día ambas familias comprendieran que el arroyo es suficiente para ambos.
Nadie respondió.
Todos conocían la historia. Todos sabían que aquella enemistad había sobrevivido a generaciones enteras y que ninguno de los dos patriarcas estaba dispuesto a ceder.
Izan miró por la ventana. Desde allí podía distinguir una parte de los pastizales y, a lo lejos, la línea de árboles que acompañaba el curso del arroyo.
No tenía motivos para pensar que su regreso cambiaría algo más que su propia vida.