Hades, el dios del inframundo, jamás imaginó que podría enamorarse de una mortal. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella, todo cambió. A escondidas de los dioses, se casaron y esperaron juntos la llegada de su hijo.
Sin embargo, su amor despertó el temor de los dioses, quienes creyeron que aquella unión amenazaba el equilibrio del mundo. Engañaron a Hades para alejarlo y, mientras él estaba ausente, le arrebataron a su esposa y a su hijo antes de que pudiera conocerlo.
Consumido por el dolor y la sed de venganza, Hades juró hacer pagar a los responsables. Pero Perséfone, cegada por los celos, lanzó una maldición sobre los amantes: estarían destinados a encontrarse en cada nueva vida, solo para perderse una y otra vez.
NovelToon tiene autorización de Luna de Tinta para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
LA VERDAD QUE SE ESCONDE EN LOS SUEÑOS
Alison había descubierto que existían noches en las que dormir era mucho peor que permanecer despierta.
La primera vez que soñó con aquel río negro, pensó que su mente estaba jugando con ella. Tal vez había leído demasiados libros de fantasía, tal vez el cansancio estaba haciendo de las suyas o quizás había algo en su vida que necesitaba comprender y que su imaginación intentaba mostrarle de una manera extraña.
Pero aquella segunda noche había sido diferente.
El jardín de flores blancas seguía grabado en su memoria. Recordaba el color imposible del cielo, la fuente de piedra y, sobre todo, los ojos del hombre que había aparecido frente a ella.
Aquellos ojos.
No podía explicar por qué le resultaban tan familiares. Era como mirar el rostro de alguien a quien había esperado durante mucho tiempo, aunque no supiera cuándo había comenzado aquella espera.
Y la voz…
No deberías estar aquí.
Alison se sentó en el borde de la cama y se llevó las manos a la cara.
—¿Quién eres? —susurró, aunque sabía que no había nadie que pudiera responderle.
Entonces recordó las últimas palabras del desconocido.
Porque todavía no es el momento.
¿Qué momento? ¿Para qué?
Se levantó y caminó hasta la ventana. La ciudad comenzaba a despertar, y los primeros rayos del sol iluminaban los tejados. Todo parecía normal. La gente seguía con sus vidas, los pájaros cantaban y una mujer discutía con alguien en la calle por el precio de unas frutas.
El mundo no tenía idea de que ella acababa de despertar con la sensación de haber perdido algo que nunca había poseído.
Y eso era lo que más miedo le daba.
No el sueño.
La tristeza que había dejado en su interior.
---
Hades tampoco había dormido.
No porque los dioses necesitaran descansar de la misma manera que los mortales, sino porque había pasado buena parte de la noche observando las aguas oscuras de una fuente situada en una cámara privada del inframundo.
Desde que había regresado, una inquietud persistente se negaba a abandonarlo.
La presencia desconocida seguía merodeando por los límites de su reino. Sus guardias no habían logrado descubrir de dónde provenía ni quién la dirigía. Cada vez que se acercaban, la sombra desaparecía, dejando tras de sí una sensación desagradable, como si alguien hubiera abierto una puerta que jamás debió existir.
Pero no era aquello lo que mantenía su atención atrapada.
Era Alison.
Recordaba su expresión cuando le había dicho que estaba cansada de recibir advertencias sin explicaciones. Recordaba también la manera en que había sostenido su mano, como si quisiera demostrarle que podía tener miedo sin estar dispuesta a huir.
Ella no le había pedido que fuera un héroe.
Le había pedido que confiara en ella.
Y Hades estaba empezando a comprender que proteger a alguien no siempre significaba mantenerlo lejos de la verdad.
A veces, significaba tener el valor de compartirla.
—Mi señor.
La voz de uno de sus guardianes interrumpió sus pensamientos.
Hades levantó la mirada.
—Habla.
—La presencia volvió a aparecer cerca de la frontera oriental. Esta vez no se acercó a las puertas, pero dejó algo atrás.
El guardián extendió una mano. Sobre su palma descansaba un fragmento oscuro, pequeño y brillante, parecido a un trozo de obsidiana. En su superficie se distinguían unas líneas finas que cambiaban de posición cuando la luz las alcanzaba.
Hades se puso de pie.
—¿Dónde lo encontraste?
—Junto a las piedras que marcan el límite del reino.
El dios tomó el fragmento entre los dedos. Una corriente helada le recorrió la mano.
Por un instante, la habitación desapareció.
Vio un jardín cubierto de flores blancas.
Una fuente de piedra.
Y a Alison, de pie frente a un hombre cuyo rostro no alcanzaba a distinguir.
Después, la visión se quebró.
Hades soltó el objeto.
El fragmento golpeó el suelo y se partió en dos.
El guardián retrocedió, alarmado.
—¿Qué ha sucedido?
Hades miró los pedazos negros.
No iba a admitir que había visto algo relacionado con Alison. Ni siquiera estaba seguro de que aquello hubiera sido una visión real y no una trampa destinada a confundirlo.
Pero una cosa estaba clara.
Alguien estaba jugando con fuerzas que no comprendía del todo, y Alison podía encontrarse en medio de aquel juego.
—Que nadie toque los fragmentos —ordenó—. Quiero que examines el lugar y descubras si dejaron algo más. No persigas a la presencia si vuelve a aparecer. Obsérvala desde la distancia.
—¿Y si intenta entrar?
Los ojos de Hades se endurecieron.
—Entonces descubrirá por qué nadie entra en mi reino sin mi permiso.
El guardián inclinó la cabeza y se marchó.
Hades permaneció inmóvil unos segundos. Después volvió a mirar la fuente.
—¿Qué estás viendo tú que yo no puedo ver? —murmuró.
Las aguas permanecieron quietas.
Por primera vez en mucho tiempo, el señor del inframundo tuvo la desagradable sensación de que no era él quien observaba los secretos de los demás.
Alguien estaba observando los suyos.
---
Alison encontró a Hades en la plaza poco después del mediodía.
Lo vio sentado en el borde de la fuente, con los brazos apoyados sobre las rodillas y la mirada perdida en el agua. A pesar de la tranquilidad de su postura, había algo tenso en sus hombros.
Se acercó despacio.
—Empiezo a pensar que tienes una especie de contrato con las fuentes de esta ciudad.
Hades levantó la cabeza. La sorpresa en su rostro duró apenas un instante antes de convertirse en una sonrisa discreta.
—¿Y eso por qué?
—Porque cada vez que te encuentro, estás mirando el agua como si fuera a revelarte los secretos del universo.
—Tal vez estoy esperando que me diga algo interesante.
—¿Y ha funcionado?
—Todavía no.
Alison se sentó a su lado.
—Entonces deberías cambiar de fuente.
Hades soltó una risa breve. Era un sonido poco frecuente en él, y Alison se sorprendió al descubrir cuánto le gustaba provocarlo.
Durante unos minutos hablaron de cosas insignificantes. Ella le contó que había tenido una mañana terrible porque había derramado café sobre uno de sus libros favoritos. Hades escuchó la historia con una seriedad exagerada, como si se tratara de una tragedia digna de ser recordada durante siglos.
—No te burles —protestó ella, dándole un golpe suave en el brazo—. Era una edición preciosa.
—No me burlo. Estoy intentando comprender la magnitud de la pérdida.
—Eres insoportable.
—Eso ya me lo habías dicho.
—Y veo que no has hecho nada para mejorar.
—Quizá necesito una razón convincente.
Alison lo miró, fingiendo pensarlo.
—Podría dejar de hablarte.
La sonrisa de Hades desapareció lentamente.
—No me parece una razón convincente.
—¿No?
—Me parece una amenaza.
Ella se echó a reír, pero dejó de hacerlo cuando descubrió que él la observaba con una intensidad distinta.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Hades quiso responder que nada. Que solo estaba agradeciendo, en silencio, el privilegio de verla sonreír. Que había pasado demasiado tiempo rodeado de seres que se inclinaban ante él por miedo o por conveniencia, y que ella era la única persona que podía llamarlo insoportable sin preocuparse por las consecuencias.
Pero decir cualquiera de aquellas cosas habría significado mostrarle demasiado.
—Pareces cansada —dijo en su lugar.
Alison bajó la mirada.
—No he dormido bien.
La expresión de Hades cambió.
—¿Te encuentras mal?
—No exactamente. He tenido unos sueños extraños.
Él se quedó quieto.
—¿Qué clase de sueños?
Alison dudó. Una parte de ella quería contárselo todo. Quería hablarle del río negro, de las enormes puertas, del jardín de flores blancas y de aquel hombre que parecía conocerla.
Sin embargo, le preocupaba que, al poner las imágenes en palabras, pudieran parecer todavía más absurdas.
—Lugares que nunca he visitado —respondió finalmente—. Un río oscuro, unas puertas enormes… y un jardín.
Hades sintió que algo se cerraba alrededor de su pecho.
No podía ser una coincidencia.
El río. Las puertas. El jardín.
Las imágenes que había visto al tocar el fragmento de obsidiana regresaron a su mente con una claridad inquietante.
Aun así, no permitió que su rostro lo delatara.
—¿Has visto a alguien en esos sueños?
Alison lo miró con atención.
—Sí.
—¿A quién?
—No lo sé. Un hombre. No logro verle bien la cara, pero tiene unos ojos… —Se interrumpió y frunció el ceño—. Es difícil de explicar.
Hades sintió el impulso de preguntarle si aquellos ojos eran oscuros, si el hombre tenía su misma voz o si había pronunciado alguna palabra que pudiera identificarlo.
Se obligó a guardar silencio.
Si aquello era una trampa, no iba a permitir que sus preguntas le entregaran al enemigo las respuestas que buscaba.
—¿Te ha hecho daño? —preguntó.
—No. Solo me dice que no debería estar allí. Como si el lugar fuera peligroso para mí.
—¿Y tú le crees?
Alison ladeó la cabeza.
—No lo sé. Es un sueño, Hades. No puedo pedirle explicaciones a alguien que desaparece cuando intento acercarme.
Él bajó los ojos hacia sus manos.
—A veces, lo que vemos mientras dormimos no es tan sencillo como parece.
—Eso suena a algo que diría una persona que sabe más de lo que cuenta.
Hades levantó la mirada.
Alison no estaba sonriendo.
—¿Es eso lo que piensas de mí? —preguntó él.
—Pienso que tienes muchos secretos. Y cada vez que intento acercarme a uno, encuentro otro detrás.
Él aceptó aquellas palabras sin defenderse. No tenía derecho a fingir que ella estaba equivocada.
—No voy a decirte que tus sueños no significan nada —respondió—. No lo sé. Pero tampoco quiero que tengas miedo de algo que todavía no comprendes.
—¿Y si debería tenerlo?
Hades se volvió hacia ella.
—Entonces encontraré la manera de ayudarte a enfrentarlo.
Alison sintió que aquellas palabras le llegaban a un lugar demasiado profundo. No porque fueran una promesa extraordinaria, sino porque él no le había pedido que dejara de preguntar ni que confiara ciegamente en él.
Le estaba ofreciendo quedarse.
—¿Por qué haces eso? —susurró.
—¿Qué cosa?
—Hablas como si mis problemas fueran importantes para ti.
Hades la miró durante un largo momento.
Porque lo eran.
Porque desde que ella había entrado en su vida, cada amenaza parecía más cercana y cada peligro más intolerable. Porque imaginar que algo pudiera arrebatarle aquella sonrisa le provocaba una rabia que no sabía dónde colocar.
Pero había otra respuesta, una que no se atrevía a pronunciar.
Porque había algo en Alison que despertaba en él un dolor antiguo, un dolor que no recordaba haber vivido y que, sin embargo, reconocía como propio.
—Porque tú eres importante para mí —dijo al fin.
Alison dejó de respirar por un instante.
No era una declaración de amor. Ni siquiera era una confesión completa.
Pero, viniendo de Hades, aquellas palabras parecían contener mucho más de lo que él estaba dispuesto a explicar.
Ella apartó la mirada para ocultar su sonrisa.
—Deberías tener cuidado con lo que dices.
—¿Por qué?
—Podría empezar a creerte.
Hades acercó lentamente su mano a la de ella.
—Tal vez eso es lo que quiero.
Alison entrelazó sus dedos con los de él.
Y durante unos segundos, ninguno de los dos habló.
---
Desde una calle cercana, el hombre elegante observaba la escena.
Había aprendido a reconocer los pequeños cambios en el comportamiento de Hades. La forma en que inclinaba la cabeza para escuchar a Alison, cómo mantenía su atención en ella incluso cuando otras personas pasaban a su lado, cómo sus dedos se cerraban alrededor de los de la joven con una delicadeza impropia de alguien acostumbrado a imponer su voluntad.
Aquello no era simple curiosidad.
Hades estaba involucrado.
Y eso convertía a Alison en algo mucho más importante de lo que habían imaginado.
El hombre se apartó de la pared y sacó de su abrigo el objeto oscuro que llevaba consigo. Una tenue luz apareció en su superficie.
—He conseguido nueva información —susurró.
La voz al otro lado respondió casi de inmediato.
—Habla.
—La joven está teniendo sueños relacionados con lugares que no reconoce. Un río oscuro, unas puertas y un jardín de flores blancas. Hades parece preocupado por ella, aunque no sabe cuánto conocemos.
Hubo un silencio prolongado.
—¿Mencionó al hombre que aparece en sus sueños?
—No lo he oído.
—Entonces averígualo.
El observador miró hacia la plaza. Alison había apoyado la cabeza sobre el hombro de Hades mientras le contaba algo que parecía divertirla. Él la escuchaba sin apartar los ojos de su rostro.
—Hay algo más —añadió el hombre—. Cuando recibió el fragmento, Hades reaccionó como si hubiera visto algo.
Al otro lado, la voz perdió su tono indiferente.
—¿Qué fragmento?
—El que dejamos en la frontera del inframundo.
El silencio que siguió fue tan largo que el hombre pensó que la comunicación se había interrumpido.
Entonces escuchó una respuesta fría.
—No vuelvas a dejar nada que pueda tocar personalmente. Si ha visto una imagen, ya sospecha que alguien está interfiriendo.
—¿Debemos retirarnos?
—No. Todavía no.
La luz del objeto se debilitó.
—Quiero saber qué está despertando en ella —concluyó la voz—. Y, sobre todo, quiero saber por qué Hades parece reconocer algo que ni siquiera ella recuerda.
La comunicación terminó.
El hombre guardó el objeto y se alejó sin mirar atrás.
No había obtenido todas las respuestas, pero ya tenía una certeza: la joven no era una simple mortal atrapada en una disputa ajena.
Había algo más en ella.
Algo que ni siquiera Hades parecía comprender.
---
Cuando cayó la tarde, Alison decidió acompañar a Hades hasta el final de la calle.
—No tienes que escoltarme a todas partes —le dijo mientras caminaban.
—No te estoy escoltando.
—¿Ah, no?
—Estoy caminando en la misma dirección que tú.
Alison miró la calle que se extendía en sentido contrario.
—Tu casa queda por allá.
Hades observó el camino y luego volvió a mirarla.
—He decidido tomar una ruta diferente.
Ella se echó a reír.
—Eres terrible mintiendo.
—No suelo tener que hacerlo.
—Eso explica muchas cosas.
Llegaron a una pequeña esquina desde la que se veía la calle de Alison. La luz del atardecer teñía las paredes de tonos dorados, y por un instante todo pareció tan sencillo que Hades deseó poder quedarse allí para siempre.
Alison se detuvo.
—Gracias por escucharme hoy.
—No tienes que agradecerme eso.
—Tal vez no. Pero quería hacerlo.
Él asintió y le soltó la mano, aunque no quería hacerlo.
—Si vuelves a tener ese sueño, intenta recordar cualquier detalle. No te obligues a encontrarle sentido de inmediato.
—¿Y después?
Hades dudó.
—Después me lo cuentas.
Alison sonrió suavemente.
—Está bien.
Dio un paso para marcharse, pero se volvió antes de hacerlo.
—Hades.
—¿Sí?
—Si alguna vez sueñas conmigo… espero que tengas la decencia de contarme qué hago en tus sueños.
Él sintió que el corazón se le detenía.
Por un instante, vio otra vez el jardín de flores blancas y la silueta de una mujer que se alejaba entre la niebla. No pudo distinguir su rostro, pero el dolor que le provocó aquella imagen fue tan intenso que tuvo que cerrar los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, Alison seguía delante de él.
Viva.
Sonriendo.
Esperando su respuesta.
—Si eso ocurre —dijo con la voz más serena que pudo reunir—, serás la primera en saberlo.
Alison pareció satisfecha.
—Entonces tenemos un trato.
Se despidió con un pequeño gesto de la mano y siguió caminando.
Hades permaneció allí hasta que la perdió de vista.
Solo entonces permitió que la preocupación regresara a su rostro.
No sabía quién estaba observando a Alison. No comprendía por qué los sueños de ella parecían conectados con algo que él mismo había visto. Y tampoco sabía qué pretendía conseguir aquella presencia que rondaba las fronteras de su reino.
Pero comenzaba a sospechar que las tres cosas estaban relacionadas.
Y, si alguien estaba utilizando los sueños de Alison para llegar hasta él, cometería un error imperdonable.
Porque podía soportar que sus enemigos lo amenazaran.
Podía soportar las intrigas de los dioses, las exigencias de su reino y los secretos de una familia que nunca le había permitido elegir su propio destino.
Lo que no estaba dispuesto a soportar era que alguien convirtiera a Alison en un instrumento para destruirlo.
Sin embargo, mientras regresaba a su reino, una pregunta se abrió paso entre sus pensamientos.
¿Por qué el jardín de flores blancas le había provocado una sensación tan profunda de pérdida?
Y ¿por qué, al recordar la voz del hombre que aparecía en los sueños de Alison, había sentido que acababa de escuchar una advertencia dirigida a él?
Hades no tenía respuestas.
Todavía no.
Pero, en algún lugar más allá de los límites que conocía, alguien acababa de dar el primer paso de un plan que llevaba mucho tiempo esperando.
Y Alison Benet, sin saberlo, ya formaba parte de él.