Valeria Wiranata creía saberlo todo sobre su vida: un matrimonio estable, un hogar donde creció, una familia que la aceptó. Pero la noche de Año Nuevo, todo se derrumba cuando descubre a su esposo Adrián en la cama con su propia hermanastra, Ámbar.
Divorciada y despojada de todo, Valeria se enfrenta a una verdad todavía más devastadora: la familia que la crió jamás la quiso. Roberto Kusuma, el hombre al que llamó padre durante años, solo la acogió por interés. Patricia, su madrastra, la trató como sirvienta. Y Ámbar, la hija consentida, le robó al marido sin remordimiento alguno.
Cuando la vida de Valeria parece tocar fondo, aparece Dominic Alexander: el CEO más temido del mundo empresarial, frío como un témpano ante todos... excepto ante ella. Dominic no solo le ofrece un puesto como directora de una empresa recién adquirida, sino que empieza a desmantelar, una por una, las vidas de quienes la lastimaron.
Pero Dominic guarda un secreto: conoce a Valeria desde la infancia. Y sabe algo sobre su verdadero origen que cambiará para siempre el tablero de poder.
Detrás de cada movimiento corporativo hay una jugada personal. Detrás de cada acto de venganza, un acto de amor. Y detrás de la mujer que todos subestimaron, se esconde la heredera de una de las fortunas más grandes del país.
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El martillo del juez
El último mes había exprimido el cuerpo y la mente de Valeria hasta la última gota.
Además de que el juicio de divorcio contra Adrián no terminaba, tenía que lidiar con el jefe gélido durante un mes de horas extras. Siempre había algún pedido absurdo de Dominic.
Pero considerando lo que él había hecho por ella, Valeria no estaba en posición de quejarse.
—Valeria Wiranata, hoy te llevo a tu casa —anunció Dominic mientras ella recogía su escritorio desordenado.
Valeria giró la cabeza para buscar algún indicio de seriedad en los ojos de su jefe.
—Disculpe, señor, pero quedé con Laura —se excusó.
—Sin discusión —sentenció Dominic.
—Señor Dominic, con todo respeto, ¿por qué últimamente siento que usted se me está acercando? —Valeria no pudo contener la frustración.
Un coscorrón en la frente la irritó todavía más.
—¿Usted está interesado en mí? —soltó sin pensar. No sabía de dónde sacó el valor. La exasperación le había llegado hasta la coronilla.
—¿Y si fuera así? ¿Qué me responderías? —Dominic se reclinó en su silla con una sonrisa contenida.
Valeria torció la boca.
—No me haga reír, señor. Yo soy una mujer que ya fracasó. No voy a creer así como así —replicó mientras agarraba su bolso del escritorio de Dominic.
Dominic Alexander interesado en Valeria Wiranata. Hasta los mosquitos se reirían. Es lo más absurdo del mundo, pensó.
Sacudió la cabeza al recordarlo.
—¿Qué te pasa en la cabeza? —la reacción de Valeria llamó la atención de Dominic.
Antes de que alcanzara su bolso, Dominic le sujetó el brazo.
—Te llevo. ¿No tienes que presentarte mañana en el juzgado? —le recordó.
¿Y cómo sabe él mi agenda?, volvió a quedarse pensativa, hasta que otro coscorrón de Dominic la trajo de vuelta a la realidad.
—Llama a tu amiga y dile que estás cansada —le ordenó.
—Mi amiga también es empleada suya, señor —le informó Valeria.
—¿Necesitas que te lo explique? —respondió Dominic con cara de piedra.
Maldito témpano de hielo, rezongó Valeria para sus adentros.
Adiós a la salida con Laura. Hablar de tonterías con su amiga era su mejor remedio contra el estrés. Pero el jefe insistió en llevarla, así que al menos aprovechaba el viaje gratis.
* * *
A la mañana siguiente, Valeria se preparó para ir al juzgado. Aunque podía dejar que su abogada la representara, quería estar presente en persona.
Quería ver la cara de su exmarido y de su segunda esposa cuando escucharan el fallo y la repartición de bienes.
Bajó del auto.
No esperaba encontrarse tan pronto con Adrián y Ámbar. A poca distancia estaban Roberto Kusuma y Patricia, su madrastra.
Los cuatro se acercaron a Valeria.
Roberto iba al frente.
—Devuelve las acciones que te apropiaste —exigió.
Valeria sonrió con sarcasmo.
—Resulta que mi padre también es de los ambiciosos.
—¡Cierra la boca! —le gritó Roberto.
—Papá, ¿lo que mamá le dio no le bastó? ¿Ahora también quiere lo que le corresponde a su propia hija? —continuó Valeria.
—Pero yo no soy mi madre. No soy tan ingenua como para confiar ciegamente en su marido. Lo mío sigue siendo mío —declaró con firmeza.
—No voy a entregar ni un centavo.
—Malagradecida. Somos tu familia. Nosotros te criamos hasta convertirte en lo que eres hoy —Patricia se lanzó al ataque.
—¿Quiere que le explique los derechos y obligaciones de un padre, señora? Es deber de los padres criar a sus hijos. No se queden solo con la parte conveniente: quieren la herencia pero no quieren la responsabilidad —respondió Valeria sin titubear.
—Recuerde que mi madre no murió por casualidad. Usted tuvo algo que ver, ¿no es así? —la mirada de Valeria contenía una amenaza velada. Esas palabras solo las escuchó Patricia.
Patricia se puso nerviosa, pero disimuló de inmediato.
—No digas barbaridades —respondió.
—¿Algo más que quieran decirme? Porque si no, voy a entrar. Mi abogada me espera —dijo Valeria.
—Mira qué arrogante —comentó Ámbar, colgada del brazo de Adrián.
—Espera a que caiga el martillo. Veremos si puedes caminar con la frente en alto —la provocó.
—Vamos, Adrián —Ámbar lo jaló con voz mimosa.
—Mmh —gruñó Adrián como respuesta.
—Acuérdate, Adrián: pelea por lo que es tuyo. No le des nada a esa exmujer estéril —le recordó Patricia.
—Por supuesto, mamá. Ella fue la que insistió en irse —respondió Adrián, validando las palabras de su suegra.
—Entremos —dijo Roberto, adelantándose.
Dentro de la sala, Valeria se sentó con calma al lado de su abogada. Y no era cualquier abogada. Era socia del despacho Tania & Asociados.
—Gracias por venir en persona, Tania —la saludó Valeria con respeto.
En las audiencias anteriores, Tania siempre había enviado a sus colaboradores. Su presencia hoy fue una sorpresa y un alivio. La trayectoria de la abogada que tenía al lado no admitía dudas. Cualquier oponente se achicaba al verla.
Tania sonrió.
—Dile a Dominic que me debe una explicación —dijo enseñando los dientes.
—¿Usted conoce a mi jefe? —Valeria la miró con curiosidad.
Ella no había involucrado a Dominic en la búsqueda de abogada. Fue por cuenta propia al despacho de Tania para que la representara.
—Resulta que conozco muy bien a ese hombre inexpresivo —dijo Tania con una risita.
Valeria también sonrió.
—Muy bien, vamos a ver qué pasa en este drama que es tu vida, cariño —el toque cálido de Tania calmó los nervios de Valeria.
Adrián se sentó en su lugar.
Al ver quién estaba al lado de Valeria, abrió los ojos como platos.
¿Tania Fahira? ¿Qué hace aquí? ¿Valeria cambió de abogada?, pensó sin poder apartar la mirada de la mesa de Valeria.
El juicio comenzó.
Con base en las pruebas presentadas, la balanza se inclinaba claramente a favor de Valeria. Tania era una maestra dándole la vuelta a cada argumento para fortalecer la posición de su clienta.
Incluso en la repartición de bienes gananciales, el lado de Adrián se quedó boquiabierto.
El acuerdo de separación de bienes que habían firmado antes de casarse seguía intacto en poder de Valeria.
Cuando aún estaban casados, Adrián le había dicho que lo suyo era de ella también, y rompió el acuerdo por considerarlo inútil.
—¿Qué significa esto? —interrumpió Adrián en plena audiencia.
—Señor Adrián, la casa donde usted reside actualmente pertenece a mi clienta. Así lo demuestra la escritura a su nombre. Además, al momento de la compra, usted no aportó absolutamente nada —Tania puso el comprobante de compra frente al juez.
—Eso es imposible —dijo Adrián, incrédulo.
—¿No fue usted quien prefirió comprar un auto en lugar de una casa en aquel momento? —remató Tania.
—Eso fue un acuerdo entre los dos —se defendió Adrián.
—Perfecto. Entonces el asunto queda claro. Mi clienta se queda con la casa y usted con el vehículo —explicó Tania.
—No puede ser. Los bienes adquiridos durante el matrimonio deben repartirse por partes iguales. Hay una ley que lo ampara —insistió Adrián, aferrándose a todo.
—Correcto. Pero en ese caso, es usted quien debería dividir el valor del vehículo en dos —respondió Tania.
Adrián frunció el ceño.
Tania se dirigió al juez y recuperó el comprobante que había presentado.
—Aquí consta que la fecha de compra de la propiedad es una semana antes de la boda. Esto prueba de manera contundente que usted no tiene ningún derecho sobre ella. El caso del automóvil es distinto, ya que fue adquirido durante el matrimonio. ¿Le queda claro, señor Adrián? —Tania devolvió el documento.
Valeria se quedó atónita. No imaginaba que Tania fuera tan meticulosa.