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Lazos De Hierro Y Terciopelo

Lazos De Hierro Y Terciopelo

Status: Terminada
Genre:CEO / Completas
Popularitas:904
Nilai: 5
nombre de autor: luisanyelis

trata sobre un arreglo matrimonial entre familias poderosas

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Capítulo 10: La Sombra del Pasado

belión de Elena había sido sofocada por la necesidad, y el control de Ethan era ahora absoluto. A sus 18 y 19 años, tenían el mundo a sus pies, pero el precio había sido la libertad de todo lo que Elena alguna vez amó fuera de ese m

La ciudad estaba sumergida en el bochorno de un julio asfixiante. En la Mansión Norte, el aire acondicionado mantenía una temperatura glacial, perfecta para el temperamento de su dueño. Elena se encontraba en el solárium, rodeada de telas y bocetos de su carrera de diseño. A sus 19 años, su belleza se había vuelto más afilada, más regia. Ya no era la adolescente que protestaba; era una mujer que había aprendido a moverse dentro de los límites de su jaula de oro con una gracia melancólica.

Ethan, que acababa de cumplir los 20, entró en la estancia. No traía su habitual aura de control absoluto; había algo en la tensión de su mandíbula que sugería una perturbación en su orden perfecto.

—Elena, cancela tus clases de la tarde —dijo él, sin preámbulos. Sus ojos verdes estaban fijos en un informe que sostenía en su mano.

—Ethan, tengo un examen final de patronaje. No puedo simplemente…

—He dicho que las canceles —la interrumpió, su voz bajando a ese tono barítono que no aceptaba réplicas—. Christian Vane ha vuelto.

El nombre golpeó el aire como un latigazo. Christian era el primo mayor de Silas e Isabel, el que había sido enviado a Singapur hace cinco años tras un “incidente” violento con Ethan en la academia preparatoria. Christian siempre había afirmado que Elena le pertenecía a él por un acuerdo previo entre sus abuelos, un acuerdo que Alexander Steelwood borró con sangre y talonarios.

—¿Christian? Pensé que su familia lo había desheredado después de lo que intentó hacerte —susurró Elena, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima.

—Ha vuelto con el respaldo de un fondo de inversión asiático. Ha comprado el edificio frente a la facultad de Diseño y ha solicitado una orden de revisión sobre la absorción de las Navieras Valerius. Pero eso no es lo que me preocupa —Ethan se acercó a ella, tomándola por la nuca con una mano posesiva—. Ha enviado flores a la universidad esta mañana. Orquídeas negras. Tus favoritas.

Elena miró hacia la mesa de entrada, donde un jarrón de cristal oscuro contenía las flores exóticas. No las había visto llegar.

—Las ha interceptado Leo antes de que llegaran a tu salón —continuó Ethan, su pulgar acariciando la línea de su mandíbula con una presión que rozaba el dolor—. Christian cree que puede jugar en mi territorio. Cree que porque pasaron un verano juntos cuando tenías doce años, tiene algún derecho sobre ti.

—Yo apenas lo recuerdo, Ethan. Era un niño arrogante.

—Es un hombre peligroso ahora, Elena. Y está obsesionado. A partir de hoy, no sales de esta mansión sin que yo esté en el coche contigo. He suspendido tu acceso a la lancha y he cambiado la ruta de tus escoltas.

Elena se soltó de su agarre, su mirada encendiéndose con la vieja chispa de rebelión.

—¡No puedes usar a un fantasma del pasado para encerrarme otra vez! ¡He cumplido con todo! He sido la esposa perfecta, he sacado notas excelentes…

—¡Lo hago para que sigas viva y siendo mía! —rugió él, golpeando la mesa de cristal, haciendo que los bocetos de Elena volaran por la habitación—. Christian no quiere tu amor, Elena. Quiere humillarme a través de ti. Y yo quemaré esta ciudad entera antes de permitir que él, o cualquier otro, ponga un dedo sobre lo que es mi vida entera.

A pesar de las órdenes de Ethan, la confrontación era inevitable. Ocurrió durante la inauguración de la “Torre Vane”, un evento al que Ethan decidió asistir solo para mostrar que no tenía miedo. Elena, vestida con un traje de seda color plata que parecía mercurio líquido, caminaba al lado de su esposo, sintiendo la tensión en el brazo de él.

El salón estaba lleno de la élite que disfrutaba del drama. En el centro de la estancia, Christian Vane los esperaba. A sus 24 años, Christian era la antítesis de Ethan: rubio, de ojos azules gélidos y una sonrisa que nunca llegaba a sus facciones.

—Ethan. Elena. Qué placer ver que el contrato matrimonial no ha marchitado la belleza de la novia —dijo Christian, extendiendo la mano hacia Elena.

Ethan no dejó que Elena respondiera. Dio un paso adelante, bloqueándola con su cuerpo.

—Vane. Singapur no te enseñó modales, por lo visto. Mantén tu distancia. Mi esposa no está aquí para tus cumplidos mediocres.

Christian se rió, un sonido seco.

—Sigues siendo el mismo perro guardián, Ethan. Pero recuerda que las correas demasiado apretadas terminan por romperse. Elena, espero que te gustaran las orquídeas. Eran un recordatorio de que algunos de nosotros recordamos quién eras antes de convertirte en una extensión de los Steelwood.

—Recuerdo perfectamente quién soy, Christian —dijo Elena, saliendo de detrás de la espalda de Ethan con una dignidad que sorprendió a ambos hombres—. Soy la mujer que maneja el patrimonio que tu familia perdió por su propia codicia. Y te sugiero que dejes de enviar flores; mi esposo tiene poca paciencia con los desperdicios orgánicos.

Ethan sonrió, una expresión de triunfo absoluto. Tomó a Elena por la cintura, pegándola a su costado frente a todos los fotógrafos.

—Ya lo has oído, Christian. Ahora, si nos disculpas, tengo un imperio que dirigir mientras tú intentas recuperar las sobras de tu apellido.

Se alejaron, pero Elena pudo sentir la mirada de Christian clavada en su espalda. No era una mirada de derrota; era la mirada de alguien que acababa de encontrar la debilidad en una armadura.

Al regresar a la mansión, la victoria de Ethan se transformó rápidamente en una paranoia asfixiante. Entró en el dormitorio principal y empezó a caminar de un lado a otro, despojándose de la chaqueta del esmoquin con movimientos bruscos.

—Te ha mirado —dijo él, su voz cargada de una furia sorda—. Te ha mirado como si supiera algo que yo no sé. Como si hubiera un secreto entre ustedes desde ese verano.

—¡Ethan, tenía doce años! —exclamó Elena, sentándose en el borde de la cama para quitarse los tacones—. No pasó nada. Solo jugábamos en el jardín de los Valerius.

Ethan se detuvo frente a ella. Su rostro estaba transformado por los celos, una emoción que en él era física y destructiva.

—Dijo que “recordaba quién eras”. ¿A qué se refiere? ¿A qué jugaban, Elena? ¿Te besó? ¿Te tocó?

—¡Él tenía diecisiete y yo doce! ¡Era un estúpido adolescente presumiendo de su coche! Estás perdiendo la cabeza.

Ethan la tomó por los hombros y la levantó de la cama, obligándola a pegarse a él.

—Pierdo la cabeza porque eres lo único que no puedo controlar por completo. Puedo controlar tus cuentas, tus movimientos, tus estudios… pero no puedo controlar lo que ese bastardo sembró en tu memoria.

Él la besó con una desesperación que Elena nunca había sentido. No era pasión; era un intento de borrar cualquier rastro de otro hombre en su mente. Sus manos recorrían su cuerpo con una urgencia que reclamaba cada centímetro de piel.

—Eres mía, Elena —susurraba contra sus labios—. De los Steelwood. Mía por contrato, por sangre y por elección. Si él vuelve a acercarse a ti, juro que lo mataré. No me importan las consecuencias legales ni el mercado. Lo mataré con mis propias manos.

Elena se dio cuenta de que el regreso de Christian había despertado al monstruo más oscuro de Ethan. Ya no se trataba de negocios; se trataba de una posesividad primitiva que amenazaba con devorarlos a ambos.

Una semana después, Elena descubrió hasta dónde estaba dispuesto a llegar Ethan. Mientras él estaba en una reunión de emergencia, ella entró en su despacho privado para buscar un libro. Sobre la mesa, el ordenador de Ethan estaba encendido, mostrando una serie de carpetas con su nombre.

No pudo evitarlo. Abrió la carpeta más reciente.

Eran transcripciones de sus llamadas telefónicas de los últimos tres años. Había fotos de ella en la universidad, tomadas desde ángulos que ella no conocía. Había un informe psicológico sobre su personalidad, detallando sus puntos de vulnerabilidad para mantenerla “estable y leal”.

Pero lo peor fue un video. Era de ese verano con Christian, hace siete años. Una cámara de seguridad de la mansión Valerius mostraba a una joven Elena riendo mientras Christian le ponía una corona de flores en la cabeza. Ethan lo había estado viendo, una y otra vez.

—¿Buscabas algo, Elena? —la voz de Ethan, fría como el hielo, resonó desde la puerta.

Elena saltó, cerrando el ordenador. Su rostro estaba pálido y sus manos temblaban.

—¿Me has estado espiando desde antes de casarnos? ¿Informes psicológicos? ¿Vigilancia de mis llamadas? ¡Soy tu esposa, no una sospechosa criminal!

Ethan entró en la habitación y cerró la puerta con llave. Su calma era más aterradora que su gritos.

—Eres mi inversión más preciada. Y para proteger una inversión, hay que conocer todos los riesgos. Sabía que Christian volvería. Sabía que él intentaría usar ese “vínculo” infantil. Tenía que estar preparado para contrarrestarlo.

—¡Me tratas como a un objeto! —chilló ella, las lágrimas de una traición profunda nublando su vista—. ¡Me casé contigo porque creí que, a pesar de todo, me veías como a una persona! Pero solo soy una pieza en tu maldito juego de ajedrez contra los Vane.

Ethan se acercó a ella, pero Elena retrocedió hasta chocar con la estantería.

—No eres una pieza, Elena. Eres el tablero. Sin ti, no hay juego. Sin ti, no tengo nada por lo que luchar. Todo lo que he hecho, cada cámara, cada informe, ha sido para asegurarme de que nunca nadie pudiera alejarte de mi lado.

—¡Me has alejado tú solo! —respondió ella—. ¡No quiero estar con un hombre que necesita un manual de usuario para amarme!

La pelea terminó con Ethan tomando una decisión radical. Alegando “amenazas inminentes a la seguridad nacional” debido a los vínculos asiáticos de Christian Vane, Ethan solicitó a las autoridades (a las que él básicamente financiaba) que se reforzara la protección perimetral de la mansión.

Elena fue informada de que sus clases universitarias serían impartidas por tutores privados en la mansión hasta que la “amenaza Vane” fuera neutralizada.

—Es por tu bien —dijo Ethan esa noche, mientras cenaban en un silencio sepulcral—. Christian ha sido visto rondando el campus. No voy a arriesgarme a un secuestro o a algo peor.

Elena ni siquiera lo miró. Siguió cortando su carne con una precisión mecánica.

—Ya estoy secuestrada, Ethan. Solo que el secuestrador me deja usar joyas caras y dormir en sábanas de seda.

Ethan dejó los cubiertos. El sonido del metal contra la porcelana fue como un disparo.

—Si estar protegida por el hombre que daría su vida por ti es un secuestro, entonces sí, lo estás. Y no saldrás de aquí hasta que Christian Vane desaparezca del mapa.

Él se levantó y caminó hacia ella, inclinándose para susurrarle al oído.

—Mañana es nuestra fiesta de aniversario de seis meses. Vendrá toda la ciudad. Sonreirás, usarás el collar de diamantes negros y mostrarás a todos que eres la mujer más feliz del mundo. Porque si el mundo ve una grieta en nosotros, Christian entrará por ella. Y te juro, Elena, que no permitiré que eso pase.

Elena levantó la vista y vio su reflejo en los ojos de Ethan. Ya no veía a la niña que quería ser diseñadora. Veía a la Reina Steelwood, una mujer atrapada en un trono de ébano, amada por un hombre cuya devoción era tan inmensa como aterradora. La guerra con Christian Vane apenas estaba empezando, y ella sabía que, en ese campo de batalla, ella era el único territorio que ambos hombres estaban dispuestos a destruir con tal de poseer.

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Mirna Lobo
que triste que un niño de su edad tenga que hacerse el fuerte por lo riguroso de su educación 😞
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