Alexander Vance lo tiene todo: poder, millones y el control absoluto de su imperio. Pero cuando acepta suplir a un amigo en la universidad, su mirada se cruza con Elena Marín, una estudiante rota, exhausta y atrapada en una vida de secretos nocturnos.
Ella no busca salvación; él no sabe lo que es la piedad. Lo que comienza como una tutoría privada bajo chantaje se transforma en una espiral de pasión prohibida, erotismo salvaje y mentiras peligrosas. Cuando los secretos del pasado salgan a la luz, desatarán una tragedia de la que no podrán escapar. Porque hay amores que no construyen... destruyen.
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CAPÍTULO 17: La amenaza velada.
El eco de las sirenas que ululaban en la calle de abajo se filtraba a través del cristal blindado del penthouse, desvaneciéndose lentamente mientras los patrulleros se alejaban con el magnate esposado en la parte trasera. Elena se quedó inmóvil en el centro del vestíbulo, con el teléfono celular aún vibrando en la mano y la pantalla apagándose tras mostrar el saldo en ceros de las cuentas bloqueadas.
La soledad del piso cincuenta y cuatro se sintió de pronto como una tumba de cristal. Sin Alexander, el imperio que había construido a su alrededor se derrumbaba como un castillo de naipes.
—Señorita Marín —la voz gélida y elegante de Glover, el jefe de seguridad, la sacó de su estupor—. Debe salir del edificio de inmediato. Los abogados de la junta directiva y los interventores fiscales están en camino, y si la encuentran aquí, será tratada como cómplice en la investigación por fraude y blanqueo.
Elena levantó la vista, con los ojos anegados en lágrimas contenidas pero con la mandíbula firme.
—No voy a huir —respondió con un hilo de voz que no admitía réplicas—. Si Alexander está en esa patrulla, yo necesito saber a dónde lo llevan.
—No puede hacer nada por él ahora, señorita —replicó Glover, abriendo la puerta del ascensor privado con una urgencia calculadora—. El señor Vance se encargará de que el equipo legal la proteja, pero para eso debe desaparecer de aquí antes de que la prensa descubra su vínculo con él.
Sin darle tiempo a replicar, el hombre la condujo con firmeza hacia el ascensor. En cuestión de minutos, Elena se encontraba en la acera fría y húmeda de la calle, envuelta en la oscuridad de la noche, observando cómo las luces de los rascacielos parecían burlarse de su desesperación.
Dos días después, la vida de Elena se había transformado en una pesadilla claustrofóbica.
Los rumores sobre el arresto de Alexander Vance acaparaban los titulares de todos los diarios financieros y programas de la farándula. En la universidad, las miradas de los profesores y compañeros se habían vuelto inquisitivas y hostiles. Sin embargo, lo peor no era el rechazo social, sino el silencio absoluto del bufete de abogados que representaba al magnate; le habían prohibido todo contacto con él bajo la amenaza de revocar la fianza provisional que intentaban negociar.
Esa tarde, al salir de su turno en la biblioteca central, Elena caminaba de regreso hacia su modesto apartamento por un callejón poco iluminado cuando una silueta imponente bloqueó su paso.
Se detuvo en seco, conteniendo la respiración.
De entre las sombras emergió una figura alta, enfundada en un traje impecable pero con una sonrisa que desprendía veneno puro. Era Victoria Sterling.
—Vaya, vaya... la pequeña protegida del gran Alexander Vance —dijo Victoria con un tono de voz gélido, acercándose con la elegancia calculadora de un felino al acecho—. Debo admitir que tienes talento para los negocios de la supervivencia, querida. Lograste engatusarlo lo suficiente como para arrastrarlo a la ruina.
Elena enderezó la espalda, negándose a mostrar debilidad a pesar de que el terror le helaba las venas.
—No sé de qué habla, señorita Sterling —respondió con la voz firme, aunque las manos le temblaban dentro de los bolsillos del abrigo.
Victoria soltó una carcajada corta y seca, desprovista de cualquier atisbo de humor, y se detuvo a escasos centímetros de ella. Su perfume caro contrastaba con el olor a humedad del callejón.
—Hablo de que Alexander está encerrado, sus cuentas están congeladas, y el consejo de administración está a punto de liquidar lo que queda de su imperio —susurró Victoria con una malicia escalofriante, inclinándose hacia el oído de Elena—. Y tú crees que vas a salir ilesa de esto, ¿verdad?
Victoria extrajo un sobre manila de su bolso de diseñador y lo arrojó con desprecio a los pies de Elena.
—El fiscal general tiene una orden de citación para ti como principal testigo y cómplice en los desvíos de fondos de la cátedra —continuó Victoria con una sonrisa triunfal—. A menos que firmes este documento de renuncia definitiva a cualquier derecho, herencia o contacto con Alexander, me encargaré personalmente de que pases los próximos diez años de tu vida en una celda federal.
Elena bajó la mirada hacia el sobre tirado en el suelo, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones. La trampa estaba cerrada.
Antes de que Elena pudiera articular una sola palabra de defensa, un auto negro blindado se detuvo derrapando con violencia frente al callejón, la puerta se abrió de par en par y un hombre del equipo de seguridad de Alexander descendió rápidamente, apuntando con una pistola al chofer de Victoria mientras le gritaba: "¡Suba al auto, señorita Marín; el señor Vance acaba de salir bajo fianza y la está esperando!".