La niñera de la mafia
Su esposo la envió a trabajar a una mansión con la esperanza de que muriera y así cobrar su seguro de vida. Pero el destino tenía otros planes para ella.
Contratada como cuidadora personal de un mafioso ciego, malhumorado y temido por todos, pronto descubrirá que convivir con ese hombre será mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Él no puede verla, pero ella está a punto de convertirse en su mayor obsesión.
Y cuando la mafia descubra quién se atrevió a ponerle las manos encima a su mujer, será demasiado tarde para arrepentirse.
NovelToon tiene autorización de valeria isabel leguizamon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 11
Valeria estaba disfrutando de uno de los momentos más tranquilos de su vida.
Sentada en el borde de la cama, contemplaba a Damián dormir plácidamente. El hombre que días atrás había amenazado con matarla si volvía a escuchar su voz ahora descansaba con una mano extendida hacia el lado donde ella había dormido.
Aquello era demasiado gracioso.
—Si tus hombres te vieran ahora, se les caería la imagen del jefe aterrador que tienen de ti —susurró, aguantándose la risa—. El gran Damián, heredero de una organización mafiosa, derrotado por una mujer que ni siquiera sabe preparar un café sin quemarlo.
Damián frunció el ceño mientras dormía.
Valeria se tapó la boca.
—Uy, me escuchó el demonio.
Se levantó despacio para no despertarlo y buscó sus zapatos. Tenía varias cosas que hacer, entre ellas averiguar cuánto tiempo más tendría que quedarse en aquella mansión y qué pensaba hacer con su matrimonio.
Bueno, lo del matrimonio podía esperar un poco.
Su esposo había resultado ser una basura con patas, y ella todavía no estaba preparada para decidir qué hacer con los pedazos de su vida.
Sin embargo, no podía quedarse eternamente escondida en aquella casa.
—Voy a desayunar y después hablaré con el mayordomo —murmuró mientras se recogía el cabello—. Necesito saber cuánto me van a pagar, porque si voy a terminar asesinada por una familia mafiosa, al menos quiero que mi trabajo esté bien remunerado.
—¿Con quién estás hablando?
Valeria dio un salto.
Damián estaba despierto.
—¡Jesús, María y José!
—¿Quiénes son?
—Mi comité de protección espiritual.
—Estás loca.
—Y tú estás vivo gracias a mí. Cada uno tiene sus problemas, cariño.
Damián se incorporó en la cama, con el cabello desordenado y una expresión de absoluto fastidio.
—Deja de llamarme así.
—Por supuesto, cariño.
—Valeria.
—¿Sí, mi amor?
—Voy a descontarte el sueldo.
Ella soltó una carcajada.
—¡No puedes descontarme el sueldo por enamorarme de ti!
Damián se quedó inmóvil.
Valeria también.
Un segundo después, ella levantó las manos.
—¡Es una broma! ¡Una broma! No pongas esa cara, que parece que acabo de confesar un crimen.
—No estoy poniendo ninguna cara.
—Cierto. Perdón. Se me olvidaba que no puedes verme.
La sonrisa se le borró de inmediato.
Había hablado sin pensar.
Damián bajó lentamente la cabeza. Sus dedos se cerraron sobre la sábana.
—No necesitas recordármelo.
La voz había perdido toda su irritación.
Valeria sintió que acababa de meter la pata hasta el fondo.
—Damián, yo...
—Vete a desayunar.
—No quería...
—He dicho que te vayas.
Ella apretó los labios. Por primera vez en mucho tiempo, no encontró ninguna broma apropiada para responder.
Se acercó a la cama.
—No pretendía burlarme de ti.
—No importa.
—Sí importa. Una cosa es que me burle de tu carácter de perro rabioso y otra muy distinta es reírme de algo que no puedes cambiar.
Damián no respondió.
Valeria tomó aire.
—Lo siento.
Él giró el rostro hacia donde había escuchado su voz.
—¿Ya terminaste de disculparte?
—Por ahora. Pero puedo continuar si lo necesitas.
—Eres insoportable.
—Y tú tienes muy mal despertar.
Valeria le acomodó la sábana sobre las piernas antes de alejarse.
—Voy a desayunar. ¿Quieres que te traiga algo?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Un café?
—No.
—¿Un panecito?
—No.
—¿Un marido nuevo? Porque conozco a uno que podría necesitar un reemplazo.
Damián levantó la cabeza de golpe.
—¿Qué?
Valeria se quedó paralizada.
Luego recordó que no le había contado nada sobre lo ocurrido en su apartamento.
—Nada. Olvídalo.
—Valeria.
—Tengo hambre.
—Valeria.
—Y el hambre me pone de mal humor. No querrás conocer esa versión de mí.
Damián extendió una mano hacia ella, buscando a tientas.
—Ven aquí.
Valeria miró aquella mano y sintió una punzada en el pecho.
No sabía qué le ocurría a ese hombre. A veces parecía querer mantenerla a varios kilómetros de distancia y, al minuto siguiente, se comportaba como si su ausencia fuera una catástrofe.
Aun así, se acercó y dejó que sus dedos encontraran los de él.
—¿Qué pasa?
Damián le sujetó la mano.
—¿Vas a volver?
La pregunta fue tan sencilla que Valeria tardó unos segundos en responder.
—Claro que sí.
—¿Cuándo?
—Después de desayunar.
—¿Y después?
—Después de comer, supongo.
—No hagas bromas.
Ella dejó de sonreír.
Damián apretó ligeramente sus dedos.
—Solo quiero saber cuánto tiempo vas a estar fuera.
Valeria comprendió entonces que no estaba preguntando por sus horarios.
Estaba preguntando si ella también iba a desaparecer.
Como probablemente habían hecho otras personas.
Como temía que hiciera cualquiera que llegara a conocerlo demasiado.
—Voy a volver, Damián —le aseguró—. No tienes que inventarte excusas para preguntármelo.
Él soltó su mano inmediatamente.
—No necesito que vuelvas. Solo quiero asegurarme de que no descuides tus obligaciones.
Valeria miró el techo.
—Ah, claro. Las obligaciones.
—Exactamente.
—Y yo que pensaba que me habías tomado cariño.
—No seas ridícula.
—Qué alivio. Por un momento creí que estaba trabajando con un hombre que tenía sentimientos.
—Fuera de mi habitación.
—¡A la orden, señor monstruo!
Valeria salió riéndose, pero antes de cerrar la puerta escuchó su voz.
—Valeria.
Asomó la cabeza.
—¿Sí?
Damián parecía incómodo.
—No tardes demasiado.
Ella sonrió con dulzura.
—No tardaré, cariño.
Esta vez, él no la insultó.
En el comedor, Valeria descubrió que la mansión funcionaba como un pequeño ejército.
Los empleados caminaban de un lado a otro, los guardias intercambiaban información en voz baja y el mayordomo revisaba unos documentos mientras tomaba café.
Cuando ella entró, varias personas levantaron la mirada.
—Buenos días —saludó, sentándose frente a un plato de huevos revueltos—. ¿Siempre es tan animado este lugar o hoy hay un funeral?
El mayordomo dejó los documentos sobre la mesa.
—Aquí no se hacen esa clase de bromas, señorita.
—Entendido. ¿Y los chistes sobre secuestros están permitidos?
—Señorita Valeria...
—Está bien, está bien. Comeré en silencio.
Duró aproximadamente veinte segundos.
—¿Puedo hacer una pregunta?
El mayordomo suspiró.
—Adelante.
—¿Cuánto tiempo lleva el señor Damián sin dormir bien?
El hombre pareció sorprendido.
—¿Por qué lo pregunta?
—Porque anoche se durmió enseguida. Y esta mañana seguía durmiendo cuando desperté. Me parece extraño que un hombre que amenaza a la gente antes del desayuno duerma tan tranquilo.
El mayordomo se quedó callado.
Después se acomodó los puños de la camisa.
—El señor Damián lleva años padeciendo problemas de sueño. Desde que perdió la vista, sus noches se volvieron particularmente difíciles. A veces pasa dos o tres noches durmiendo apenas unas horas.
Valeria dejó el tenedor sobre el plato.
—¿Dos o tres noches?
—En ocasiones, sí.
—¿Y nadie pensó en buscar ayuda?
—Se han consultado especialistas. El señor Damián rechaza muchas de las recomendaciones y no tolera que nadie permanezca demasiado tiempo en su habitación.
Ella recordó las primeras noches, cuando él arrojaba objetos y amenazaba con matarla.
—Bueno, tolerarme tampoco me toleraba mucho.
—Usted es la excepción.
Valeria frunció el ceño.
—No diga eso.
—¿Por qué?
—Porque suena importante y yo solo soy una mujer que vino por un trabajo doméstico y terminó secuestrada por las circunstancias.
El mayordomo la miró con seriedad.
—Nadie la está reteniendo contra su voluntad, señorita Valeria. Si desea marcharse, puede hacerlo.
Ella dejó de sonreír.
—¿De verdad?
—Siempre que el señor Damián esté atendido y el Don lo autorice.
—Eso no suena mucho a libertad.
—Es la mejor respuesta que puedo ofrecerle.
Valeria soltó un suspiro.
—Perfecto. Mi vida se ha convertido en una telenovela de bajo presupuesto.
En ese momento, un hombre entró en el comedor.
Era alto, vestía de negro y tenía una cicatriz junto a la ceja. Valeria lo había visto varias veces acompañando al Don.
—¿Dónde está el señor Damián? —preguntó.
—En su habitación —respondió el mayordomo.
El hombre asintió y se volvió hacia Valeria.
—¿Usted es la niñera?
Ella levantó la mano.
—Presente. Aunque prefiero el título de especialista en hombres malhumorados.
Él no se rio.
—El Don quiere verla.
Valeria dejó caer el tenedor.
Otra vez no.
¿Es que aquella familia no podía dejarla comer en paz?
—¿Hice algo malo?
—No lo sé.
—¿Voy a morir?
El hombre la miró sin expresión.
—No puedo responder a eso.
—¡Qué maravilla! ¡Me encanta la transparencia laboral!
El mayordomo se levantó.
—Acompáñela, Nicolás.
Valeria miró al hombre de la cicatriz.
—¿Nicolás? ¿Tú eres Nicolás?
—Sí.
—¿El Nicolás que trabaja con Damián?
—Sí.
—¿El que parece capaz de enterrar a alguien sin pestañear?
Nicolás guardó silencio.
Valeria se levantó despacio.
—Entiendo. No eres muy conversador.
—Y usted habla demasiado.
Ella se llevó una mano al pecho.
—¡Por fin alguien reconoce mis talentos!
El Don la esperaba en su despacho.
Valeria entró con las manos entrelazadas frente al cuerpo, intentando no mirar demasiado las armas expuestas en una vitrina.
El hombre estaba sentado detrás de un escritorio enorme.
—Siéntese.
Ella obedeció.
—¿Mi trabajo no le satisface, señor?
El Don entrecerró los ojos.
—¿Por qué supone que la he llamado para despedirla?
—Porque en esta casa cada vez que alguien me llama, mi esperanza de vida disminuye.
El Don la observó durante unos segundos.
Después soltó una breve carcajada.
Valeria parpadeó.
No esperaba que el jefe de la mafia tuviera sentido del humor.
—Mi hijo durmió toda la noche —dijo él.
Ella se acomodó en la silla.
—Sí, señor. Supongo que estaba cansado.
—No duerme así desde hace mucho tiempo.
—Me alegro por él.
—¿Qué hizo?
Valeria pensó en la conversación de la mañana.
—Nada especial. Estuve con él hasta que se durmió.
—¿Lo tocó?
Ella abrió mucho los ojos.
—¡Señor, por favor! ¡Su hijo es un hombre adulto! ¡Yo respeto las relaciones laborales!
El Don la miró desconcertado.
Nicolás, de pie junto a la puerta, bajó la cabeza para disimular una sonrisa.
—Me refiero a si lo ayudó a acomodarse —aclaró el Don con una paciencia admirable—. Si le dio algún medicamento o hizo algo para que se sintiera mejor.
Valeria se cubrió la cara con ambas manos.
—Trágueme, tierra.
—Responda.
—Sí, lo ayudé a acostarse. Pero no le di ningún medicamento nuevo. Solo estuve cerca de él.
El Don permaneció pensativo.
—¿Y por qué cree que eso funcionó?
Valeria bajó las manos.
—No lo sé. Tal vez porque no intenté obligarlo a hablar ni le pregunté por qué estaba enfadado. A veces una persona solo necesita que alguien se quede a su lado sin exigirle nada.
El despacho quedó en silencio.
Por primera vez, Valeria no hizo ningún chiste.
El Don la observó con una expresión difícil de interpretar.
—Continúe cuidando de mi hijo.
—Eso pensaba hacer, señor.
—Y si necesita algo, pídaselo al mayordomo. No quiero que le falte nada.
Valeria se levantó, aliviada.
—Muchas gracias.
Cuando estaba a punto de salir, el Don volvió a hablar.
—Señorita Valeria.
Ella se giró.
—¿Sí?
—Mi hijo no confía en nadie. No interprete su comportamiento como una invitación a acercarse demasiado.
Valeria lo miró con seriedad.
—No se preocupe. No tengo intención de enamorarme de un hombre que amenaza con descontarme el sueldo cada vez que le llevo la contraria.
Nicolás tosió para ocultar una carcajada.
El Don se quedó inmóvil.
—¿Enamorarse?
—¡Era una broma, señor!
—Salga de mi despacho.
—¡Con mucho gusto!
Valeria huyó antes de que alguien pudiera hacerle más preguntas incómodas.
Cuando regresó a la habitación, Damián estaba sentado en la cama, con el bastón apoyado junto a su pierna.
—Has tardado.
Valeria cerró la puerta.
—Buenos días para ti también, cariño.
—¿Dónde estabas?
—Hablando con tu padre.
Damián se tensó.
—¿Qué quería?
—Saber por qué dormiste bien.
Él guardó silencio.
—¿Y qué le dijiste?
Valeria se acercó y dejó una bandeja sobre la mesita.
—La verdad. Que no hice nada especial.
—¿Le dijiste que dormiste conmigo?
Ella se quedó mirándolo.
Luego se echó a reír.
—¡Damián! ¡Técnicamente, sí! ¡Compartimos una habitación y dos camas, no cometimos ningún crimen!
—No me refería a eso.
—Pues deberías expresarte mejor, cariño. Vas a terminar provocándome un infarto.
Damián extendió la mano hacia la bandeja.
—¿Qué trajiste?
—El desayuno. Y antes de que preguntes, no, no envenené nada.
—No te lo iba a preguntar.
—Qué decepción. Ya estaba preparando mi defensa.
Valeria se sentó a su lado y le entregó el plato.
Él comenzó a comer en silencio.
Ella lo observó un instante antes de hablar.
—Damián, ¿puedo preguntarte algo?
—Depende.
—¿Te molesta que me quede contigo?
El tenedor se detuvo a medio camino.
—Si me molestara, ya te habría echado.
—Eso no responde mi pregunta.
Él apretó la mandíbula.
—No me molesta.
Valeria sonrió.
—Bien.
—Pero no te acostumbres.
—¿A qué?
—A quedarte conmigo.
La sonrisa de Valeria se volvió más suave.
—No te preocupes. No pienso quedarme para siempre.
Damián bajó el tenedor.
No dijo nada, pero su expresión cambió.
Valeria no lo notó de inmediato. Estaba ocupada recogiendo las migas de la bandeja.
—Cuando consiga resolver mis problemas, tendré que seguir con mi vida —continuó ella—. Tú también tendrás que seguir con la tuya.
—Ya tengo una vida.
—Claro. Una vida llena de amenazas, medicinas y gente que te tiene miedo.
—¿Estás diciendo que mi vida es miserable?
—Estoy diciendo que podrías intentar ser un poquito menos desagradable.
—Y tú podrías intentar hablar menos.
—Imposible. Es una condición médica.
Damián soltó un sonido extraño.
Valeria levantó la cabeza.
—¿Te has reído?
—No.
—¡Te has reído!
—No.
—¡El demonio tiene sentido del humor!
—Valeria, te juro que...
Ella le dio unas palmaditas en el hombro.
—Tranquilo, cariño. Tu secreto está a salvo conmigo.
Damián giró el rostro hacia ella.
Por un instante, pareció querer decir algo. Algo que no tenía relación con el desayuno, las medicinas ni el dinero.
Pero terminó apartando la mirada.
—Cuando termines de recoger, quédate aquí.
Valeria arqueó una ceja.
—¿Otra orden?
—Sí.
—¿Y si no quiero?
—Te descontaré el sueldo.
Ella suspiró dramáticamente y se dejó caer sobre la almohada.
—Está bien. Pero quiero dejar constancia de que trabajo para un tirano.
Damián volvió a tomar su tenedor.
Y, aunque no lo dijo en voz alta, comió con una tranquilidad que no había sentido en mucho tiempo.
Porque Valeria podía burlarse de él, discutir con él y amenazar con marcharse.
Pero había regresado.
Y, por ahora, eso era suficiente.
Lo que ninguno de los dos sabía era que Nicolás ya había comenzado a investigar el pasado de aquella mujer.
Y lo que encontraría sobre su esposo cambiaría por completo la forma en que Damián vería al hombre que la había enviado a aquella mansión.