Aleksandra es una brillante residente de neurocirugía que creció en un orfanato creyendo que sus padres murieron en un accidente común. Desconoce que su padre fue un desertor de la mafia rusa que la entrenó en combate y manejo de armas antes de dejarle una fortuna oculta. Su ordenada vida da un vuelco la noche en que rescata de un callejón a Dante Moretti, el temido heredero de la mafia italiana, herido de muerte tras una emboscada.
Ella le salva la vida operándolo en secreto en su cocina y, entre la fiebre y el peligro, comparten una noche ardiente y desesperada. Al amanecer, él ha desaparecido. Descubriendo poco después que está embarazada, Aleksandra huye a Dubái con una beca médica para criar a su hijo lejos de la violencia.
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Capítulo 2: El precio de un aliento
La oscuridad del callejón no era un vacío; estaba cargada de texturas, olores y sombras densas. El aire allí adentro se sentía más pesado, impregnado del hedor a óxido húmedo, basura descompuesta y algo mucho más primario que alertó cada una de las terminaciones nerviosas de Aleksandra: el aroma ferroso e inconfundible de la sangre fresca en cantidades alarmantes.
Cualquier impulso civilizado le habría dictado retroceder. En lugar de eso, sus pasos se volvieron imperceptibles. Su cuerpo bajó instintivamente el centro de gravedad, moviéndose pegada a la pared de ladrillo húmedo, manteniendo los ángulos muertos bajo control visual. No era un cálculo consciente; era la memoria muscular que Mikhail Volkov le había grabado a fuego durante años de rutinas implacables en el sótano de su vieja casa, cuando le repetía que la sorpresa era la única diferencia entre sobrevivir o terminar en una zanja.
A diez metros, detrás de una hilera de contenedores metálicos de residuos hospitalarios, vio el bulto.
Un hombre yacía sobre el asfalto cubierto de agua de lluvia. Llevaba un abrigo de paño oscuro destrozado en los costados y una camisa empapada que se pegaba a su torso con una viscosidad espesa y brillante. La cabeza descansaba contra el cemento, la respiración entrecortada apenas levantaba su pecho en espasmos irregulares.
Aleksandra avanzó con rapidez y cayó de rodillas a su lado, ignorando el charco helado que le empapó los pantalones del ambo médico.
—Señor... ¿puede escucharme? —su voz salió baja, firme, desprovista de histeria.
Apoyó dos dedos sobre el triángulo carotídeo del cuello. La piel estaba gélida, cubierta de sudor frío, pero el pulso, aunque filiforme y taquicárdico, todavía golpeaba contra sus yemas. Noventa sobre cincuenta, calculó de inmediato; el hombre estaba entrando en shock hipovolémico a pasos agigantados.
Antes de que pudiera abrirle el abrigo para buscar los puntos de entrada, un movimiento brutal la tomó por sorpresa.
Una mano grande, callosa y ensangrentada brotó de las sombras como una tenaza de acero, cerrándose alrededor de su muñeca izquierda con una fuerza feroz, casi inhumana para alguien en agonía. El impacto fue seco.
Aleksandra no gritó. Su mano libre reaccionó por puro reflejo: deslizó la palma hacia adentro, buscando el nervio mediano del antebrazo del atacante para obligarlo a soltarla con una palanca precisa. Pero al fijar la vista en su rostro, la técnica se detuvo en seco.
Bajo la tenue luz parpadeante de un farol distante, se dibujaban facciones afiladas, de una belleza aristocrática y severa, cortadas por una mandíbula rígida cubierta de barba oscura de dos días. Sus ojos se abrieron apenas: eran de un gris tormentoso, implacables, con el brillo salvaje de un depredador arrinconado que prefiere morder antes de rendirse a la muerte.
—Tranquilo... —murmuró ella en italiano, suavizando la presión de sus dedos sobre la muñeca del desconocido pero sin aflojar la postura de guardia—. Soy médica. Estás perdiendo demasiada sangre. Déjame ayudarte.
El hombre no aflojó la presa de inmediato. La miró a través de la bruma de la fiebre y el dolor, registrando sus ojos verdes, el cabello empapado por la llovizna y el escudo del hospital bordado en su pecho. Un destello de lucidez desesperada atravesó su mirada.
—Al... hospital... no —la voz le salió rota, rasposa, arrastrando un acento norteño áspero que vibraba con un tono de mando que la muerte no conseguía doblegar—. Si me metes ahí... me van a encontrar. Me quieren muerto... estoy vulnerable.
Tosiola sangre le manchó la comisura de los labios. El agarre en la muñeca de Aleksandra perdió potencia de golpe, los dedos resbalaron vencidos por el peso del cuerpo y su cabeza cayó hacia un costado, inconsciente.
—¡Maldición! —masculló ella, desabrochando el abrigo y rasgando la camisa de lino con un tirón certero.
La evaluación médica fue instantánea y despiadada. Dos orificios de bala. El primero, en el hombro derecho, con orificio de salida en la escápula: doloroso, con abundante sangrado muscular, pero sin compromiso de grandes vasos. El segundo era la verdadera sentencia de muerte: flanco izquierdo, fosa ilíaca, un proyectil calibre 9 milímetros o superior alojado profundamente cerca de los vasos ilíacos o lacerando el peritoneo. No había salida. El abdomen comenzaba a ponerse en tabla; la hemorragia interna era una carrera contrarreloj que le daba, con suerte, cuarenta minutos de vida.
La lógica dictaba arrastrarlo los cincuenta metros que la separaban de la guardia de urgencias del Policlínico. Allí había quirófanos estériles, bolsas de plasma cero negativo y cirujanos de guardia.
Pero las palabras del hombre resonaban en el callejón con una verdad helada: «Me quieren muerto... estoy vulnerable».
Nadie terminaba en un callejón con dos disparos de ejecución sin un propósito. Si volvía a meterlo al hospital, los tiradores no tardarían en revisar las admisiones de traumatología. Y ella misma quedaría atrapada en el fuego cruzado.
Aleksandra tomó una decisión en una fracción de segundo.
Sacó el teléfono del bolsillo. En la pantalla parpadeaba la llamada del taxista esperándola en la entrada principal; canceló el viaje de inmediato. Su departamento quedaba a solo dos cuadras y media, en un segundo piso por escalera de un edificio antiguo sin conserje ni cámaras de seguridad. En su bolso llevaba suturas vasculares, lidocaína, gasas hemostáticas y el instrumental de disección fina que siempre desinfectaba en su casa.
—Vamos, despierta —dijo, pasándose el brazo ileso del hombre por encima de los hombros mientras se incorporaba con las piernas separadas, distribuyendo el peso con técnica de judo—. Si te vas a morir, al menos no lo hagas sobre el barro.
El hombre medía fácilmente un metro noventa y pesaba más de ochenta y cinco kilos de puro músculo magro, pero el entrenamiento de Aleksandra no era decorativo. Tiró hacia arriba con la fuerza de su cadera y su espalda, cargando la mitad del peso inerte de aquel desconocido mientras la cabeza de él caía pesadamente contra el hueco de su cuello. El calor ardiente de su piel contrastaba con el frío lacerante de la lluvia.
Avanzaron paso a paso por el pasaje de servicio trasero, lejos del perímetro iluminado del hospital. Cada paso era una batalla contra el fango y la gravedad; el hombre soltaba gemidos sordos entre dientes, mientras la sangre caliente de su costado atravesaba la campera de Aleksandra, manchándola de un destino del que ya no habría escapatoria.