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ENEMIGOS A MEDIDA

ENEMIGOS A MEDIDA

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Amor de la infancia / Completas
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

El odio se corta al bies, pero el orgullo jamás se deshilacha.
Victoria dedicó diez años a levantar su taller de costura independiente a fuerza de tijera, desvelos y un orgullo blindado. Su peor pesadilla se cumple con el regreso de Caleb, el aclamado y arrogante director creativo del imperio textil rival, dispuesto a monopolizar la industria y arrebatarle su lugar.
Obligados por una estricta cláusula de la Bienal de Moda a crear una colección cápsula en conjunto, deben compartir mesa de corte, maniquíes y jornadas interminables. Para la prensa, son dos titanes enfrentados por el trono del diseño. En privado, son dos viejos conocidos atrapados por un secreto intolerable: a los diecisiete años, en una buhardilla compartida, Caleb fue su socio, su cómplice y el primer amor que le destrozó el corazón al marcharse sin decir adiós.
Entre alfileres que queman, miradas cargadas de reproches y una tensión que amenaza con incendiar el taller, Victoria tiene una sola regla para no caer...

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Capítulo 18: La letra chica

La mano enguantada de Bianca Ferrero todavía rozaba la lona de la funda cuando la puerta del box se abrió de golpe.

Caleb entró con una carpeta de acetato bajo el brazo y dos fichas de consola en la mano. La escena lo golpeó en un segundo: Camila llorando sobre la banqueta con la carta documento arrugada en el regazo, Bianca parada como un halcón sobre las fundas cerradas y Victoria, inmóvil en el centro de la sala, con una tijera de cortar hilo sostenida entre los dedos con la tensión de un puñal.

Caleb no necesitó preguntar. Sus ojos dorados se clavaron en Bianca con una hostilidad tan fría que el aire del camarín pareció congelarse.

—Quita tus manos de esa funda, Bianca —dijo él. No gritó, pero la advertencia vibró con el peso de una amenaza física—. Ahora mismo.

Bianca retiró los dedos despacio, sonriendo con una calma afectada que intentaba ocultar el sobresalto.

—Caleb, cariño, siempre tan dramático —ronroneó ella, alisándose la solapa de su traje blanco—. Solo le explicaba a tu socia la realidad del circuito. Su modelito estrella tiene un conflicto de exclusividad con la casa matriz de San Pablo. Si pisa la pasarela con ropa de un taller no homologado, la inhabilitan por cinco años en Europa.

Caleb dio tres pasos rápidos, cruzando el box hasta interponerse entre Bianca y los percheros. Su cuerpo ancho y macizo bloqueó por completo el acceso a las prendas.

—El contrato de Camila con la filial brasileña era por imagen de cosméticos para televisión, no por desfile de alta costura —disparó Caleb, conociendo de memoria la estructura de contratos de la empresa—. Beltrán está inventando una incompatibilidad de mala fe.

—Mala fe o no, la cautelar fue notificada por escribano esta mañana —retrucó Bianca, señalando el papel con una uña pintada de rojo oscuro—. Y la secretaría del certamen no permite que una modelo desfile bajo apercibimiento judicial. La descalificación del binomio es automática a menos que presenten a una sustituta del padrón de honor de la Bienal. Y da la casualidad de que yo soy la única con matrícula internacional disponible en este palacio.

Camila soltó un sollozo ahogado, hundiendo la cabeza entre los hombros.

—Perdóname, Victoria... —susurró la chica, con la voz rota por el pánico—. No puedo arriesgarme a que me ejecuten la fianza. Mi familia depende de los desfiles de Milán de este invierno.

Victoria no miró a Bianca ni a Caleb. Se acercó a la banqueta de Camila con paso tranquilo, apoyó una mano firme y tibia sobre el hombro de la chica y tomó la carta documento que yacía sobre su falda.

Se ajustó los anteojos de marco fino sobre el tabique y se colocó bajo la luz de los espejos del camerino.

Durante dos minutos enteros, en la sala no se escuchó más que el murmullo lejano de la música de prueba del auditorio principal y el pasar lento de las hojas bajo el pulgar de Victoria.

Bianca soltó un suspiro impaciente.

—Pierdes el tiempo, querida. Los abogados de Beltrán cobran trescientos dólares la hora; no dejan cabos sueltos para que los revise una modista.

Victoria levantó la vista lentamente por encima del marco de sus anteojos. No había miedo en sus ojos oscuros; había esa chispa analítica, metódica y demoledora con la que solía desarmar los patrones defectuosos en el papel madera.

—Cobrarán trescientos dólares la hora, pero se olvidaron de estudiar el derecho civil de este país —dijo Victoria con una voz tan serena que hizo que Caleb la mirara con renovada atención.

Bianca frunció apenas el ceño.

—¿De qué estás hablando?

Victoria dobló la hoja por la mitad y señaló con la punta de su tijera el tercer párrafo de la segunda carilla.

—Esta cláusula de exclusividad accesoria pretende una restricción absoluta de la libertad de trabajo bajo la figura de un pacto de no concurrencia —explicó Victoria, con una dicción precisa y afilada como un escalpelo—. En el derecho contractual argentino, y bajo el principio de orden público laboral, toda cláusula de exclusividad que no fije una compensación económica mensual específica durante el período de inactividad es de nulidad absoluta e insanable. Es una cláusula leonina. La firma de Camila en este papel no vale nada porque el objeto es ilícito.

Bianca parpadeó, descolocada por la terminología.

—Eso... eso lo tiene que resolver un juez comercial en un juicio ordinario —balbuceó la modelo, perdiendo por primera vez la compostura—. Mientras tanto, la notificación está cursada ante la mesa de entradas de la Bienal.

—Y la mesa de entradas de la Bienal se rige por el reglamento internacional de la Federación Textil —intervino Caleb, comprendiendo de inmediato la jugada de Victoria y sumándose al ataque con una ferocidad impecable—. El artículo doce del estatuto general establece que ninguna medida cautelar de orden corporativo privado puede frenar una presentación si la dirección creativa deposita una fianza técnica solidaria antes del ensayo general.

Caleb sacó su chequera personal del bolsillo interior de su chaqueta de cuero, firmó una boleta en blanco sobre la mesada de maquillaje y se la entregó a Camila en la mano.

—Toma esto, Camila. Si Beltrán intenta ejecutar un solo centavo de esa fianza en Brasil, este cheque cubre el triple del monto reclamado y mis abogados en Milán se encargan de iniciarle una demanda por daños y perjuicios a la filial de San Pablo que los va a dejar sin presupuesto para desfiles por tres años.

Camila miró el papel timbrado, miró a Victoria y, al ver la seguridad inquebrantable en el rostro de la diseñadora, se secó las lágrimas con el dorso de la mano. El miedo en sus ojos dio paso a una determinación que le devolvió el aire al pecho.

—Gracias —murmuró la chica, apretando el cheque contra su pecho con los nudillos firmes—. No les voy a fallar en la pasarela.

Victoria se giró despacio hacia Bianca, que permanecía rígida como una columna de mármol blanco, con los labios apretados en una línea pálida.

—Se te hizo tarde para el ensayo, Bianca —dijo Victoria, señalando la puerta con una cortesía tan gélida que caló hasta los huesos—. Te sugiero que vayas al palco de invitados de Vanguardia a sentarte junto a Beltrán. Porque Camila va a abrir este desfile con el saco de lana ceniza. Y tú vas a tener que conformarte con mirarlo desde la platea.

Bianca clavó una mirada cargada de odio puro en Victoria. Luego miró a Caleb, buscando en vano un atisbo de duda en su rostro, pero solo encontró ese desprecio implacable con el que Rinaldi solía fulminar a los mediocres.

—Son unos muertos de hambre que juegan a ser dioses —siseó Bianca, retrocediendo hacia el pasillo con el veneno desbordándole la voz—. Creen que ganaron porque sortearon un papel. No tienen la menor idea de lo que Beltrán tiene preparado para esta noche. Les juro que esa ropa no va a cruzar entera la alfombra roja.

Bianca dio media vuelta sobre sus tacones de aguja y desapareció por el corredor alfombrado, seguida por sus asistentes mudos.

Caleb esperó a que el eco de sus pasos se extinguiera para cerrar la puerta del box con doble vuelta de llave. Apoyó la frente contra la madera, soltando una risa corta, ronca y cargada de un alivio salvaje.

Se dio vuelta hacia Victoria, mirándola con una admiración tan intensa que a ella se le encendieron las mejillas.

—Nulidad absoluta por falta de compensación específica —repitió él en un susurro fascinado, cruzando la sala hasta quedar a un palmo de su boca—. ¿Desde cuándo eres abogada laboralista, Solís?

Victoria descolgó la cinta métrica de su cuello con una media sonrisa irónica, aunque el corazón todavía le latía con fuerza por el choque.

—Una modista independiente que no sabe leer los contratos que le tiran por la cabeza dura dos meses antes de que la desalojen, Caleb. Ahora deja de mirarme como si fuera un milagro y ayúdame a calzarle el saco a Camila. Tenemos diez minutos para la prueba de luces.

A las dos de la tarde en punto, las puertas dobles del Salón de Honor del Palacio San Martín se cerraron para el ensayo general de luces.

El espacio era sobrecogedor. Una bóveda de veinte metros de altura decorada con molduras de oro a la hoja y arañas de cristal de caireles presidía una pasarela elevada de cuarenta metros en madera laqueada negra. En la penumbra de las butacas desiertas, solo permanecían sentados los tres miembros del comité de admisión de la Bienal —con el ingeniero Rossi en el centro— y una docena de fotógrafos de prensa internacional autorizados a registrar los pases técnicos para calibrar sus lentes.

En el rincón de la primera fila, envuelto en un abrigo oscuro y apoyado sobre su bastón de plata, Augusto Beltrán observaba la tarima con los ojos hundidos en una furia sombría. A su lado, Bianca Ferrero consultaba su teléfono con los dedos crispados.

La música del ensayo comenzó a sonar: una pieza orquestal de cuerdas con bases electrónicas graves que llenó el palacio de una vibración telúrica.

—Binomio cuatro: Textil Vanguardia y Atelier Victoria. Pase de luces uno —anunció la voz del regidor por los altavoces del techo.

El foco cenital número uno se encendió con un chasquido eléctrico, arrojando una columna de luz blanca y cálida sobre el fondo de la pasarela.

Camila Soria dio el primer paso.

Llevaba el conjunto insignia: el saco sastre en lana ceniza de Piacenza cerrado con un único botón de cuerno oscuro, ceñido a la cintura con la precisión de una coraza anatómica, y la falda al bies de tafetán de seda negra que flotaba alrededor de sus piernas con un vaivén líquido a cada zancada.

El impacto visual fue instantáneo. La lana no reflejaba la luz; la absorbía, otorgándole una profundidad escultórica que hacía resaltar la blancura de la piel de la modelo y el filo geométrico de los hombros. Y al llegar al punto medio de la pasarela, cuando Camila giró sobre sus talones con un movimiento seco y elegante, la seda se desplegó en un remolino oscuro que parecía humo sólido.

Desde el foso de prensa se escuchó el murmullo de admiración de los editores extranjeros y el chasquido incesante de los obturadores de las cámaras.

En el lateral del escenario, ocultos detrás del cortinado de terciopelo, Victoria y Caleb observaban la caída con la respiración contenida. La mano de él descansaba sobre la cintura de ella, firme, transmitiéndole un calor constante que borraba los días de cansancio.

—Mira la solapa —susurró Caleb al oído de Victoria, con los ojos dorados brillando de orgullo—. No se despegó ni un milímetro del pecho al girar. Ese picado de crin es una obra de arte, Vic.

Victoria sonrió despacio, apoyando la cabeza en el hombro de su chaqueta.

—La copa de la manga tiene el aire exacto, Caleb. Tu corte es impecable.

Al otro lado de la sala, Augusto Beltrán se levantó de su butaca con movimientos rígidos. Clavó los ojos en el cortinado donde sabía que estaban ellos dos y, sin esperar a que terminara el pase de luces, salió del auditorio con pasos apresurados hacia las galerías de servicio.

El ensayo general concluyó a las cuatro de la tarde con una ovación espontánea de los técnicos de sonido y la firma conforme del ingeniero Rossi en la planilla de pasarela.

Exhaustos pero con la moral en lo más alto, Victoria, Caleb y Camila regresaron al Box 4 para desvestir las piezas, guardarlas nuevamente bajo las fundas selladas y descansar las tres horas previas a la apertura formal de puertas del desfile definitivo.

Pero al llegar al final del corredor alfombrado del ala este, Victoria se detuvo en seco.

El candado de combinación de la puerta del box colgaba abierto del pestillo de hierro, con el arco de acero forzado por una herramienta de presión. La puerta entreabierta dejaba escapar un olor acre, químico y penetrante a diluyente industrial que golpeó el aire del pasillo como un puñetazo.

Caleb empujó a Victoria hacia atrás con un brazo y pateó la puerta, entrando al camarín con los ojos desorbitados.

Sobre la mesa central, la funda que contenía el vestido de cierre —la pieza maestra de tafetán de seda, gasa teñida a mano y degradados en cobre que debía sellar el destino de la colección— yacía desgarrada en el suelo.

Un frasco roto de ácido solvente textil se vaciaba sobre la falda del vestido, disolviendo la seda en una mancha humeante, informe y quemada que devoraba el trabajo de tres semanas ante sus propios ojos.

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