NovelToon NovelToon
Me condenaste por amarte

Me condenaste por amarte

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Embarazada fugitiva / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:643
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Lucía Suárez amó a Adrián Beltrán durante doce años. Él le respondió con humillaciones, una condena injusta y la pérdida de su bebé.
Para Adrián, su esposa era una mentirosa, una mujer sucia capaz de cualquier cosa. La inocente siempre era otra: Valeria, la amante a la que protegía mientras Lucía lo perdía todo.
Ahora Lucía ha salido de prisión. Ya no quiere suplicarle amor. Quiere recuperar su vida y hacerles pagar cada mentira, cada golpe y todo lo que le arrebataron.
Pero Adrián no está dispuesto a dejarla ir.
Cuando la verdad lo obliga a arrodillarse y pedir otra oportunidad, ella solo tiene una respuesta:
—¿Quieres que te perdone? Entonces muérete.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

Capítulo 8. Un video de un desconocido

El gesto tan íntimo le aceleró el corazón a Lucía y le calentó un poco las mejillas.

Alzó la vista. El perfil de Adrián era firme y hermoso, pero su expresión seguía indiferente.

—Llegó mi abuelo.

Lo dijo con frialdad. Lucía entendió al instante.

Tenían que fingir que eran una pareja enamorada delante del abuelo Beltrán. La ilusión se le apagó de golpe. Qué ironía tan cruel.

A la hora de sentarse a la mesa ya no quedaban extraños. Si alguien sobraba allí, era Valeria.

El abuelo tenía un rostro amable. Por alguna razón, a Lucía le resultaba muy familiar, como si lo hubiera visto muchos años atrás.

Para su sorpresa, Adrián hizo de todo para complacerlo. Llegó a desvivirse por ella, sin importarle cómo se sintiera Valeria.

Le servía comida en el plato y hasta le pelaba los camarones. Lo más insólito fue que Lucía lo vio sonreírle con ternura por primera vez.

No pudo evitar mirar a Valeria. Ella forzaba una sonrisa. Era evidente que la estaba pasando muy mal.

Todo parecía un sueño. Pero Lucía sabía que no tardaría en despertar.

Después de comer, Adrián la llevó de la mano al garaje. El calor de su piel le llegó hasta el corazón y le encendió las mejillas.

Cuánto deseaba detener el tiempo en aquel instante…

Pero la realidad fue cruel.

En cuanto llegaron al auto, Adrián le apartó la mano de un tirón, con un gesto de asco.

—Lárgate por tu cuenta.

El cambio tan brusco la dejó paralizada.

Solo pudo mirar cómo él abría con toda atención la puerta para Valeria, que venía detrás, y la ayudaba a subir. El auto giró con soltura y pronto desapareció de su vista.

La dejó allí, en la calle vacía. El viento de otoño le atravesó el pecho y se llevó la falsa calidez de unos momentos antes.

…

Aquella noche, como de costumbre, Adrián no volvió.

Mientras imaginaba al hombre que amaba abrazando a otra y acostándose con ella, Lucía buscaba en internet información sobre su enfermedad. Le dolía el corazón como si se lo cortaran.

Por lo que encontraba, el tumor estaba en un lugar muy delicado y la operación implicaba un riesgo enorme. Aun si interrumpía el embarazo para salvarse, podía morir.

Si era así, prefería correr el riesgo y dar a luz al único hijo que tendría con Adrián.

Al día siguiente se levantó temprano y volvió al hospital para hacerse más estudios. Al recibir los resultados, se resignó.

Miró los informes y se le humedecieron los ojos.

Adrián… Había creído que al menos podría quedarse a su lado toda la vida, aunque él la despreciara y le diera asco. Lo que no sabía era que su vida iba a ser tan corta…

Caminaba por la calle, aturdida, cuando recibió un mensaje de un número desconocido. Lo abrió. Era un video.

Mostraba lo que había pasado el día anterior, cuando la acusaron de robar la pulsera.

¡Y había captado el momento exacto en que Valeria se la metía a escondidas en el bolsillo!

Lucía no sabía quién se lo había enviado, pero respondió enseguida con un agradecimiento.

Sin pensarlo más, tomó un taxi hacia la empresa de Adrián.

Aunque le quedara poco tiempo de vida, no iba a permitir que una mujer tan ruin y calculadora como Valeria siguiera engañándolo.

Llegó al edificio de Grupo Beltrán y dijo quién era. La recepcionista la miró de una forma extraña.

De camino al ascensor oyó murmullos a sus espaldas. Abrió las redes sociales en el celular y descubrió que alguien había publicado lo ocurrido el día anterior.

La mayoría de los comentarios eran insultos: que era una ladrona, que el patito feo seguía siendo patito feo, que ni casándose con un hombre como Adrián Beltrán dejaba de ser una vulgar y una rastrera.

Con el celular apretado en la mano, fue directo a su oficina. Él acababa de salir de una reunión. Al verla, la miró con frialdad. —¿A qué vienes? ¿No sabes lo famosa que estás?

Se refería al incidente del día anterior.

Lucía abrió el video anónimo y le tendió el celular. —Mira bien quién es la verdadera ladrona.

Adrián vio el video sin cambiar de expresión. —¿De dónde lo sacaste? —preguntó con frialdad.

A Lucía le pareció ridículo. —¿Importa de dónde salió? ¿No te importa más la verdad que acabas de ver?

—¿La verdad? —Él alzó sus ojos oscuros de golpe. Deslizó un dedo por la pantalla y borró el video. También eliminó todas las copias que Lucía había guardado en la galería.

Ella se quedó atónita. Perdió el control e intentó arrebatarle el celular, pero era demasiado tarde. Adrián lo había borrado hasta de la papelera.

—¡¿Por qué, Adrián?! ¡¿Por qué haces esto?! ¿Sabes cuánta gente me está insultando en internet? ¡Ese video era lo único que podía demostrar que soy inocente!

Lucía se derrumbó.

Él soltó una risa fría, sin inmutarse. —¿Y a mí qué me importa tu inocencia? Mientras Valeria esté contenta, todo se vale.

La respuesta la dejó sin palabras.

Que ella fuera inocente, que viviera o muriera. A él no le importaba nada de eso.

Solo le importaba Valeria. Por bajo que cayera aquella mujer, él siempre encontraba la manera de perdonarla.

Porque la amaba. Hasta quedarse ciego. Hasta renunciar a cualquier principio.

Lucía se quedó en silencio. Miró al hombre que tenía tan cerca y sintió arder los ojos. —Si un día el acoso de internet termina matándome, ¿tampoco te va a importar, Adrián?

Él ni siquiera levantó la cabeza. —¿Y ya te moriste?

Aquella respuesta indiferente le atravesó el corazón como una espada. El dolor empezó a extenderse desde el pecho, centímetro a centímetro, hasta los huesos.

Lucía apretó los puños. Las lágrimas fueron borrando el rostro perfecto que tenía delante. —Ojalá, cuando llegue ese día, te siga dando igual.

Se fue sin volver la cabeza. Las lágrimas le corrían sin freno.

Había entregado doce años de amor a la persona equivocada. Eso ya era bastante. Pero no podía creer qué clase de hombre había amado.

Salió corriendo del edificio. No sabía cuándo había empezado a llover. Aturdida, no vio el auto que se acercaba.

El chirrido de los frenos la hizo levantar la vista. La lluvia y las lágrimas le nublaban los ojos. Alcanzó a ver a un hombre bajar del auto y correr hacia ella, pero perdió el conocimiento antes de reconocerlo.

…

Cuando despertó, ya había oscurecido.

Miró a su alrededor. Era un departamento elegante, pero completamente desconocido.

Apenas se incorporó, entró un hombre alto, de cejas firmes y ojos brillantes.

Lo miró unos segundos, incrédula. —¿Gabriel?

Gabriel Salazar le dedicó una sonrisa cálida. —Cuánto tiempo sin verte, Lucía.

Era verdad. No lo había vuelto a ver desde que él se graduó de la universidad.

—Le pedí a mi médico que viniera a revisarte. Dice que estás fuera de peligro. —Le acercó un vaso de agua tibia con delicadeza.

Lucía sonrió, apenada. —Perdón por meterte en todo esto.

—¿Qué molestias? Lo importante es que estés bien. —Las palabras de Gabriel la reconfortaron un poco.

Al recordar las palabras de Adrián, el dolor se hizo todavía más intenso.

Quizá ese era el precio de amar sola. De empeñarse en un amor que nunca había sido correspondido.

Era tarde y Lucía quería irse, pero Gabriel ya había pedido comida de un hotel de cinco estrellas. Había llenado la mesa.

No quiso despreciar aquel gesto y se quedó a cenar con él. Al terminar, Gabriel insistió en llevarla a casa.

Cuando el auto se detuvo frente a la entrada, él habló de pronto: —Mi médico me dijo que estás embarazada. ¿Adrián lo sabe?

Lucía se quedó a medio abrir la puerta. Volvió la cabeza. La luz de la luna caía sobre el rostro sereno de Gabriel. La miraba con una ternura especial.

—Claro. Mi esposo sabe que estoy embarazada. —Forzó una sonrisa y bajó del auto—. Gracias, Gabriel. La próxima vez te invito a comer.

Él sonrió y asintió. —Voy a estar esperando tu mensaje.

—Está bien. —Lucía se despidió con la mano. Esperó a que el auto se alejara y se volvió hacia la casa.

Pero apenas cruzó la entrada, una mano la agarró brutalmente del brazo y tiró de ella con fuerza.

Lucía no pudo reaccionar. Se golpeó la nariz contra el pecho ancho de Adrián. Desde arriba le llegó su voz helada: —Eres más rastrera de lo que imaginaba.

1
Paola Garcia
mala novela no tiene ni forma de nada siempre lo mismo ella llevando palo y palo y toda Ia casada no me gustó o tiene nada de coherencia y ley hasta el capítulo 35
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play