Elian Rojas (23) trabaja en el refugio Second Chance Paws en Austin, Texas, y se paga la carrera de veterinaria. Cuando el refugio entra en quiebra y recibe orden de desalojo, encuentra un flyer rosa: "Se busca niñera. $3,500/mes. Niños difíciles. Si ellos te aceptan, te quedas".
Va a la entrevista sin fe. Le advierten que 3 niños han echado a 7 niñeras. Lo eligen porque es hombre, se ve torpe e ingenuo y creen que será fácil hacerlo renunciar con trampas de harina, tinta azul y pistolas de agua.
Pero Elian no ve berrinches, ve abandono. Y poco a poco, entre caos y perros colados, se ganará a una familia rota.
Lo que no esperaba era enamorarse de su jefe, Dante Montero (34), CEO viudo, frío y que no sabe cómo ser padre sin su esposa.
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 7 - Luna Habla
El miércoles Luna no fue a la escuela.
No estaba enferma. Se sentó en la escalera a las siete con mochila rosa, cuaderno apretado y dijo que no.
No quiero ir, dijo con voz bajita que casi no se escuchó.
Era tercera frase completa que le escuchaba desde que llegué. La primera fue si Canelo podía subir a casa del árbol. La segunda fue wow cuando explotó volcán. Esta era tercera y más larga.
Santi dijo que Luna a veces hacía eso. Se sentaba y no se movía. Que desde que su mamá murió, había días en que no quería hablar con nadie.
Milo añadió que en escuela la molestaban porque no hablaba. Que le decían muda y se escondía en baño.
Dante ya se había ido a reunión a las cinco y media. No contestaba celular. Asistente dijo que la dejáramos.
Yo me senté a su lado en escalera. Canelo se acostó a sus pies.
¿No quieres ir hoy?, pregunté.
Negó con cabeza.
¿Pasó algo ayer?
Negó, pero ojos se llenaron de lágrimas grandes, silenciosas, que caían sin ruido.
La cargué. Pesaba poco. La llevé a sala y senté en sofá manchado de rosa del volcán. Quité mochila y dije que no iría hoy.
Santi se sentó al otro lado y tomó su mano. Milo se sentó en suelo frente a ella.
¿Qué pasó, enana?, dijo Milo con voz suave que no conocía.
Luna abrió cuaderno y dibujó. Salón con niños sentados. Niña con coletas rosas sola en esquina. Otra niña señalándola y riéndose. Maestra mirando a otro lado.
Entendí sin que dijera nada.
¿Se rieron de ti porque no hablas?, pregunté.
Asintió y limpió lágrimas con manga.
Santi se levantó furioso.
Voy a golpearlos, dijo con puños cerrados.
Milo lo detuvo.
No se resuelve golpeando, dijo. Se resuelve hablando con maestra.
Yo no sabía qué hacer. No soy padre. Solo sabía lo que hacía en refugio cuando llegaba perro mordido por otros. Lo separaba, dejaba tranquilo, daba espacio.
Dije a Luna que no tenía que hablar si no quería. Que hablar era elección, no obligación. Que podía hablar cuando quisiera y con quien quisiera.
Me miró con ojos rojos.
¿Puedo hablar solo contigo y con Canelo?, preguntó. Fue cuarta frase y más clara.
Sí, dije. Solo conmigo y con Canelo si quieres. Y cuando quieras hablar con más gente, también podrás.
Asintió y se recostó sobre mi pecho. Se quedó dormida ahí, con cuaderno abierto sobre piernas.
A las diez Dra. Patel llegó para sesión. Conté lo de escuela sin que Luna escuchara. Doctora dijo que era progreso, que Luna estaba eligiendo con quién hablar, que eso era control sobre su mundo. Que no la presionáramos y celebráramos cada avance.
A las once Luna despertó y dijo que tenía hambre. Hice pan con queso. Comió en isla, con Canelo debajo esperando migas.
A las doce Dante llegó. Entró rápido, cara de preocupación porque asistente le había mandado mensaje urgente.
¿Qué pasó?, preguntó sin saludar.
Milo contó lo del dibujo. Santi contó lo de niñas que se reían.
Dante quedó callado. Luego se acercó a Luna y se agachó a su altura.
¿Quieres contarme, princesa?
Luna negó y se escondió detrás de mí.
Dante me miró con culpa profunda.
No supe qué hacer, dije en voz baja. No la obligué a ir.
Hiciste bien, dijo.
Se sentó en otra silla y se pasó manos por cabello revuelto.
Cuando Ana murió, no sabía cómo hablar con Luna. Ella dejó de hablar y pensé que era normal por duelo. No hice nada. Trabajé más. La dejé sola en su silencio.
No la dejaste sola, dije. Estabas triste también. Todos estaban tristes y confundidos.
Estaba triste y cobarde, dijo.
Luna se acercó y puso dibujo en su mano. Era Dante con cara triste y ella abrazándolo fuerte con brazos grandes.
Dante la cargó y abrazó fuerte. Luna no lloró. Quedó quieta, con cabeza en hombro, respirando contra su cuello.
Esa tarde nos quedamos en sala manchada de volcán. Luna dibujó toda la tarde. Dibujó perros, volcanes, y por primera vez dibujó a su mamá sonriendo con vestido amarillo brillante.
A las seis Dante dijo que tenía llamada importante. Se encerró en despacho con puerta cerrada y luz encendida.
A las siete cenamos sin él. Reglas nuevas rotas mismo día que las pusimos. Pero nadie se quejó ni mencionó la silla vacía.
A las ocho, cuando fui a acostar a Luna, me pidió algo que nunca había pedido antes.
¿Puede Canelo dormir conmigo hoy?, preguntó. Quinta frase completa y valiente.
Dije que sí. Subí a Canelo en brazos porque no podía subir escaleras solo. Luna hizo espacio en su cama rosa y Canelo se acostó hecho bola a sus pies. Ella puso manta pequeña encima.
¿Te quedas hasta que me duerma?, preguntó en voz baja.
Me senté en suelo, al lado de cama, con espalda contra pared fría.
Canté canción de croquetas desafinada. Luna se rió bajito y cerró ojos.
A mitad de canción sentí que alguien miraba desde puerta. Era Dante. Sin traje, camiseta gris, descalzo, ojos rojos y brillantes.
Hizo señal de que no me levantara. Se apoyó en marco y nos miró. A su hija dormida con perro a pies y niñero cantando en suelo.
Cuando Luna se durmió, salí al pasillo en silencio.
Gracias, dijo Dante con voz quebrada.
No hice nada especial, dije.
Hiciste que hablara, dijo. En tres semanas hiciste lo que yo no hice en un año entero.
Se limpió ojos rápido.
¿Puedo decirte algo?, preguntó.
Asentí.
Cuando la escuché decir que solo quería hablar contigo y con perro, sentí celos, dijo con sonrisa triste.
No son celos, dije. Es alivio. Ahora sabes que puede hablar. Y hablará contigo cuando esté lista.
Dante me miró largo.
¿Te quedarás hasta que eso pase?, preguntó.
Me quedaré, dije sin pensarlo.
Nos quedamos en pasillo, con luz tenue, escuchando a Canelo roncar bajito en cuarto de Luna.
Esa noche Luna habló cinco frases completas. Yo las conté. Cinco frases que valían más que mil palabras juntas.