hace siglos la puerta unida conectaba todos los territorios en un solo mundo sin fronteras,donde humanos ,elfos,hombres lobos,magos y el pueblo misterioso vivían en paz . pero cuando una adivina advirtió que la temida oscuridad .
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la promesa de Elara
✨ Capítulo 10 — La promesa de Elara
Elara empujó la pesada puerta de madera y cruzó el umbral. Al entrar, se detuvo en seco. El interior era aún más desolador que el exterior: paredes descascaradas, polvo por todas partes, ventanas rotas por donde entraba la luz del sol en rayos que cortaban la penumbra, y el suelo cubierto de escombros y hojas secas. Pero mientras ella avanzaba unos pasos, sintiendo el frío del lugar, decenas de personas la miraban desde todos los rincones. Hombres y mujeres vestidos con ropas sencillas pero de telas antiguas, con miradas sorprendidas y ojos que brillaban en la semioscuridad. Nadie esperaba a nadie, y mucho menos a una humana que supiera encontrar aquel lugar.
Elara recorrió con la mirada lo abandonado que estaba todo, y el corazón se le encogió. Pensó en su hermano Darien, en cómo sufría, en cómo la maldición lo consumía cada vez con más fuerza, y ya no pudo contenerse. Se arrodilló, apretó las manos contra el pecho y gritó con toda su alma, con la voz quebrada por las lágrimas:
—¡Alguien… por favor! ¡Alguien salve a mi hermano!
El silencio que siguió fue absoluto. Todos los presentes se miraron entre sí, asombrados, y se preguntaban en susurros: ¿Cómo pudo entrar? ¿Quién la guio hasta aquí? Nadie encuentra este lugar… nadie.
En ese instante, una figura apareció desde lo más profundo del edificio, seguida de otros cuatro ancianos de porte majestuoso, vestidos con túnicas bordadas en oro y plata. El Consejo había llegado. El primero, el más alto y de mirada más sabia, frunció el ceño y preguntó con voz que resonó en todo el recinto:
—¿Qué sucede? ¿Cómo entró una humana aquí?
Uno de los guardias se adelantó y respondió con la cabeza baja:
—Una humana entró, mi señor, y pide ayuda.
—¿Y qué equipo la siguió? —preguntó el líder del Consejo con severidad.
Todos miraron entre sí, confundidos, y respondieron al unísono:
—No lo sabemos, señor. Vino sola.
Elara, con las rodillas todavía en el suelo y las lágrimas corriendo por sus mejillas, levantó la vista hacia aquellos sabios y dijo con desesperación:
—¡Por favor… salven a mi hermano! ¡Haré cualquier cosa! ¡Trabajaré para ustedes! ¡Lo que sea!
Y justo en ese momento, ocurrió algo maravilloso y aterrador a la vez. El edificio viejo y destartalado empezó a transformarse ante sus ojos. Las paredes descascaradas se cubrieron de mármol blanco y oro, las ventanas rotas se convirtieron en vitrales de colores brillantes, el polvo y los escombros desaparecieron, y el techo se elevó majestuoso, alto y claro, iluminado por una luz cálida que no venía de fuera, sino de dentro. Aquel lugar abandonado se había convertido en un palacio hermoso y eterno. Los presentes contuvieron el aliento, sabiendo que algo así solo ocurría cuando una persona poseía un poder que ni ella misma conocía.
Los miembros del Consejo se acercaron lentamente, con expresión ahora grave y compasiva a la vez. El más anciano se inclinó levemente hacia ella y preguntó con voz suave:
—¿Qué le ocurre a tu hermano, niña?
Elara sintió que el pecho se le partía. Respondió con voz temblorosa pero sincera:
—Tiene una maldición… y no se le va. Lo hemos intentado todo. No hay cura que conozcamos. —Las lágrimas le cegaban la mirada, pero levantó la cabeza y dijo con desesperación:— ¡Salven a mi hermano, por favor! ¡Es la única familia que tengo!
El Consejo la miró en silencio, y en sus ojos se reflejó algo más que lástima. Reconocieron algo en ella. Algo que no era de este mundo.