Rocío Vega, empresaria de moda de 24 años, arrastra la culpa de llevar seis años distanciada de su hermana. Cuando esta fallece trágicamente dejando huérfanos a Lucas (5 años) y Mía (3 años), el mundo de Rocío da un vuelco total.
En la notaría se encuentra con Mario Alva, el atractivo y frío CEO de una corporación de cruceros de lujo. Para su sorpresa, el testamento incluye una cláusula ineludible: para mantener la custodia de los niños y evitar que vayan a un orfanato, deben convivir juntos bajo el mismo techo.
El choque entre la empresaria que regala sueños y el magnate de alta mar es inmediato. Pero entre crisis médicas nocturnas e inspectores judiciales, las defensas caen. La paciencia de Mario empezará a sanar los traumas del pasado de Rocío, encendiendo un deseo irrefrenable.
Sin embargo, una sombra acecha: la muerte de sus hermanos no fue un accidente y alguien en la naviera los vigila. ¿Podrán salvar a los niños y descubrir que la cláusula más estricta era la del amor?
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CAPITULO 12 ENTRE EL FUEGO Y LA FIEBRE
POV ROCÍO
Las palabras de Mario se quedaron flotando en el espacio que nos separaba, reduciendo el salón de la casa a nosotros dos. “No quiero seguir actuando”. El pulso me daba vueltas en las sienes. Sentía el calor de sus manos en mis hombros, una presión firme y segura que me anclaba al suelo, impidiendo que saliera huyendo como solía hacerlo cada vez que alguien se acercaba demasiado a mis barreras.
—Mario... —alcancé a murmurar, con la voz atrapada en la garganta—. Esto va muy rápido. Hace apenas unos días nos despreciábamos en aquella oficina. Tengo miedo de confundir las cosas por la tensión de los niños, por el susto de Iván...
—No hay ninguna confusión, Rocío —me interrumpió él, dando el último paso que faltaba. Su cercanía física era abrumadora, magnética—. Lo supe el sábado cuando te vi rota en ese centro comercial y sentí que se me partía el alma. Lo supe por la noche cuando te vi cuidar a Mía. No es la adrenalina. Eres tú.
Mario no me dio tiempo a levantar más escudos. Cortó la distancia, acunó mi rostro entre sus manos con una delicadeza infinita y se inclinó hacia mí. Cuando sus labios rozaron los míos, el mundo exterior desapareció por completo.
Fue un beso que comenzó suave, casi como una petición de permiso, un roce cálido que me hizo soltar todo el aire que retenía en los pulmones. Pero en cuanto mis manos respondieron por instinto, subiendo por su pecho hasta enredarse en su nuca, el beso se transformó. Se volvió intenso, profundo, cargado de una necesidad sorda y de una atracción contenida que se había estado cocinando a fuego lento entre reproches y miradas furtivas. Era el fuego que nacía de las cenizas de nuestra tragedia. Mario me estrechó contra su cuerpo con fuerza, y por primera vez en siete años, me sentí completamente segura, deseada y en paz.
Cuando nos separamos a duras penas, manteniendo nuestras frentes unidas mientras recuperábamos el aliento, Mario me dedicó una sonrisa limpia, de esas que transformaban por completo su severo rostro de CEO.
—Te daré todo el tiempo que necesites, Rocío —susurró contra mis labios—. Pero ya no vuelvas a decir que estamos fingiendo.
Le sonreí de vuelta, con el corazón galopando a mil por hora, asombrada de cómo la vida podía cambiar de rumbo en mitad de la peor de las tormentas.
POV MARIO
La felicidad del primer beso nos mantuvo flotando durante la cena. La dinámica en la mesa había cambiado; las miradas que intercambiábamos Rocío y yo ya no eran de desconfianza o estrategia, sino de una complicidad íntima que los niños parecieron notar, pues el ambiente se sintió mucho más relajado. Lucas incluso se rio de un par de chistes míos y Mía se comió todo el puré sin protestar.
Sin embargo, la fragilidad de nuestra nueva vida nos tenía guardada otra prueba.
Alrededor de las diez de la noche, después de que los niños se retiraran a sus cuartos, subí a la segunda planta para darles las buenas noches. Al entrar en la habitación de Mía, la encontré completamente destapada, revolviéndose en la cama con un quejido sordo. El oso de peluche estaba tirado en el suelo.
—¿Mía? ¿Princesa, estás despierta? —pregunté, acercándome y sentándome en el borde del colchón.
Cuando le coloqué la mano en la frente para apartarle el cabello, retiré los dedos de golpe. Estaba ardiendo. La piel de su rostro estaba completamente colorada y sudorosa, y su respiración era rápida, superficial.
—Me duele mucho la cabeza, tío Mario... Tengo mucho frío —gimió la pequeña, con los ojos entreabiertos y vidriosos, temblando bajo la sábana.
—¡Rocío! —llamé a gritos, intentando mantener el control para no asustar a la niña—. ¡Rocío, sube, por favor!
Escuché los pasos rápidos de Rocío subiendo las escaleras de dos en dos. Entró en la habitación con el rostro pálido, intuyendo el peligro por el tono de mi voz.
—¿Qué pasa? —preguntó, arrodillándose de inmediato al otro lado de la cama.
—Tiene muchísima fiebre. Trae el termómetro del botiquín del baño, rápido.
Rocío regresó en menos de diez segundos con el termómetro digital. Se lo colocamos en la axila a la niña, esperando a que el aparato pitara. Esos segundos parecieron una eternidad. Cuando el pitido metálico resonó en la habitación, revisé la pantalla. 40.1 °C.
—Dios mío, está altísima —Rocío se llevó una mano a la boca, el pánico reflejado en sus ojos—. Esto no es una febrícula normal, Mario. Está empezando a delirar. Mira cómo tiembla.
—Hay que llevarla a urgencias al hospital materno-infantil ahora mismo —sentencié, poniéndome de pie y tomando una manta para envolver a la pequeña—. Tú ve a buscar las llaves del coche y los documentos médicos de los niños que nos dejó el abogado. Yo cargaré a Mía.
—¿Y Lucas? —recordó Rocío, deteniéndose en seco—. No podemos dejarlo solo en la casa a estas horas de la noche, se despertará y entrará en pánico si ve que no estamos.
—Tienes razón —apreté los dientes, procesando la situación—. Despiértalo con suavidad. Dile que Mía se siente un poco mal y que vamos al médico, que se ponga unas zapatillas y un abrigo. Nos lo llevamos con nosotros. No nos vamos a separar.
Rocío asintió con determinación. El miedo que había mostrado por la tarde se había evaporado, sustituido por una eficiencia materna impresionante. Fue a la habitación de Lucas mientras yo envolvía a Mía en la manta, tomándola en brazos con total delicadeza. La niña pesaba poco, pero sentía el calor abrasador de su cuerpo contra mi pecho.
Cinco minutos después, estábamos todos en el coche. Yo manejaba a través de las calles de la ciudad con la máxima velocidad que la prudencia permitía, sorteando los semáforos. Rocío iba en el asiento trasero, con la cabeza de Mía apoyada en su regazo, pasándole un paño húmedo por la frente que había improvisado con una botella de agua que llevábamos. A su lado, Lucas miraba a su hermana con ojos enormes, llenos de terror, sosteniendo con fuerza la mano pequeña de Mía.
—Vas a estar bien, hermanita. El tío Mario maneja muy rápido —susurraba Lucas, intentando hacerse el fuerte, imitando la postura que me había visto adoptar a mí tantas veces.
Miré por el retrovisor y vi a Rocío cruzando su mirada conmigo. Estábamos asustados, el cansancio nos pasaba factura y la salud de la pequeña pendía de un hilo en mitad de la noche, pero la conexión que habíamos consolidado con aquel primer beso nos daba la fuerza necesaria para no desmoronarnos. Ya no éramos dos piezas sueltas; éramos un escudo real protegiendo a nuestra familia en mitad de la tormenta médica.