Seis años atrás, Luz Acosta fue traicionada por su propia familia, acusada de una vergüenza que no pudo explicar y echada de la casa como si nunca hubiera llevado su sangre.
Ahora volvió a Buenos Aires con dos hijos, una identidad que todos buscan y una sola idea clara: nadie va a volver a usarla.
Pero apenas pisa la ciudad, Ciro desaparece unos minutos y regresa con un hombre que no debería cruzarse en su camino: Bruno Ferrer, dueño de un imperio, frío hasta la crueldad y famoso por no dejar que ninguna mujer se le acerque.
Tina, en cambio, lo mira una vez y decide que ese hombre tiene que ser su papá.
Luz no quiere saber nada con Bruno. Bruno está convencido de que ella se le acercó con segundas intenciones. Y mientras los Acosta intentan volver a encerrarla en el papel de hija descartable, un secreto de aquella noche de hace seis años empieza a salir a la luz.
Dos hijos. Una traición vieja. Un padre que no sabe que lo es.
Y una mujer que esta vez no piensa bajar la cabeza.
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Capítulo 16
Capítulo 16
Tina se pegó a Bruno con la tablet.
—Bruno, ¿me ayudás con el segundo jefe? La otra vez pasamos el primero, pero con otros compañeros no pude. Nadie apoya como vos.
Bruno miró la cara brillante de la nena.
—Vamos.
—¡Sí!
Luz sintió una piedra en el pecho.
—Tina, no podés vivir pensando en juegos. Te dije que mirar tanto la pantalla hace mal.
—Pero también dijiste que podía jugar una hora por día. Hoy no jugué nada.
Luz se quedó sin respuesta.
—Una hora —pidió Tina, juntando las manos—. Solo una.
Bruno levantó la vista hacia Luz con una curva apenas visible en los labios.
—Empecemos, Tina.
Ciro se sentó a mirar. No le importaba el juego, pero sí Bruno.
Luz, irritada, se fue al cuarto.
Necesitaba cambiarse el vestido. Mientras lo hacía, oyó los gritos felices de Tina desde la sala.
Frente al espejo, se limpió la zona del hombro y la espalda donde había cubierto la marca.
La rosa apareció en su piel.
Luz sacó del cajón el dije de cristal que Sissi le había enviado.
La misma forma.
El mismo misterio.
Afuera, Bruno y Tina acababan de vencer al jefe.
—¡Explotó! Bruno, sos increíble. Si no me cubrías, me mataba.
Bruno dejó el teléfono.
—La segunda pantalla terminó. Ahora descansamos.
—¿Y si hacemos la tercera?
—Prometiste una hora. Si prometemos algo, lo cumplimos.
Luz salió y se quedó en la puerta.
La escena la detuvo.
Bruno sentado con sus hijos, hablándoles con firmeza tranquila. Parecía un padre que volvía del trabajo y todavía tenía paciencia para educar.
Tina, que siempre discutía, bajó la cabeza.
—Tenés razón. Perdón.
—Tina, Ciro —dijo Bruno—. No prometan algo si no pueden cumplirlo. Y si lo prometen, lo hacen.
Los dos asintieron.
Luz sintió un dolor raro.
—¿Podemos ir a jugar a tu casa cuando tengamos tiempo? —preguntó Tina.
—Sí.
—¿Me pasás tu número?
Bruno tomó el reloj de Tina y guardó su teléfono privado.
—Si pasa algo, llamame.
Tina sonrió satisfecha.
Bruno vio el cuaderno de Ciro y lo tomó.
Había dibujado la escena del juego.
—¿Te gusta dibujar?
Ciro asintió.
—¿Te gustaría aprender con un profesor, como otros chicos?
Ciro bajó la cabeza.
—Sos un hombrecito, Ciro. No podemos dejar de enfrentar las cosas porque dan miedo. ¿Cómo vas a hacerte fuerte para proteger a quienes querés?
Ciro apretó la ropa entre los dedos.
Bruno quiso tocarle la cabeza.
Se frenó antes de hacerlo.
Luz sintió la punzada hasta los huesos.
Cuando la puerta se cerró y Bruno se fue, ella notó que tenía la cara mojada.
Se secó rápido y caminó hacia los chicos.
—¿Bruno se fue?
Tina y Ciro asintieron.
—Entonces, a dormir.
Ciro miraba su cuaderno como si llevara un peso enorme.
Luz se agachó.
—¿Qué pasa, amor?
Él escribió despacio.
Mami, quiero ir a la escuela.
Luz se quedó sin aire.
Desde que lo habían maltratado en el jardín a los tres años, Ciro jamás había querido volver.
Lo abrazó fuerte.
—Si querés intentarlo, lo intentamos.
Tina se acercó al oído de su madre.
—¿Viste que Bruno es poderoso?
Luz sintió el corazón dar un salto.
—No empieces.
—Le pedí el número por vos.
—Te lo pediste para jugar.
—Mami, no entendés nada de mí.
Luz casi sonrió.
A la mañana siguiente, llevó a los chicos a comprar mochilas y útiles. Luego fueron al jardín del complejo.
En la entrada, la directora salió a recibirlos con una sonrisa demasiado amable.
—Señorita Acosta, bienvenida. Pasen, así conocen las instalaciones.
Luz pensó que la administración del complejo habría avisado.
La directora miró a Tina y Ciro con sorpresa.
Ahora entendía por qué la habían llamado de parte de Bruno Ferrer.
Esos chicos se parecían demasiado a él.
—Ciro es un poco tímido —explicó Luz cuando él se escondió a su lado.
—No se preocupe. Adaptaremos todo para que no se sienta presionado.
El jardín era amplio, limpio, con juegos nuevos y patios seguros. Luz se permitió respirar.
En la oficina, sacó el contrato de alquiler.
—Traje el comprobante.
—No hace falta —dijo la directora—. Con su nombre alcanza. Además, esperamos contar con su buena palabra para futuros apoyos a la escuela.
Luz no entendió.
¿Apoyos?
La directora le pasó los formularios.
Luz escribió los nombres: Tina Acosta y Ciro Acosta.
La directora vio el apellido y dudó apenas.
¿Acosta?
Pero si el llamado había venido de los Ferrer, mejor no preguntar.