Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.
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Capítulo 10
# Capítulo 10: Champú de fresa
El martes de la quinta semana, Alejandro Montero tenía una reunión en las oficinas de un cliente en Polanco.
Normalmente iba solo. Don Felipe lo llevaba, esperaba en el auto, lo traía de vuelta. Un sistema perfecto que no requería conversación, compañía ni el riesgo de compartir un espacio cerrado con otra persona durante cuarenta minutos de tráfico capitalino.
Pero la reunión de hoy requería documentos que solo su asistente ejecutiva podía explicar —las proyecciones financieras del segundo semestre, organizadas en un sistema de carpetas que Alegra había inventado y que solo ella entendía— y por lo tanto, su asistente ejecutiva tendría que ir con él.
En el auto.
A cuarenta centímetros de distancia.
Durante cuarenta minutos. Mínimo.
Alejandro le comunicó esto a las ocho y media de la mañana, con la economía verbal de siempre:
—Vega. Reunión a las diez en Polanco. Vienes conmigo. Trae las proyecciones del segundo semestre.
—Sí, señor Montero.
A las nueve y cuarenta y cinco, Alegra bajó al estacionamiento con las carpetas bajo el brazo, el blazer puesto y el pelo recogido en un chongo que, milagrosamente, parecía dispuesto a cooperar esa mañana.
Don Felipe la esperaba junto al auto con la puerta trasera abierta. Era un hombre de sesenta años, callado, con cara de abuelo bonachón y la discreción de un agente del servicio secreto.
—Buenos días, señorita Vega. Pase, por favor.
—Buenos días, Don Felipe.
Alegra subió al auto. Asiento trasero, lado izquierdo. El interior olía a piel nueva y a ese ambientador que los autos de lujo traen de fábrica, como si la elegancia tuviera un aroma propio.
La puerta del otro lado se abrió. Alejandro subió. Se sentó a su derecha. Cerró la puerta.
El auto se puso en marcha.
Alegra descubrió dos cosas en los primeros cinco minutos.
La primera: un auto de lujo, por amplio que sea, se convierte en un espacio absurdamente pequeño cuando compartes el asiento trasero con Alejandro Montero. No había cristal entre ellos. No había escritorio. No había cuatro metros de aire corporativo. Había cuarenta centímetros y el reposabrazos central, que ninguno de los dos tocó, como si fuera una frontera internacional.
La segunda: en espacios cerrados, los olores se amplifican.
Ella lo olió a él primero. Sándalo. Madera. Algo limpio y seco que le recordaba a las tiendas de ropa cara en las que nunca entraba pero cuyo aroma reconocía al pasar. Y debajo, apenas perceptible, un rastro de algo que ya conocía: pintura. Siempre pintura. Como si fuera parte de su piel.
Lo que Alegra no sabía era que él también la estaba oliendo a ella.
Y que lo que olía lo estaba destruyendo.
Fresa.
Champú de fresa.
No el champú caro, importado, de esos que vienen en frascos con nombres franceses. El champú de farmacia. El de la botella rosa que cuesta cuarenta pesos y que huele exactamente a lo que promete: fresas. Fresas dulces, maduras, con un punto de artificial que no importaba porque el resultado era un aroma tan ingenuo, tan limpio, tan absolutamente ella, que Alejandro sintió que el aire del auto se le espesaba en los pulmones.
Aquello no tenía nada de perfume ni de estrategia: era champú de farmacia. De cuarenta pesos.
Y le estaba quitando la capacidad de pensar.
Miró al frente. Don Felipe conducía con la serenidad de quien ha sobrevivido al tráfico de la Ciudad de México durante cuarenta años. El Periférico estaba saturado —cuando no lo estaba— y el auto avanzaba con la lentitud de una procesión fúnebre.
Cuarenta minutos. Mínimo.
Alejandro bajó la ventanilla.
El ruido de la ciudad entró como una avalancha: claxons, motores, un vendedor gritando "¡Lleve sus cacahuates japoneses!", el escape de un camión que pasó demasiado cerca. El aire caliente de julio golpeó el interior del auto como un puñetazo.
Alegra se encogió. El viento le voló un mechón de pelo sobre la cara. Las carpetas se le movieron en el regazo.
¿Por qué abrió la ventana? Hace un calor espantoso. El auto tiene aire acondicionado. ¿Le molesta algo? ¿Le molesta...?
Se congeló.
Le molesta cómo huelo.
El pensamiento la golpeó con la fuerza de un camión de carga en Circuito Interior. Por supuesto. Él, que olía a sándalo y madera importada, estaba atrapado en un espacio cerrado con una mujer que olía a champú de cuarenta pesos. A fresa artificial. A farmacia de barrio.
Dios mío. Debí haberme puesto perfume. ¿Pero cuál perfume? No tengo perfume. Tengo una botella de colonia que me regaló Tía Carmen en Navidad y que huele a violetas y abuelita. Eso habría sido peor.
Se pegó contra la puerta de su lado, intentando maximizar la distancia entre ellos. Cruzó las piernas. Inclinó la cabeza hacia la ventanilla abierta, como si quisiera que el viento se llevara su olor lejos de él.
Mañana compro un perfume. Uno de verdad. Aunque me cueste tres días de salario. No puedo andar oliendo a farmacia al lado de un hombre que huele como la sección de perfumería de El Palacio de Hierro.
Alejandro notó el movimiento. Notó cómo ella se pegó a la puerta. Cómo cruzó las piernas. Cómo inclinó la cabeza como si quisiera desaparecer.
Se dio cuenta de lo que ella estaba pensando.
Cree que abrí la ventana porque me molesta su olor.
Subió la ventanilla.
El silencio volvió al auto con el peso de algo que ninguno de los dos sabía cómo manejar.
Alegra no se movió de su rincón.
Alejandro miró al frente. El tráfico avanzaba metro a metro. El aroma a fresa volvió a llenar el espacio cerrado, más intenso que antes, como si el breve contacto con el aire exterior lo hubiera avivado en lugar de disiparlo.
Se agarró la rodilla con la mano izquierda. Los nudillos se le pusieron blancos.
No abras la ventanilla. No respires profundo. No la mires. No pienses en que huele a fresas. No pienses en que está a cuarenta centímetros. No pienses.
—Las proyecciones —dijo, con la voz perfectamente nivelada—. ¿Traes la versión actualizada con los números de junio?
Alegra se sobresaltó. —Sí, señor. Aquí las tengo.
—Muéstrame el resumen ejecutivo.
Alegra abrió la carpeta sobre el asiento entre ellos. Se inclinó para señalar un gráfico. Al hacerlo, su pelo suelto —el chongo se había rendido en algún punto del Periférico, como siempre— le cayó sobre el hombro y rozó el antebrazo de él.
Un mechón de pelo negro sobre una manga de camisa blanca. Un segundo de contacto que no fue contacto. Seda contra algodón.
Y el olor. Fresa. Directo. A quemarropa.
Alejandro dejó de mirar el gráfico. Miró el mechón de pelo. Luego la página. Luego el mechón.
—El margen bruto aumentó cuatro puntos —dijo Alegra, ajena a todo, señalando la gráfica con el índice—. Principalmente por la reducción de costos de transporte que...
—Sí. Bien. —Le quitó la carpeta con un movimiento que fue un milímetro más brusco de lo necesario—. La reviso yo.
Alegra se retiró a su rincón. Juntó las rodillas. Cruzó las manos sobre el regazo.
Está enojado. Algo hice mal. ¿Los números están mal? No, los revisé tres veces. ¿La carpeta está desordenada? No, está perfecta. ¿Entonces qué...?
Es el olor. Seguro es el olor. Le molesta mi champú de farmacia. Mañana me lavo el pelo con jabón neutro. Sin olor. Inodora e incolora como el agua. Problema resuelto.
Llegaron a Polanco en treinta y ocho minutos. Don Felipe estacionó frente a un edificio de cristal y acero que parecía diseñado para intimidar a cualquiera que ganara menos de seis cifras al mes.
Alejandro bajó primero. Rodeó el auto. Le abrió la puerta a ella.
Alegra se quedó un segundo sin moverse, porque Alejandro Montero, director general de Montero Capital, le estaba abriendo la puerta del auto como si ella fuera alguien a quien se le abren puertas.
—¿Vienes? —dijo él.
—Sí. Sí, perdón.
Bajó. Sus zapatos tocaron la banqueta. Él estaba de pie frente a ella, más alto de lo que parecía sentado, con esos ojos claros que la luz de la mañana convertía en algo entre el gris y el verde.
El viento de la calle les pasó entre los dos. Alejandro lo sintió llevar el aroma de ella hacia otro lado, lejos, donde ya no podía alcanzarlo.
Debería haber sentido alivio.
—Vamos —dijo, y caminó hacia la entrada sin esperarla.
Alegra lo siguió tres pasos atrás, con las carpetas apretadas contra el pecho y la certeza absoluta de que mañana necesitaba un champú que no oliera a nada.
La reunión duró una hora y veinte minutos. Alegra tomó notas, entregó documentos, respondió dos preguntas técnicas sobre las proyecciones con una precisión que hizo que el director financiero del cliente la mirara con algo parecido al respeto.
Alejandro no la miró durante toda la reunión. Ni una vez.
Eso la preocupó más que si la hubiera mirado.
En el camino de vuelta, el tráfico era peor. Una hora mínimo, calculó Don Felipe con la resignación de quien conoce cada arteria congestionada de la ciudad como un cardiólogo conoce las del corazón.
Alegra se sentó lo más lejos posible de Alejandro. Casi pegada a la puerta. Con el pelo recogido de nuevo en un chongo apretado, esta vez asegurado con dos ligas y un clip que le clavaba en el cuero cabelludo pero que al menos contenía el aroma.
Si me quedo quieta y no me muevo, tal vez no me huela.
El auto avanzó. El silencio se instaló como un tercer pasajero que ocupaba más espacio que ambos juntos.
Alejandro revisaba algo en su teléfono. O fingía revisarlo. La pantalla no cambiaba.
—La reunión salió bien —dijo, sin levantar la vista.
Alegra se sobresaltó por segunda vez en el día. —Gracias, señor.
—Tus números estaban bien preparados.
—Gracias, señor.
La pausa se alargó aún más.
—No tienes que quedarte en ese rincón.
Alegra lo miró. Él seguía mirando el teléfono, aunque la comisura izquierda se le había movido un milímetro: apenas la sombra de una sonrisa.
—Estoy bien aquí —dijo ella.
—No pareces bien. Pareces incómoda.
—No, es que... no quiero... molestar.
Él levantó la vista del teléfono. La miró. Directamente. Sin cristal entre ellos por primera vez en días. Sus ojos claros a cuarenta centímetros de los de ella, oscuros, grandes, con esas pestañas que ella no iba a admitir que había contado a través del cristal.
—No molestas —dijo.
Dos palabras. Dichas con el mismo tono que usaba para todo: bajo, controlado, definitivo. Pero algo en la forma en que las dijo —más despacio que de costumbre, como si hubiera tenido que pensar antes de dejarlas salir— hizo que Alegra sintiera que el auto se encogía y expandía al mismo tiempo.
—De acuerdo —murmuró.
No se movió de su rincón. Pero dejó de contener la respiración.
Don Felipe los dejó en el estacionamiento de la torre a las 12:47. Alejandro bajó primero, como siempre. Alegra bajó después, con las carpetas y el chongo intacto y el corazón haciendo cosas que no debería.
Caminaron hacia el elevador en silencio. Subieron dieciocho pisos en silencio. Las puertas se abrieron. Él salió primero. Ella lo siguió.
En la antesala, cada uno se fue a su lugar: él detrás del cristal, ella frente a su pantalla. La distancia de cuatro metros se restableció como un tratado de paz después de una guerra que nadie había declarado.
Alegra encendió su monitor. Abrió la bandeja de correo. Trece mensajes nuevos.
Diez minutos después, un mensaje del sistema interno apareció en su pantalla.
Remitente: A. Montero.
Una línea:
"No cambies de champú."
Alegra leyó el mensaje. Lo releyó. Lo leyó una tercera vez.
"No cambies de champú."
¿Cómo sabe que iba a cambiar de champú? ¿Me leyó la mente? ¿Se le ve en la cara a la gente cuando piensa en cambiar de champú? Y si no le molesta el olor... ¿por qué abrió la ventana?
A menos que...
No. No pienses eso. No te atrevas a pensar eso, Alegra Vega.
Miró hacia la oficina. Alejandro estaba sentado en su escritorio, leyendo un contrato, con la postura de siempre, la expresión de siempre, la corbata perfecta de siempre.
No la miraba.
Pero el bolígrafo giraba entre sus dedos. Rápido. Más rápido de lo normal.
El bolígrafo gira cuando algo lo altera. ¿Qué lo está alterando? ¿Los contratos? ¿Monterrey?
¿O acaba de mandar un mensaje que no debería haber mandado?
Alegra bajó la vista a su pantalla. Abrió un correo de logística. Lo leyó sin entender una sola palabra.
Luego, despacio, se soltó el chongo. El pelo le cayó sobre los hombros, suelto, libre, oliendo a lo que siempre había olido: champú de fresa de cuarenta pesos.
Al otro lado del cristal, el bolígrafo dejó de girar.