En un mundo donde los recuerdos pueden venderse, Kael Arden trabaja comprando aquellos que otros están dispuestos a olvidar para siempre. Pero cada vez que revive un recuerdo, también siente el amor, la alegría, el miedo o el dolor de quien lo vivió.
Todo cambia cuando adquiere un recuerdo imposible: el asesinato de un hombre... diez días antes de que ocurra.
Mientras intenta impedir ese futuro, Kael conocerá a Lyra, una joven incapaz de olvidar un solo instante de su vida. Juntos descubrirán que algunos recuerdos no pertenecen al pasado, sino al futuro, y que hay quienes están dispuestos a cambiar el destino a cualquier precio.
Porque hay recuerdos que pueden salvar una vida... y otros que pueden condenar al mundo.
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Capítulo 9: La mujer que nunca dejó de buscar
«A veces creemos que echamos de menos a una persona. En realidad, echamos de menos la versión de nosotros mismos que existía cuando estaba a nuestro lado.»
— Fragmento del Libro de los Mercaderes, Volumen XIV»
Kael no podía apartar la vista de la última página.
Objetivo localizado. Sigue viva.
Leyó aquellas cuatro palabras una y otra vez, como si al hacerlo fueran a perder su significado.
Su madre.
Viva.
Veintidós años creyendo que estaba muerta.
Veintidós años sin una tumba que visitar, sin una despedida, sin una explicación.
Y ahora alguien afirmaba que seguía respirando en algún lugar.
—¿Quién escribió esto? —preguntó con la voz ronca.
Elias tomó la carpeta y examinó la firma.
Solo había una letra.
E.
Frunció el ceño.
—No reconozco la caligrafía.
Lyra se inclinó sobre la mesa.
—Sí la has visto antes.
Elias levantó la mirada.
—¿Qué?
—No recuerdas dónde.
Pero la has visto.
Kael observó a ambos.
Era curioso cómo funcionaban sus dones.
Él percibía las emociones que escondían los recuerdos.
Lyra detectaba patrones invisibles para los demás.
Parecían piezas de un mismo rompecabezas.
Entonces ella pasó lentamente el dedo por el borde de la hoja.
—Esta tinta no tiene veintidós años.
Como mucho...
dos semanas.
Marcus soltó un silbido.
—Entonces alguien entró aquí recientemente.
—No.
Respondió Lyra.
—Alguien que conocía esta sala.
La diferencia era enorme.
No se trataba de un ladrón.
Era alguien que sabía exactamente dónde buscar.
---
Elias cerró la carpeta.
—Desde este momento nadie hablará de esto fuera de esta habitación.
Marcus asintió.
Lyra también.
Kael tardó unos segundos en hacerlo.
Tenía demasiadas preguntas.
Pero comprendía el peligro.
Si la Orden seguía existiendo...
Si realmente buscaban a su madre...
Cualquier error podía costarle la vida.
El anciano miró el viejo reloj de pared.
Marcaba casi las diez de la noche.
—Es suficiente por hoy.
Todos necesitáis descansar.
Kael estuvo a punto de protestar.
¿Dormir?
¿Cómo iba a dormir después de descubrir que toda su infancia era una mentira?
Pero Elias tenía razón.
Su mente ya no era capaz de procesar más información.
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La lluvia había vuelto.
Kael caminó lentamente hasta su apartamento.
Era pequeño.
Dos habitaciones.
Una cocina estrecha.
Una biblioteca llena de novelas antiguas.
Siempre le había parecido suficiente.
Aquella noche le resultó extrañamente vacío.
Dejó el abrigo sobre una silla.
La llave de plata sobre la mesa.
Y la fotografía de su madre junto al cerezo delante de él.
Se sentó.
Durante varios minutos no hizo absolutamente nada.
Solo observó aquella sonrisa.
Intentó recordar su voz.
No pudo.
Intentó recordar cómo era un abrazo suyo.
Tampoco.
Sintió una punzada de frustración.
Había encontrado el rostro de su madre.
Pero seguía siendo una desconocida.
Entonces alguien llamó suavemente a la puerta.
Tres golpes.
Kael abrió.
Era Lyra.
Llevaba una pequeña bolsa de papel entre las manos.
—Pensé...
Dudó unos segundos.
—...que no tendrías ganas de cocinar.
Kael miró el contenido.
Dos vasos de sopa caliente.
Pan recién hecho.
Y una pequeña tarta de manzana.
No pudo evitar sonreír.
—¿Siempre sabes lo que necesita la gente?
Ella negó.
—No.
Pero recuerdo que cuando estoy triste...
eso es lo que me hace sentir un poco mejor.
Entraron en el apartamento.
El silencio no resultaba incómodo.
Mientras cenaban, Lyra recorría con curiosidad los estantes repletos de libros.
—Has leído todos estos.
No era una pregunta.
Kael asintió.
—Cuando era pequeño no tenía muchos amigos.
Los libros eran buena compañía.
Ella sonrió.
—Yo tampoco.
Había algo profundamente sincero en aquella confesión.
Kael comprendió que, detrás de su memoria extraordinaria, había una joven que llevaba años sintiéndose distinta a los demás.
—¿Sabes qué es lo peor de recordarlo todo? —preguntó de repente.
Él negó con la cabeza.
Lyra sostuvo la taza entre ambas manos.
—No puedo olvidar ninguna despedida.
Ninguna discusión.
Ninguna persona que he perdido.
Mientras los demás consiguen que el dolor se vuelva borroso con el tiempo...
El mío sigue igual que el primer día.
Kael no supo qué responder.
Simplemente la escuchó.
—Recuerdo la voz de mi padre exactamente igual que hace quince años.
Recuerdo el último abrazo de mi abuela.
Recuerdo cada lágrima.
Cada palabra.
A veces pienso que mi memoria es una cárcel.
Él la observó durante unos segundos.
Después se levantó.
Buscó algo en una estantería.
Era un viejo libro de poemas.
Lo abrió por una página marcada.
—Mi autor favorito escribió esto.
Le tendió el libro.
Lyra leyó en voz baja.
«"No olvides para sufrir menos.
Recuerda para amar mejor."»
Cerró lentamente el libro.
Sus ojos brillaban.
—Es bonito.
—Creo que habla de ti.
Ella sonrió.
Era una sonrisa pequeña.
Pero auténtica.
La primera completamente sincera desde que se conocían.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Simplemente se miraron.
Kael sintió una calma que no había experimentado en mucho tiempo.
Y, sin pensar demasiado, alargó la mano.
Esta vez Lyra no dudó.
Entrelazó suavemente sus dedos con los de él.
Ninguno apartó la mirada.
El silencio hablaba por ambos.
Hasta que un fuerte golpe resonó en la ventana.
Los dos se sobresaltaron.
Kael se levantó inmediatamente.
Abrió la cortina.
No había nadie.
Solo un pequeño sobre sujeto entre los barrotes del balcón por un cuchillo de lanzamiento.
Lo tomó con cuidado.
En el exterior solo aparecía una palabra.
Kael.
Lo abrió.
Dentro encontró una hoja doblada y una flor de cerezo completamente seca.
El corazón comenzó a latirle con fuerza.
Reconocía aquella flor.
Era idéntica a las que crecían en el jardín de Aurora.
Desplegó la carta.
La letra era elegante.
Firme.
Y sorprendentemente familiar.
Solo decía:
"Si quieres volver a verme, ven mañana al amanecer al Puente Blanco."
"Ve solo."
Al final del mensaje no había firma.
Solo un pequeño dibujo.
Una golondrina.
El mismo broche que llevaba la mujer de la fotografía.
El mismo que su madre llevaba prendido en el pecho.