El jefe mafioso más temido de España, Damon Burgos, conocido como el Padrino, gobierna con puño de hierro y sin piedad. Christine, una brillante cirujana, carga con un odio profundo hacia él: fueron los hombres de su banda quienes acorralaron a su madre hasta llevarla al suicidio. Damon la ha observado durante meses, deseándola con una intensidad que lo consume, y exige que ella le dé el heredero que su imperio necesita. Christine se niega, y para escapar de su destino, acepta casarse con un hombre que cree que la protegerá. Pero Damon no permite que nadie le quite lo que es suyo. Irrumpe en la boda, la lleva a su fortaleza y la encierra. Cuando un enemigo de Damon la droga para atacarlo a través de ella, él pierde el control y hará cualquier cosa, destruir ciudades, matar ejércitos, con tal de salvarla. Y entre el odio y el peligro, arde un deseo que ninguno de los dos puede apagar.
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6 El Pasado que Nos Une
El sol de la tarde bañaba el invernadero con una luz dorada y cálida, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para dejarlos en ese instante, suspendido entre el odio y el deseo, entre el pasado y lo que empezaba a crecer entre ellos. Christine seguía de pie frente a Damon, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba su cuerpo, tan cerca que cada respiración suya se mezclaba con la de él. No se tocaban aún, pero la distancia entre ellos era tan pequeña que parecía no existir, borrada por la intensidad de una mirada que lo decía todo sin necesidad de palabras.
—¿Sabía tu madre quién era yo? —preguntó él de pronto, rompiendo el silencio suave, con una voz más baja, cargada de algo que parecía nostalgia y dolor a la vez.
Christine parpadeó, saliendo del trance en el que lo había olvidado todo menos él. Asintió lentamente, sintiendo cómo el nombre de su madre traía de vuelta recuerdos que ya no dolían con la misma fuerza, aunque seguían siendo parte de ella.
—Lo sabía. Ella me contó quién eras. Me dijo que tenías poder, que tenías miedo, que la gente te temía pero nadie te conocía de verdad. —Hizo una pausa, mordiéndose el labio antes de continuar—. Me dijo que no te juzgara solo por lo que decían los demás. Que detrás de todo ese miedo que infundías, había algo más. Algo roto.
Damon desvió la mirada por un instante, hacia las plantas exóticas que crecían a su alrededor, y por primera vez Christine vio en él algo más que fuerza y autoridad. Vio vulnerabilidad. Una herida antigua que nunca había sanado, que llevaba consigo desde mucho antes de que ella existiera.
—Tu madre era una mujer extraordinaria —dijo él, con voz suave, casi un susurro—. La conocí hace años, mucho antes de que tú nacieras. Ella era enfermera en el hospital público del barrio donde crecí, el único lugar donde nadie me miraba con miedo ni con lástima. Solo me veía como un chico, no como el hijo de nadie, no como el futuro jefe. Me curó una vez, cuando llegué herido, sin preguntarme quién era ni de dónde venía. Solo me dijo que el dolor no tenía por qué convertirme en alguien que lo causara.
Christine lo escuchaba sin interrumpirlo, sintiendo cómo el mundo se reordenaba bajo sus pies, cómo las piezas de un rompecabezas que creía conocer empezaban a encajar de una forma que nunca hubiera imaginado.
—¿La conociste? —murmuró, con el corazón latiéndole con fuerza, no de miedo, sino de asombro—. Nunca me lo dijo.
—Ella no quería que supieras. Mi mundo era demasiado peligroso para ti. Quería protegerte de él, de mí. —Damon volvió a mirarla, y en sus ojos oscuros brillaba una tristeza profunda y sincera—. Cuando murió… perdí a la única persona que me veía de verdad. Y entonces supe que tenía que cuidar de lo que ella dejó. De ti. No fue casualidad que te buscara, Christine. Fue una promesa que nunca le hice en voz alta, pero que me hice a mí mismo: proteger a la hija de la única persona que me dio algo bueno.
Las palabras cayeron entre ellos como lluvia suave, limpiando años de rencor acumulado. Christine sintió que las lágrimas le subían a los ojos, pero no eran de dolor, sino de comprensión. Todo lo que creía saber se desmoronaba: él no era el monstruo que destruyó a su madre. Era el hombre que la admiraba, que la respetaba, que había perdido tanto como ella.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó ella, con voz temblorosa, dando un paso hacia él, acortando la distancia que aún quedaba.
—Porque tenías que verlo tú misma —respondió él, su mirada fija en la suya, sincera y desnuda—. Porque si te lo decía yo, lo habrías tomado como una mentira, como una excusa para justificar todo lo que hice. Quería que me conocieras sin el pasado de por medio. Quería que me vieras a mí, no al hombre que tu madre conoció, no al Padrino que todos temen. Quería que me vieras como yo te veo a ti.
—¿Y cómo me ves? —susurró ella, ahora tan cerca que sus cuerpos casi se rozaban, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Como mi futuro —respondió él sin dudarlo—. Como la única cosa buena que me ha pasado en toda mi vida. Tu madre me enseñó que no todo es oscuridad. Tú me estás enseñando que merezco tener algo bueno, que merezco ser feliz. Y no voy a dejar que nada ni nadie te quite de mi lado. No de nuevo.
Christine levantó la mano lentamente, dándole tiempo de apartarse, dándole a él la oportunidad de negarse. Pero él no se movió. Cuando sus dedos rozaron su mejilla, la piel de él estaba caliente, tensa, y cerró los ojos al contacto, como si ese simple roce fuera el mayor regalo que hubiera recibido nunca.
—Yo también la extraño —murmuró ella, con la mano aún en su rostro—. Y si ella creía que había algo bueno en ti… tal vez tenga razón. Tal vez yo también pueda verlo.
Damon abrió los ojos entonces, y en ellos no había posesión ni exigencia, solo gratitud y un amor tan inmenso que le cortó la respiración. Le tomó la mano que descansaba en su mejilla y la besó con suavidad, en la muñeca, justo donde latía el pulso, como si estuviera prometiendo cuidar de cada latido.
—Te demostraré que no se equivocó —dijo contra su piel—. Te lo demostraré cada día, cada hora, el resto de mi vida.
En ese instante, el pasado dejó de ser un muro entre ellos y se convirtió en un puente. Lo que antes los separaba ahora los unía: el amor por la misma mujer, el recuerdo de quien fue, la promesa de que algo mejor era posible. Ya no eran el enemigo y la prisionera. Eran dos personas que habían perdido mucho y que, sin buscarlo, encontraron en el otro el refugio que necesitaban. El odio no desapareció del todo, pero ya no era lo único que había entre ellos. Ahora había recuerdo, había comprensión, había algo que empezaba a crecer, suave y fuerte, como las rosas que ella cuidaba en el invernadero.
...Lo que creía que los separaría para siempre… fue lo que los unió al fin....
...CONTINUARÁ ...
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