El día de su vigésimo aniversario de bodas, Beatriz Nava descubre a su marido con una mujer mucho más joven.
“¿A tu edad, quién te va a querer?”, le dice él antes de echarla de la casa a la que entregó veinte años de su vida.
Herida, furiosa y decidida a demostrar que todavía está viva, Beatriz termina en los brazos de un joven mecánico de veintidós años. Solo pretende olvidarlo todo durante una noche. Pero a la mañana siguiente descubre que Dante Villarreal no es un desconocido: es compañero de universidad de su hijo y heredero de una de las familias más poderosas de México.
Dante no quiere ser un secreto ni una aventura pasajera. La desea en su cama, pero también a su lado, frente a su familia y ante el mundo entero.
Mientras su exmarido intenta recuperar el control, la sociedad la juzga y la familia Villarreal trata de separarlos, Beatriz tendrá que decidir si se atreve a empezar de nuevo con un hombre dieciocho años menor que ella.
Porque a los cuarenta una mujer no deja de desear. Y cuando por fin aprende a elegir su propio placer, nadie vuelve a decidir por ella.
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Capítulo 7
No me había repuesto del susto de encontrarlo enfrente de mi puerta cuando él ya se había movido.
En dos pasos me tenía contra la madera, una mano a cada lado de mi cabeza, la barbilla atrapada entre sus dedos con una suavidad que no pedía permiso pero tampoco lo exigía. Olía a jabón y a algo tibio, a hombre recién despierto.
—Pero te extrañé, ¿sabes? —murmuró.
Tenía veintidós años. Yo, cuarenta. Y sin embargo, por un segundo, fui yo la que no supo dónde poner los ojos.
"A tu edad, ¿quién te va a querer?"
La voz me llegó de dentro, de ese pozo que Rodrigo había cavado en mí a lo largo de veinte años. La voz que me decía que una mujer de cuarenta, divorciada, con un hijo adolescente, no tenía derecho a que un muchacho la mirara así.
—Solo pasó una noche, muchacho —dije, y me escuché a mí misma con menos convicción de la que quería—. Fue un juego. Ya.
—Ajá. —Sonrió como quien no cree ni una palabra—. Y por eso te pusiste roja.
Me solté, o más bien él me dejó soltarme, que no es lo mismo. Todavía traía la maleta a medio deshacer, la vida a medio armar en aquel departamento nuevo de la Narvarte, y lo último que necesitaba era a mi vecino de enfrente decidiendo que teníamos algo pendiente.
—Tengo clase a las dos —le informé, buscando las llaves en la bolsa.
—Yo te llevo.
—No hace falta.
—Ya lo sé. —Ya iba adelante, escaleras abajo, como si la conversación estuviera decidida.
Lo seguí, molesta conmigo misma por seguirlo.
En el estacionamiento descubierto del edificio, entre las carcachas de los vecinos y un par de sedanes de agencia, había un coche negro que no pertenecía a ese mundo. Largo, lustroso, con los vidrios oscuros como una promesa de algo. Un Maybach. Reconocí el logo porque una vez lo vi en una revista, en la sala de espera del dentista, en un reportaje sobre los hombres más ricos del país.
Me quedé plantada.
—¿Y este coche? —pregunté, y no pude evitar que la voz me saliera con filo.
Dante le quitó el seguro con un movimiento del pulgar sobre el llavero.
—Me lo compró mi papá —dijo, encogiéndose de hombros—. La marca ni es tan cara.
"La marca ni es tan cara."
Un mecánico. Un muchacho que jugaba con el celular en la puerta de un taller la noche en que yo me colgué de él como una loca. Un mecánico que manejaba un coche que costaba lo que yo no juntaría dando clases hasta los ochenta.
Algo no cuadraba. Lo pensé así, tal cual, con esas palabras. Pero tenía frío, tenía clase, tenía la cabeza hecha un nudo con el divorcio y con mi hijo y con mi propia dignidad, y decidí que ya bastante tenía yo con mi vida para andar auditando la de él.
Además, ¿qué me importaba a mí de dónde salía su coche? En una semana, dos a lo mucho, aquel muchacho se iba a aburrir de la señora de enfrente y se buscaría a una de su edad. Eso pasaba siempre. Eso era lo natural.
"Lo natural es que un hombre así te use un rato y te deje."
Me subí. Los asientos eran de una piel que se hundía sin ruido. Adentro olía a coche nuevo y a nada más.
Íbamos a la mitad de la avenida cuando le sonó el teléfono.
Miró la pantalla y algo le cruzó la cara, rápido, un relámpago. Se orilló, puso las intermitentes.
—Permíteme —dijo, y se bajó a contestar afuera, del lado del volante, con la puerta apenas entornada.
No quise oír. De verdad que no. Pero el vidrio estaba bajo un dedo y el viento traía retazos.
—…sí, señor. —La voz de Dante había cambiado. Se había puesto derecha, formal, como cuando uno le habla a alguien a quien no le puede decir que no—. Ya lo sé… No, todavía no… Deme un poco más de tiempo.
"…señor."
¿Desde cuándo un muchacho de veintidós años le hablaba de "señor" a su papá con esa voz de subordinado? ¿Y de qué tiempo pedía?
Captó fragmentos, nada más. "La empresa." "No es un juego." Algo de sentar cabeza. Y luego, más bajo, casi tragándose las palabras, con una sonrisa que le adiviné en la nuca:
—…es que ando tras una muchacha.
Regresó. Se acomodó al volante como si nada. Pero yo lo miré de reojo y por primera vez pensé que aquel muchacho tenía capas que yo no alcanzaba a ver.
—¿Tu papá? —pregunté, como quien no quiere la cosa.
—Cosas del trabajo —dijo, arrancando—. Nada importante.
Nada importante. Ya.
Guardé la sospecha en el mismo cajón donde guardaba todo lo que no tenía tiempo de resolver, y miré por la ventana.
—Oye —dijo él a la siguiente cuadra—. Ya no me digas "guapito".
—¿Cómo quieres que te diga?
—Dante. —Lo dijo despacio, saboreándolo—. Y yo dejo de decirte "vieja". Te voy a decir profesora Nava.
Solté una risa a mi pesar.
—Profesora Nava. Qué formal.
—Es que le tengo respeto a las profesoras —contestó, y me miró de una forma que no tenía nada de respetuosa.
Me llevó a la Universidad Central. Di mis clases. Y a media tarde, una alumna de primer año se acercó con una maceta entre las manos, un potos de hojas nuevas, brillantes.
—Profesora, es para usted —dijo, tímida—. Sus clases son las únicas a las que vengo con ganas.
Se me hizo un nudo tonto en la garganta. Veinte años de matrimonio para que nadie me regalara ni una flor, y una escuincla de diecinueve años me daba una planta porque le gustaba cómo hablaba yo de Sor Juana.
Puse la maceta en la ventana de mi oficina, donde le pegara el sol, y me quedé mirándola un rato largo. Qué cosa más rara, sentirse vista. A los cuarenta años, después de tanto, descubrir que una todavía existía para alguien.
En el pasillo, dos colegas cuchicheaban junto al garrafón de agua. No bajaron la voz lo suficiente.
"Dicen que la profesora Nava se está divorciando."
"¿A esta edad? Pobre. Con lo difícil que está eso ya de grande."
Fingí no oír. Ya me había acostumbrado a que hablaran. En la universidad, en el edificio, en todas partes, una mujer que se atreve a soltar lo que tiene se vuelve tema de conversación. Que hablaran. Yo tenía cosas más importantes en qué pensar.
Al caer la tarde me escribió por WhatsApp. "Solo quiero ser un buen hombre", ese seguía siendo su nombre de usuario, con la foto de un héroe de película. Que si ya había cenado. Que pasaba por mí.
Salí a la puerta de la universidad envuelta en mi abrigo delgado, el de siempre, el que ya no calentaba. El invierno de la ciudad se me metía por las costuras. Me estaba tallando los brazos cuando lo vi bajarse del Maybach.
Se acercó, me miró temblar, y sin decir agua va se quitó su propia bufanda —una de lana gruesa, oscura— y me la enrolló al cuello con las dos manos, acomodándomela hasta la barbilla.
Todavía tenía su calor. Y su olor. Ese jabón, esa tibieza.
El corazón me dio un vuelco que no le pedí permiso para dar.
—No tienes que… —empecé.
—Ya está —dijo, y me abrió la puerta del coche.
Y él se quedó sin bufanda, con el cuello desnudo al viento de diciembre, tan campante, como si darme su abrigo fuera lo más lógico del mundo. Yo, que en veinte años había sido siempre la que abrigaba a los demás —a Rodrigo, a Sebastián, a la suegra—, no supe qué hacer con eso. Con que alguien me abrigara a mí.
"No te confíes. Los hombres son detallistas al principio. Luego se les pasa."
Puede ser, pensé. Pero por hoy tenía el cuello caliente y las manos de un muchacho acomodándome la lana hasta la barbilla, y decidí que por hoy me lo iba a permitir.
Me llevó a un restaurante de mariscos, de esos con acuario en la entrada y manteles de papel. Nos sentamos y llegó el mesero con la carta.
—Buenas noches. Les recomiendo el paquete para parejas, viene con dos platos fuertes, postre y les hacemos el veinte por ciento de descuento.
—No somos pareja —dije de inmediato.
—Sí somos —dijo Dante al mismo tiempo, tranquilísimo—. Tráiganos ese, joven. El descuento no se rechaza.
El mesero se fue antes de que yo pudiera aclarar nada. Lo fulminé.
—No somos pareja.
—Es por el descuento. —Se hizo el ofendido—. ¿No que muy ahorradora? Veinte por ciento, profesora. Piénselo.
No pude contra eso. Me quedé callada, medio riéndome, medio queriendo tirarle el salero.
En la mesa de al lado, una pareja de recién casados se hacía ojitos. Y en la de más allá, dos señoras de mi edad me miraron a mí, luego a Dante, luego otra vez a mí, y se dijeron algo al oído.
"Mira a esa. Con ese muchachito. Le lleva como veinte años."
"Ha de ser su sobrino. O lo tiene de mantenido."
Se me subieron los colores. Bajé la cara al plato. Porque eso era lo que iba a ver la gente, siempre, en cualquier restaurante, en cualquier calle: no a dos personas, sino a una señora y un muchacho, a una diferencia de edad, a un escándalo. Y yo ya cargaba con suficientes escándalos para andar buscándome uno más.
Comimos. Él me servía el agua antes de que se me vaciara el vaso, me acercaba la salsa que me gustaba sin preguntar, como si me tuviera estudiada. Y a la mitad de la cena, cuando yo hablaba de cualquier cosa, estiró la mano por encima de la mesa y me acomodó un mechón detrás de la oreja.
Me quedé quieta. Con los dedos todavía rozándome la sien, se acercó y bajó la voz.
—Ahora somos pareja de mentiras —murmuró—. Pero quiero que algún día seamos pareja de verdad.
El corazón se me disparó, tonto, adolescente, imposible.
—¿Qué? —alcancé a decir.
Punto de vista: Dante
La vi ponerse roja hasta las orejas y tuve que apretar el llavero dentro del bolsillo para no sonreír como un idiota.
Ella no tenía idea. Creía que le pagaba la cena un mecánico. Creía que mi coche era un capricho que mi papá me consintió.
Mi papá. Don Augusto Villarreal. Presidente de Grupo Villarreal, una de las fortunas más grandes del país. Y yo, el hijo único, el heredero, el que un día firmará donde él firma. Lo del taller es un juego, una manera de andar por la calle sin que la gente vea el apellido antes que la cara. "Experimentar la vida", le digo a mi papá cuando me pregunta cuándo voy a sentar cabeza y tomar la empresa. Hoy hasta se equivocó y me dijo que ya tengo veinticinco. Tengo veintidós. Ni la edad de su propio hijo se sabe.
Pero da igual. Porque por fin la encontré. Y ella, la profesora Nava, la mujer que me trae de un ala sin saber quién soy, se preocupa por un descuento del veinte por ciento.
Cuando lo sepa, va a pensar que le mentí. Y tendrá razón.
Que sea de verdad, Beatriz. Aunque todavía no sepas contra quién estás peleando.