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AMORES DE LA ÉLITE

AMORES DE LA ÉLITE

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Romance / Amor eterno / Completas
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

El Precio de la Libertad
En las frías y oscuras mazmorras donde los sueños se apagan, una mujer encadenada guarda el secreto de su propia resistencia. Despojada de todo menos de su dignidad, su llanto no es de debilidad, sino el eco silencioso de un alma que se niega a doblegarse.
Amores de la ÉLITE
Entre salones de baile iluminados por imponentes candelabros, copas de cristal y miradas que lo dicen todo, se mueve la alta sociedad. En este exclusivo universo donde el poder y el dinero dictan las reglas del juego, dos almas se cruzan para descubrir que el lujo más codiciado no se lleva en los dedos ni en las joyas, sino en la intensidad de un amor apasionado. Tres élite se unen la familia Monasterio, la familia Valderrama Morales y la familia Pineda Castillo.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL UMBRAL DE LA MUERTE, EL LLANTO DE UNA MADRE

​El rugido de los motores de los vehículos tácticos al regresar a la capital no era más que un eco lejano dentro de la ambulancia escoltada donde la vida de Andrés Pineda Castillo se desvanecía por segundos. Santiago Pineda viajaba a bordo, con las manos manchadas con la sangre de su propio hijo, apretando con desesperación un apósito estéril sobre la herida de bala en el pecho, justo al lado del corazón. El monitor cardíaco emitía un pitido constante, irregular y desesperante que amenazaba con convertirse en una línea plana en cualquier momento.

​—¡Aguanta, Andrés! ¡Mírame, hijo, no te me vayas! ¡Tu mamá te está esperando en casa! —gritaba Santiago con la voz rota, perdiendo la compostura de hombre fuerte que había mantenido durante años frente a las cámaras y los podios presidenciales.

​El paramédico a cargo, sudoroso y pálido, realizaba maniobras de reanimación cardiopulmonar con movimientos mecánicos y precisos.

​—¡Perdemos presión arterial! ¡Tiene un traumatismo craneoencefálico severo y el proyectil rozó una arteria principal cerca del miocardio! ¡Si no entra a quirófano en menos de cinco minutos, no lo vamos a contar! —advirtió el rescatista por la radio interna hacia el hospital de recepción.

​Mientras tanto, en la imponente residencia Pineda-Castillo, la atmósfera se había vuelto irrespirable. Marcela caminaba de un lado a otro del estudio, con las manos temblorosas aferradas a su propio pecho, sintiendo una punzada invisible que le desgarraba las entrañas. A su alrededor, sus hijos —Jimena, Antonella, Bruno y Daniela— intentaban contener el llanto, abrazados unos a otros, mientras Regina Cifuentes y Paulina Betancourt observaban la puerta con el rostro contraído por la angustia. La doctora Diana Monasterio estaba sentada en uno de los sillones con la mano en la cabeza, intentando procesar la tensión del momento, cuando de repente sonó su celular.

​Era Samantha quien llamaba directamente a Diana desde la retaguardia del operativo para informarle la tragedia: iban en camino de emergencia, llevando a Andrés gravemente herido hacia la clínica.

​En ese instante, todos en la sala la quedaron viendo con los ojos abiertos de par en par, conteniendo la respiración a la espera de una respuesta. Diana colgó el teléfono con pulso tembloroso, levantándose de inmediato para mirar a Marcela y a toda la familia reunida.

​—Lo llevan hacia la clínica... Está herido de gravedad —anunció Diana con la voz tensa, conteniendo el nudo en la garganta.

​—¡Vamos, Diana! ¡Vamos rápido, por favor! —exclamó Marcela con desesperación, rompiendo el hielo del miedo.

​De inmediato, todos salieron en desbandada hacia los vehículos para dirigirse a toda velocidad al centro médico.

​Minutos después, los automóviles frenaban chirriando frente a la entrada de urgencias de la clínica. Las puertas traseras de la ambulancia se abrieron de golpe y los paramédicos descendieron con la camilla a toda prisa. Apenas vio a su esposo descender con la ropa completamente manchada de sangre, Marcela sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies. Corrió hacia él, buscando en sus ojos una respuesta que su mente se negaba a procesar.

​—¡Santiago! ¿Dónde está mi hijo? ¡Dime que está bien! —clamó Marcela, aferrándose a sus hombros con una fuerza desesperada.

​Santiago la miró con lágrimas desbordadas, sin poder articular una sola palabra coherente al principio.

​—Lo... lo hirieron, Marcela... Le dispararon en el pecho y tiene un golpe muy fuerte en la cabeza... —balbuceó Santiago con la voz hecha trizas.

​Un grito desgarrador, el sonido más puro del dolor de una madre que ve su mundo derrumbarse, brotó de la garganta de Marcela. Cayó de rodillas sobre el pavimento frío del jardín, con las manos cubriéndose el rostro mientras los sollozos la ahogaban. Sus hijos corrieron de inmediato a rodearla, levantándola y abrazándola entre gritos de desconsuelo, formando un bloque de dolor familiar imposible de consolar. Regina y Paulina, con los ojos anegados en lágrimas, trataban de sostener a Jimena y Daniela, mientras Samantha Blake se mordía los labios con rabia contenida, jurando internamente dar caza a Rubén Martínez hasta el último rincón de la tierra.

​Mientras Andrés era ingresado de emergencia a la zona de descontaminación y preparación quirúrgica, la doctora Diana Monasterio entró rauda al quirófano para evaluar de primera mano la catástrofe médica. Al constatar la gravedad extrema de las lesiones —tanto el daño neurológico en el cráneo como la proximidad de la bala al miocardio—, supo que necesitaría apoyo de otro nivel absoluto.

​Salió unos segundos al pasillo privado de preparación, tomó su teléfono celular con los guantes estériles aún puestos y marcó con urgencia a su gran amiga, la legendaria neurocirujana Elena Morales.

​—Elena... soy Diana. Necesito que vengas a la clínica de inmediato. Tenemos a un paciente crítico, politraumatizado con un proyectil cerca del corazón y edema cerebral masivo... Es Andrés, el hijo de Marcela y Santiago. Sé que eres la única capaz de abrir ese cráneo mientras yo detengo la hemorragia cardíaca. Te necesito aquí ya —le suplicó Diana con el tono firme y quebrado de una profesional al límite pero dispuesta a todo por salvar a los suyos.

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Luisa Franco
la historia promete
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