Lía Castillo solo quería convertirse en una estrella.
Como vocalista de Lumina Hearts, su grupo de idols empieza a conquistar seguidores y cumplir sus primeros sueños. Pero una noche de celebración, unas copas de más y un tropiezo cambian su vida para siempre.
Lía termina frente a un hombre demasiado atractivo para ser real. Sin saber quién es, lo llama guapo, lo besa y pasa la noche con él.
Al despertar, huye convencida de que todo quedó atrás.
Hasta que Dante Varela aparece.
Él es el líder de la familia criminal más poderosa y temida de la región. Y no está dispuesto a olvidar a la mujer que se atrevió a besarlo sin miedo.
Cuando Dante amenaza con destruir la carrera de Lumina Hearts, Lía se ve obligada a elegir entre su sueño y convertirse en la amante del mafioso.
Pero Dante pronto descubrirá que retenerla será mucho más fácil que hacerla enamorarse de él.
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Soy casado, Lía
Desperté despacio, el cuerpo aún recordando cada caricia, cada beso, cada palabra susurrada contra mi piel. La habitación estaba bañada por una luz grisácea, tenue, esa luz suave del amanecer que se filtraba entre las cortinas pesadas. Lo primero que vi fue a él: recostado de medio lado, apoyado en un codo, mirándome fijamente, como si llevara horas haciéndolo. Su cabello negro estaba desordenado, sus rasgos se veían relajados, y su mano derecha descansaba sobre la almohada, a centímetros de mi rostro.
Y entonces lo vi.
En su dedo anular, brillando débilmente con la luz que entraba, había una argolla de oro pesada, sencilla, imponente. Una alianza.
El corazón se me detuvo. Extendí la mano con un temblor involuntario, tomé sus dedos entre los míos y acaricié el metal frío, duro, real. Levanté la vista hasta encontrar sus ojos, y mi voz salió apenas un susurro, rota por la incredulidad:
—Eres casado.
Él no se inmutó. No apartó la mano, no se escondió, no intentó negarlo. Solo sonrió, una sonrisa tranquila, cínica, sin rastro de culpa, y asintió despacio, como si yo acabara de decir lo más obvio del mundo.
—Sí, Lía. Soy casado. —Su voz sonó firme, segura, sin el más mínimo rastro de remordimiento—. Un hombre de mi posición, de mi poder… ¿cómo no podría estarlo? El matrimonio es parte del juego, un acuerdo necesario, algo que se hace antes de saber siquiera qué es el amor. Llevo dos años casado. Y mi esposa… no es tú.
Me quedé helada, la mano aún aferrada a la suya, sintiendo el peso de esa verdad cayendo sobre mí como un muro de piedra. Tragué saliva, con el pecho doliéndome, y pregunté con voz temblorosa:
—¿Entonces… qué soy yo?
Dante soltó una risa baja, suave, que no llegó a sus ojos, y se inclinó un poco más hacia mí, acercando su rostro hasta que su respiración rozó mis labios.
—¿Tú? Eres mi juguete. Mi entretenimiento. Mi amante. —Lo dijo con total naturalidad, como si estuviera diciendo que afuera hacía sol—. ¿No lo sabías? Pensé que lo habías entendido desde el primer momento en que te acercaste a mí. Nadie te prometió nada, Lía. Tú viniste a mí. Y ahora que estás aquí… cumples tu función.
Retiré la mano de golpe, como si me hubiera quemado, y me eché hacia atrás hasta chocar contra la cabecera de la cama, sintiendo cómo las lágrimas empezaban a llenarme los ojos de golpe, calientes y dolorosas.
—¿Y si yo no quiero? —susurré, con la voz quebrada pero con una pequeña chispa de desafío—. ¿Y si no quiero ser eso? Me quiero ir. Déjame ir.
Él soltó una carcajada, fuerte, sincera, como si le hubiera contado el chiste más gracioso que había escuchado en su vida. Se recargó en la cama, con las manos detrás de la cabeza, y me miró con una mezcla de diversión y lástima.
—¿Irte? —repitió, negando con la cabeza—. Ay, mi dulce niña… no tienes opción. Ninguna. Soy un hombre poderoso, Lía. Puedo hacer desaparecer a quien yo desee. Puedo borrar personas, nombres, sueños, grupos de música… todo lo que tú quieras proteger. Créeme, no me quieres como enemigo. Más bien me quieres contento, feliz, satisfecho. Porque cuando estoy satisfecho… soy generoso. Cuando no lo estoy… soy impredecible. Y nadie quiere verme así.
Solo pude tragar saliva. No estaba mintiendo. No me estaba ocultando quién era. Me lo estaba diciendo a la cara, claro y sin rodeos: soy peligroso. Puedo destruirte. Y lo haré si me das motivos.
—Dije que me quiero ir —repetí, aunque mi voz sonó mucho más débil esta vez—. No quiero ser tu amante. No quiero ser nada tuyo. Déjame marchar.
Dante dejó de reírse de golpe. Su expresión cambió en un instante, la diversión desapareció para dejar paso a una frialdad absoluta, cortante, que me heló la sangre. Se incorporó despacio y se inclinó sobre mí, apoyando una mano a cada lado de mi cabeza, atrapándome entre sus brazos sin tocarme.
—Te lo dije. No tienes opción. Eres mi amante hasta que yo me aburra. Y por tu bien, espero que no sea muy pronto. —Su voz era un susurro grave, cargado de advertencia—. No te confundas. No te estoy pidiendo que te quedes. Te estoy diciendo que te quedas. No hay negociación, no hay salida, no hay discusión.
—¿Y tu esposa? —le solté, con rabia acumulada, buscando cualquier argumento, cualquier grieta en su armadura—. ¿Qué pasa cuando se entere? ¿No dirá nada? ¿Lo permitirá?
Él sonrió de nuevo, esa sonrisa arrogante, segura de sí misma, que me hacía hervir la sangre.
—Ella no se meterá. Sabe lo que le conviene. Sabe que su lugar está ahí, al lado de mi apellido, y que el resto… no le incumbe. Es una mujer inteligente. Sabe que un hombre como yo no se encierra en una sola habitación. Y si se metiera… —se encogió de hombros con indiferencia—, ¿cuál es el problema? Tú estarías aquí igual. Ella estaría ahí igual. Nada cambiaría.
—¡Eres un desvergonzado! —exclamé, con lágrimas rodando por mis mejillas, con la rabia y la impotencia mezclándose en mi pecho—. ¡No tienes vergüenza!
—Y tú eres mi bella amante —respondió él con suavidad, acariciando mi mejilla con el dorso de sus dedos, secando mis lágrimas con una ternura que chocaba brutalmente con sus palabras—. El desvergonzado y su amante. Hasta parecemos el título de una novela romántica, ¿no crees? —Su tono se volvió burlón, divertido, mientras me miraba con esos ojos oscuros que lo veían todo—. Lástima que la vida real no tenga finales felices, ¿verdad?
Me quedé sin palabras, sin aire, sin fuerzas para seguir peleando. Él no me había mentido. No me había ocultado nada. Me había dicho la verdad, cruda y cruel, desde el primer momento en que se la pregunté. Soy casado. Eres mi juguete. No tienes opción. Y yo… yo estaba atrapada entre la argolla que llevaba en su dedo y el miedo a que destruyera todo lo que amaba.
Se apartó de mí despacio, como si disfrutara de mi silencio, de mi derrota, y se puso de pie junto a la cama.
—Vístete. Te espero abajo para desayunar. —Se detuvo en la puerta, me miró de arriba abajo y añadió con voz baja y firme—: Y recuerda bien lo que te dije. Eres mi amante. Mi diversión. Y mientras te portes bien… te irá bien. No intentes cambiar las reglas. Porque yo no las voy a cambiar por ti.
Cuando la puerta se cerró, me dejé caer hacia atrás sobre las almohadas, con la mano extendida donde él había estado, mirando mi propio anular, vacío, sin nada… y entendiendo por fin que esa argolla en su dedo no era solo su compromiso con ella. Era mi cadena. Y no tenía llave.