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Mi Nueva Versión

Mi Nueva Versión

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Mundo de fantasía / Brujas
Popularitas:2.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Jaqueline Nicole

Tras ser ignorada y abandonada emocionalmente por Mateo, Lucía queda hecha pedazos. Sin embargo, una noche de desesperación, un encuentro místico con una poderosa bruja cambia el rumbo de su vida. Mediante un poderoso hechizo de amor, Lucía deja atrás a la chica insegura y renace como una mujer magnética, empoderada y peligrosa.

NovelToon tiene autorización de Jaqueline Nicole para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 3

​El celular vibró sobre el escritorio a las nueve en punto de la mañana. Lucía, que llevaba despierta desde el amanecer procesando el silencio de la noche anterior, casi derrama el café al tomarlo.

​Un mensaje de audio de Mateo.

​Le dio reproducir con el corazón latiéndole en la garganta. La voz de él sonó grave, rasposa, con ese tono de recién levantado que a ella le daba un vuelco en el estómago.

​—Hola, Lucía. Perdóname por desaparecer ayer, de verdad. Estaba agotado por el trabajo, me acosté y me dormí profundo. Me quedé con ganas de hablar contigo... Escúchame, no quiero que pase más tiempo sin verte. ¿Tienes planes para este sábado? Quiero que nos encontremos.

​Lucía releyó la pantalla tres veces. La opresión en el pecho se disipó al instante, reemplazada por una calidez expansiva. Toda la ansiedad de la noche anterior parecía ahora una exageración absurda.

​Le respondió tratando de no sonar demasiado ansiosa: «Hola, Mateo. No pasa nada, me imagino que estabas cansado. El sábado no tengo planes :)»

​La respuesta de él fue inmediata.

​«Buenísimo. Paso por ti a las ocho. Pásame tu dirección.»

​El sábado por la tarde, el apartamento de Lucía era un caos suave de ropa desplegada sobre la cama. Eligió un vestido sencillo de tono claro y un abrigo ligero. No quería parecer demasiado arreglada, pero cada detalle —el perfume detrás de las orejas, el tono sutil del labial, la forma en que se peinó— había sido minuciosamente planeado durante horas.

​A las ocho en punto, el timbre del intercomunicador resonó en el pasillo.

​Lucía bajó las escaleras con las manos heladas. Al abrir la puerta pesada del edificio, lo vio. Mateo estaba apoyado contra la pared, vistiendo una chaqueta de cuero desgastada y unos vaqueros oscuros. Tenía las manos en los bolsillos y, al verla, su rostro se iluminó con una sonrisa lenta y franca.

​—Hola —dijo él, dando un paso adelante.

​—Hola —respondió ella, sintiendo una timidez repentina que no había tenido por teléfono.

​Mateo no dudó. Se acercó y la abrazó. Fue un abrazo firme, donde el perfume a madera y tabaco suave de él la envolvió por completo. Al separarse, la miró de arriba abajo sin disimulo.

​—Estás hermosa, Lucía. Más linda que la primera tarde en la tienda.

​Ella sintió que el rubor le subía por el cuello.

​—Gracias. Tú también te ves muy bien.

​Caminaron tres calles hasta un pequeño bar iluminado con luces cálidas y mesas de madera. Se sentaron en un rincón apartado. Al principio, la transición de la voz telefónica a la presencia física generó un aire de prudencia, pero a los diez minutos, la dinámica de semanas anteriores volvió a fluir.

​—Te juro que pensé que no me ibas a dar tu número esa tarde —dijo Mateo, jugando con el posavasos.

​—Casi no te lo doy. No suelo hacer estas cosas.

​—Se notaba —él sonrió, inclinándose hacia adelante sobre la mesa, buscando su mirada—. Estabas muy seria. Pero cuando sonreíste, dije: «Tengo que hablar con ella». Y no me equivoqué.

​—¿Ah, no?

​—No. Estos días hablando contigo se convirtieron en la mejor parte de mi semana, Lucía.

​Esas palabras cayeron directas al centro del pecho de Lucía, sellando cualquier duda que pudiera haber albergado.

​Hablaron durante dos horas. Él la miraba a los ojos de forma sostenida, rozando disimuladamente sus dedos sobre la mesa cada vez que enfatizaba una frase. Lucía se sentía escuchada, admirada, como si en todo el bar abarrotado solo existieran ellos dos.

​Cuando salieron a la calle, la noche estaba fresca. Caminaron despacio hacia el edificio de Lucía. Al llegar a la puerta, el aire entre los dos se volvió denso, cargado de una tensión que ya no podía disimularse.

​—¿Quieres subir a tomar algo? —preguntó ella, sintiendo que la voz le temblaba ligeramente.

​Mateo la miró a los ojos, con una chispa oscura en la mirada.

​—Estaba esperando a que me lo pidieras.

​El trayecto en el ascensor transcurrió en un silencio tenso. Apenas entraron al apartamento, Lucía apenas tuvo tiempo de apagar la luz principal y encender la lámpara tenue de la sala antes de que Mateo la tomara suavemente por la cintura y la atrajera hacia él.

​—Hace semanas que quiero hacer esto —murmuró él cerca de sus labios.

​El primer beso fue lento, casi exploratorio, pero rápidamente se volvió profundo y urgente. Mateo la sujetó por la nuca con firmeza, y Lucía sintió cómo el deseo acumulado durante noches de conversaciones le recorría la espalda. Se aferró a los hombros de él, dejándose llevar por la certeza física de tenerlo ahí.

​Caminaron sin separarse hasta el dormitorio. En la penumbra de la habitación, las prendas cayeron despacio, intercaladas con caricias que pausaban el tiempo. La piel de Mateo estaba cálida contra la suya. Había una intensidad en la forma en que él la recorría, mirándola a la cara en todo momento, haciéndola sentir absoluta y desesperadamente deseada.

​Hicieron el amor con un ritmo suave al principio que fue ganando pasión, en una entrega donde Lucía no solo entregaba su cuerpo, sino también toda la vulnerabilidad que había estado guardando durante meses. Cada roce, cada suspiro en la oscuridad, le confirmaba que la conexión era real, que la espera había valido la pena.

​Más tarde, en la quietud de la madrugada, Lucía se quedó recostada en el pecho de Mateo, escuchando el latido constante de su corazón mientras él le acariciaba el hombro con la yema de los dedos.

​—¿En qué piensas? —susurró él en la penumbra.

​—En nada —mintió ella sonriendo, abrazándolo un poco más fuerte—. En que estoy bien aquí.

​Mateo le besó la cabeza, pero no dijo nada más. Unos minutos después, su respiración se volvió pausada y profunda, dormido.

​Lucía permaneció despierta un rato largo, mirando el perfil de él contra la luz tibia que entraba por la ventana.

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