Cinco años de matrimonio empañados por la distancia y un embarazo fallido llevan a Victor y Victoria al inevitable divorcio. El acuerdo es pacífico y la separación, inminente. Cada uno toma su propio camino; sin embargo, no pasa mucho tiempo antes de que el frío y reservado Victor Song descubra que desatarse del pasado es imposible cuando la mujer que dejó ir sigue siendo la única que desea.
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Se Te Está Acabando El Tiempo, Victor Song
Ginny me miró con las cejas arrugadas en un gesto abatido. Inhaló con fuerza y exhaló de la misma manera silenciosa, lo suficiente para hacerme sentir derrotado.
—Yah, Victor... ¿De verdad quieres a Victoria?
—Ahora mismo quiero ir a casa y llevármela lejos de aquí —musité—. Ginny, él es el padre de tus hijos, tú...
—¡Oh, no! Alto ahí —me apuntó—. Lo que haga ese viejo perro zorro ya no me concierne en lo absoluto. Y te digo algo, Victor... Si Victoria acepta la amistad de ese imbécil, es solo porque está encontrando lo que tú no supiste darle como pareja —suspiró—. Dime, ¿ya has pensado en el hecho de que ella siempre quiso ver en ti un soporte?
—Mi madre nos drogó para tener intimidad, ¿crees que puedo dejarlo pasar?
—¡Exacto! —alzó las manos—. Los dos fueron víctimas en un mismo problema, pero tú solo piensas en ti, nunca en ella. Y eso, Victor, eso fue lo que poco a poco la apartó por completo de ti, y éstas —golpeó la tarjeta en la mesa con el índice—. Son las meras consecuencias de tus actos.
La verdad me derrumbó. Los vagos recuerdos del pasado me atormentaron. Cinco años se resumieron en una bola de nieve que fue aumentando su tamaño hasta este punto donde parecía no haber retorno alguno. Y el pecho se me hundió ante la idea de perder todo lo que me llenaba, pero que no había querido reconocer.
—Espera —hablé—. Si las acciones de John ya no te conciernen, ¿cómo es que sabes de esto?
El rostro de Ginny se arrugó en un gesto feo, para su belleza extrema. Las mejillas se le pintaron de un rojo vivo y con los ojos saltones, tomó su taza para darle un buen sorbo a su café.
—Su asistente creyó que la invitación era para mí y me llamó para preguntarme si deseaba un menú en especial —respondió de mala gana.
—¿Segura que ya no sientes nada por él?
Su nariz se frunció y sus dedos se engarrotaron en un puño que amenazó con alcanzarme la mejilla si continuaba tentando suerte. No obstante, alzó el mentón y enderezó la espalda, como si recobrara la calma.
—Estoy tan segura como que tú te vas a quedar sin lengua si sigues de preguntón —chasqueó la lengua—. Le contaré a Bennie sobre los nuevos planes, probablemente lo lleve mañana por la tarde a tu casa para que hables con él.
—De acuerdo, de acuerdo, le diré a Leo que organice un horario especial para ello —miré mi reloj—. Tengo que irme ahora, debo asistir a una reunión con los proveedores.
—¿Para el evento de papá... El abuelo Frederick? —se corrigió.
—Sigue siendo como tu padre, Ginny —le sonreí—. Y sí, las muestras de tela llegarán la siguiente semana. Si quieres, puedes venir a dar un vistazo.
Sus ojos oscuros brillaron de un momento a otro, derrochando de encanto ante la mención de uno de sus terrenos bien conocidos. Ginny me sonrió con más amabilidad, como si ya no tuviera deseos de arrancarme la lengua. Asintió con un agradecimiento bajo y se quedó sentada con el gesto mucho más tranquilo que antes.
—Ve con cuidado, me quedaré aquí hasta que llegue la hora de volver a la agencia.
Le sonreí de vuelta y le dediqué una reverencia solo para alzarle el ego. La escuché jadear una risita y me di vuelta para marcharme de ahí.
La tarjeta ajena aún quemaba en mi mano y el peso de mi cabeza alcanzaba al de una roca por los tantos pensamientos que no me habían abandonado. Me senté en el lugar del copiloto, con las manos al frente, sujetando el cartoncillo. Mi intelecto, la inteligencia que todos admiraban ante la toma de decisiones de la empresa, ahora simplemente no existía. Era capaz de ver consecuencias, pero no soluciones. Mi cuerpo se sentía extraño, alborotado con la suposición de que se me terminaría el tiempo, y después del jueves, ya el mañana no existiría para mí.
Era como si el jueves significara la llegada de mi propia muerte.
Miré la guantera del auto como pieza importante de la situación. Abrí y tomé la otra tarjeta guardada ahí. Era la que me había dado Yuri, y que Leo guardó con sorna. Una travesura de niños que ahora veía como un paso a mi salvación.
Tomé mi teléfono con la seguridad de un niño pequeño enfrentándose al mundo adulto. Nunca había hecho algo así. Mis dedos temblaban y la boca se me resecaba cuando pensaba en las palabras que debía expulsar.
Pero era ahora o nunca.
Marqué el número esperando apenas un par de tomadas.
—Floreristetia, ¿en qué podemos ayudarle? —una voz femenina me respondió.
—Quiero hacer un envío —hablé, aclarando la garganta—. Pero no quiero que la entrega se haga hoy. Prefiero que se haga el viernes por la mañana.
—Entendido. ¿Qué flores desea?
—Lirios blancos. Muchos. Y también, coloquen chocolates con menta. ¿Pueden agregar una nota?
—Claro que sí, ¿cuál es el mensaje?
La adrenalina de antes me abandonó. Solo palabras técnicas llegaban. Informes del día con día me entorpecieron, y no podía encontrar algo que no sonara como un informe para los subordinados.
Cerré los ojos tratando de concentrarme. Carraspeé la garganta una vez más, solo para que la chica entendiera que seguía en línea. Luego me dediqué a pensar en Victoria. Su sonrisa, la manera en la que jugaba con los hijos de Ginny, la forma en que bailaba por la cocina, peleando cuando la carne no quedaba en su punto. La ligereza que me transmitía, pero que nunca me permití aceptar.
—Por favor, escriba: Sé que el café de la mañana no será suficiente para compensar cinco años de invierno. Déjame intentar ser tu primavera, aunque sea un día a la vez.
Di la dirección y colgué la llamada, sintiendo el nudo deshacerse en mi estómago. El corazón me latía con una fuerza que me dolían las costillas. Era un movimiento arriesgado, patético, si tomaba en cuenta la situación que me orillaba a tomarlo.
Y, aun así, era el primer paso real.