Los malentendido de mantener un amor oculto, los fantasmas de un rey que no sabe expresar amor y una segunda op0rtunodad que Anastacia no desperdiciaría
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El Arte de la Diplomacia y las Miradas Guardadas
El impacto de la vulnerabilidad mostrada por Nataniel en la biblioteca resonó profundamente en el alma de Anastasia. Al día siguiente, el castillo de Veloria parecía respirar una calma distinta, aunque tensa. La servidumbre se movía con cautela, notando que la sombra permanente de severidad sobre el rostro del monarca había dado paso a una mirada más sobria y concentrada, dirigida casi constantemente hacia la figura de su reina.
Anastasia sabía que desactivar los celos del rey era solo la primera etapa de un juego político y emocional mucho más amplio. Para garantizar un futuro estable y evitar que los antiguos malentendidos renacieran, debía consolidar su posición en la corte y tejer una red de protección alrededor de Óscar.
Durante la mañana, la reina hizo oficial el nombramiento de Óscar como Bibliotecario Real y Encargado de los Archivos Culturales de Veloria. El decreto, firmado con el sello oficial de la corona y respaldado personalmente por el rey a petición de Anastasia, acalló de inmediato los murmullos de los cortesanos oportunistas. Ya no se trataba de un conde sureño merodeando sin rumbo por los pasillos; ahora era un alto funcionario de la casa real con motivos legítimos para residir en la fortaleza.
Para sellar el nombramiento y disipar cualquier vestigio de intriga, Anastasia solicitó la presencia del comandante Bruno en el gran salón de mapas.
El comandante ingresó con su habitual compostura impecable: armadura de placas sobre cuero oscuro, la espada al cinto y una mirada firme marcada por la disciplina de años en el frente.
—Su majestad me ha convocado —dijo Bruno, realizando una reverencia formal ante Anastasia y Nataniel, quien permanecía sentado junto al gran ventanal observando los documentos del consejo.
—Comandante Bruno —respondió Anastasia con calidez y solemnidad—. Os he llamado porque el conde Óscar comenzará hoy la reorganización de los manuscritos históricos y tácticos del reino. Muchos de esos tomos contienen mapas de campañas antiguas y tratados militares que requieren supervisión de seguridad. Deseo que asignéis un contingente de la guardia real para resguardar la biblioteca, y os pido que vos mismo superviséis personalmente la transferencia de los archivos estratégicos.
Bruno parpadeó con sutil sorpresa. Sus ojos se desviaron un instante hacia la entrada de la biblioteca, donde Óscar esperaba en silencio sosteniendo un fajo de pergaminos.
—Será un honor, majestad —respondió el comandante, ajustando su postura—. El resguardo de los archivos de Veloria estará garantizado. Trataré personalmente con el conde Óscar para coordinar los accesos.
Anastasia notó la sutil fluctuación en la voz de Bruno. No era desdén ni desconfianza; era el respeto cauteloso de un soldado implacable hacia la figura reservada del joven sureño. Por su parte, Óscar mantenía la mirada baja, pero una tenue chispa de esperanza brillaba en sus ojos. Al otorgarles una razón profesional y legítima para interactuar sin violar las normas ni levantar sospechas de favoritismo romántico, Anastasia había construido el primer puente seguro entre ambos.
Nataniel, observando la escena desde su sillón de roble, se cruzó de brazos. En su mente ya no rugían los monstruos de la sospecha. La forma en que Anastasia administraba la situación, involucrando a Bruno y manteniendo la transparencia total ante él, confirmaba la promesa que ella le había hecho en la biblioteca: la reina no tenía nada que ocultar.