Quince años de matrimonio convirtieron la vida de Elena en una prisión sostenida por el desprecio de su propia familia y los abusos de Héctor, su esposo. Con treinta y tres años, soporta la violencia únicamente por Julián, su hijo de doce años, el único motivo que la mantiene en pie. Pero cuando la carga se vuelve insoportable y el deseo de huir es su única salida, el destino cruza en su camino a Gabriel, un hombre atento que descubre las sombras detrás de su sonrisa. Decidido a liberarla, Gabriel le ofrecerá una salida, mientras Elena aprende que salvarse a sí misma también es salvar a su hijo.
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capitulo 7
La tarde caía sobre la ciudad con un cielo plomizo y un aire helado que presagiaba lluvia. Desde el interior de su camioneta, estacionada a unos metros de Gráficas del Sur, Gabriel terminaba una llamada de trabajo.
Guardó el teléfono en el bolsillo de su saco y se disponía a encender el motor cuando la puerta del taller se abrió. Elena salió a la acera, ajustándose el abrigo viejo y mirando a ambos lados de la calle con una inquietud evidente.
Antes de que pudiera dar tres pasos hacia la parada del autobús, un sedán negro frenó de golpe junto a la banqueta, haciendo rechinarle los neumáticos. El vidrio de la ventana del conductor bajó con brusquedad.
Gabriel observó la escena desde el espejo retrovisor. Del auto bajó un hombre alto, de complexión robusta, con la camisa arrugada y el rostro endurecido por un gesto de rabia contenido. Era Héctor. Se encaminó hacia Elena con zancadas pesadas.
—¡Te dije a las cinco en punto! —la voz de Héctor resonó en la calle, áspera y destemplada—. Llevo diez minutos dándote vueltas a la manzana como si fuera tu chofer.
—Perdón, Héctor... Don Tomás me pidió que cerrara la caja —susurró Elena, dando un paso atrás por instinto, apretando su bolso contra el pecho.
—¡A mí me me importa un carajo lo que diga ese viejo! —bramó él.
Antes de que ella pudiera responder, Héctor la agarró del antebrazo con un jaloneo violento que le sacudió el cuerpo entero. El impacto del estirón hizo que Elena soltara un leve quejido de dolor, apretando los ojos mientras era arrastrada hacia la puerta del copiloto.
—¡Súbete de una puta vez! No me hagas perder más el tiempo —sentenció Héctor, empujándola hacia el interior del vehículo antes de rodear la carrocería y subir al asiento del conductor.
El auto aceleró de golpe, perdiéndose en el tráfico de la avenida.
Gabriel se quedó petrificado con las manos apretadas sobre el volante. El nudillo blanco de sus dedos delataba la rabia contenida. En los pocos segundos que duró la escena, había visto todo con una claridad escalofriante: el agarre preciso en la muñeca, la postura totalmente sometida de Elena y la violencia natural con la que aquel hombre ejercía su dominio en plena vía pública.
La marca que había visto días atrás en la muñeca de Elena finalmente tenía nombre y cara.
Un pensamiento amargo se instaló en su mente. Tenía que saber quién era ese hombre y hasta dónde llegaba el peligro para ella.
A la mañana siguiente, Gabriel citó en su oficina a Marcos, un antiguo colega de la cámara de comercio que conocía a casi todos los contratistas e inversionistas locales. Sirvió dos tazas de café y se sentó frente a él, intentando mantener un tono casual en la conversación.
—Marcos, gracias por venir —comenzó Gabriel, cruzando las manos sobre el escritorio—. Quería hacerte una consulta discreta sobre un profesional del sector inmobiliario. Un tal Héctor Morales. ¿Lo tienes ubicado?
Marcos soltó una carcajada seca y sin ganas antes de tomar un sorbo de café.
—¿Héctor Morales? Por supuesto que lo conozco. De hecho, casi todo el gremio lo conoce, aunque no por buenas razones. ¿Estás pensando en hacer negocios con él, Gabriel? Si es así, mi consejo es que te mantengas lo más lejos posible.
—¿Tan mal historial tiene? —preguntó Gabriel, inclinándose ligeramente hacia adelante.
—No es solo un tema de números, es un tipo conflictivo —explicó Marcos, bajando la voz—. Héctor era proyectista en una constructora mediana hasta hace un par de años. Lo corrieron porque casi se agarra a golpes con un supervisor en plena obra por una discusión absurda. Tiene un carácter explosivo, irascible. No acepta críticas y siempre culpa a los demás de sus propios errores.
—¿Ha tenido problemas legales o denuncias?
—Varias disputas comerciales por incumplimiento de contrato —respondió Marcos, encogiéndose de hombros
—. Es de esos tipos que intimidan a los socios cuando las cosas no salen como él quiere. Se sabe que insulta a sus empleados y que ha tenido altercados en restaurantes y eventos del gremio después de beber de más.
Hace un par de meses perdió una licitación grande por llegar ebrio a una reunión de presentación. Es un volcán en erupción, Gabriel. Un hombre agresivo, dominante y sin ningún tipo de autocontrol.
Gabriel escuchaba en silencio, sintiendo una opresión creciente en el pecho. Cada detalle que Marcos describía encajaba de manera macabra con las actitudes que había presenciado en Elena: el nerviosismo constante, la culpa injustificada, el miedo a llegar tarde y las cicatrices ocultas bajo la ropa. No se trataba solo de un matrimonio infeliz; Elena estaba atrapada en la casa de un individuo violento e impredecible.
—¿Tiene familia? —preguntó Gabriel, intentando disimular el nudo en la garganta.
—Creo que sí, una esposa y un hijo, según recuerdo de una cena de la asociación hace años. Pero a ella casi nunca la saca a eventos. Los tipos así prefieren mantener su territorio bien controlado en casa. En fin, si te ofreció algún proyecto, declínalo. Ese tipo es un peligro ambulante.
—Gracias por el dato, Marcos. Lo tendré muy en cuenta —dijo Gabriel, dando por terminada la reunión.
Cuando se quedó solo en la oficina, Gabriel se acercó al ventanal que daba a la ciudad. Observó la lluvia comenzar a repicar contra el cristal. Ya no era solo empatía o respeto lo que sentía por Elena.
Sabía que la mujer tímida que limpiaba mostradores en la imprenta vivía bajo una amenaza constante y silenciosa. Entendió que el tiempo se estaba agotando y que si no intervenía pronto, las consecuencias para ella podían ser fatales.