La primera vez que se encontraron, murieron.
La segunda vez, también.
Y aun así volvieron a buscarse.
A lo largo de tres vidas, tres épocas y tres historias distintas, dos almas destinadas a amarse desafiarán al tiempo, a la muerte y al destino para volver a encontrarse.
No recuerdan quiénes fueron.
No recuerdan cómo se perdieron.
Pero sus corazones sí.
Porque algunas conexiones son más fuertes que el olvido.
Más fuertes que la distancia.
Más fuertes incluso que la muerte.
ETERNOS es una historia sobre almas gemelas, segundas oportunidades y un amor capaz de atravesar siglos enteros.
Porque hay amores que terminan.
Y hay otros que duran para siempre.
NovelToon tiene autorización de Yesenia Stefany Bello González para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Refugio
Caleb
Estoy nadando en un océano oscuro. No veo ni siquiera un atisbo de luz.
No sé dónde está la costa.
Ni sé si quiero nadar a ella.
—Va a estar bien, Abi.
Escucho una voz que no reconozco. Es como si la voz saliera del fondo del mar.
—No sé por qué te importa tanto… No ahora que sabes…
—No lo sé —responde Abigail.
Abi.
Me hundo en el agua para llegar a ella. Para llegar al lugar donde me sentí libre.
—Te gusta —dice una voz.
La escucho reír. Una risa suave, cálida.
—Ya, lárguense de mi casa.
—Creo que lo que estás tratando de decir es gracias por ayudarme a arrastrar a este enorme hombre a mi cama.
Vuelve a reír.
—Nop —dice sin dejar de reír.
Las otras voces siguen metiéndose con ella mientras se alejan.
Lucho para abrir los ojos, pero dejo de hacerlo cuando una ola de dolor arrasa con todo.
El dolor se transforma en todo lo que conozco. Es la sangre que circula en mis venas. Es el aire que infla mis pulmones… Es todo lo que puedo ver y sentir.
Es todo a lo que puedo aferrarme.
¿Había dolido algo tanto alguna vez?
El recuerdo de mi madre aparece por unos segundos para recordarme otro tipo de dolor.
Papá me ha golpeado cientos de veces, pero nunca de esta forma.
Nunca con el odio y el terror guiando sus movimientos.
Me vio con Abigail.
Sabe lo que hice.
Cree que estoy bajo un hechizo, y lo estoy, pero no de la forma que él piensa.
Trato de evocarla.
Sus labios.
Su sonrisa.
Su sabor.
Su calor.
Revivo ese beso.
El primero… y el que vino después cuando pude probar su dulzura, cuando puse sentirla temblar contra mi cuerpo.
Cuando por unos segundos me necesitó como yo la necesito.
Abigail.
Su recuerdo lucha contra el dolor y va ganando.
Nada como el recuerdo del primer amor para arrastrar todo lo malo.
¿Primer amor?
Por lo menos es la primera vez que siento algo diferente al miedo.
El miedo a mi padre es todo lo que he conocido. Es con lo que he crecido, con lo que me he formado.
No pensé que pudiera sentir algo distinto, pero llegó ella, con sus ojos verdes y esa bondad que expele en todos los poros de su piel.
Una bondad que pensé que no existía, no creciendo en la misma casa que mi padre.
Unos besos suaves en la piel pulsante en mi espalda me vuelven al ahora.
—Shhh —susurra—. Vas a estar bien.
Sus dedos buscan los míos. Los presiono con fuerza.
Jadea y sus ojos buscan los míos.
—Estoy… aquí —susurro porque no puedo creer que siga vivo, no después del ataque de mi padre—. Gracias —digo y aprieto más sus dedos, incapaz de soltarla.
Si estoy aquí sé que es gracias a ella, a su bondad y a sus conocimientos.
Apoya su frente en mi hombro y sonríe. La sonrisa más hermosa que he visto en mi vida.
—Vas a estar bien —se apresura a decir.
—Gracias a ti —digo antes de cerrar mis ojos.
Sigo vivo. Tengo que sanar, pero sigo aquí, y eso tiene que ser por algo.
Quizá lo que tengo que hacer es detener la maldad de mi padre.
Detenerlo y hacerlo que pague por sus crímenes.
Sigo aquí.
*****
—No te levantes —ordena mientras se acerca con un plato humeante—. Yo te daré de comer —dice sin admitir ninguna discusión.
Sonrío.
Llevo dos días siendo cuidado por esta hermosa mujer. Ya no me duele la espalda. Duele, pero no como para no moverme, pero sé que discutir es perder el tiempo.
Y, sí soy sincero, estoy disfrutando con sus cuidados.
Bebo la sopa cuando acerca la cuchara a mi boca.
Suspiro. Está deliciosa.
—Sopa de tomates. Mi favorita —digo con una sonrisa.
Su rostro se ilumina.
—Me alegra escuchar eso.
—Puedo sentarme.
—No mientras las hojas sigan en tu espalda —dice mientras sus ojos navegan por mi espalda—. Es increíble lo rápido que ha mejorado tu piel.
—Eres muy buena.
—Tenías cicatrices —agrega con indignación—. Tu padre…
Respiro profundamente antes de asentir.
—Pero… pensé que al ser su hijo…—titubea—. Pensé que quizá a su familia le mostraba bondad.
—Ni siquiera sabe lo que es esa palabra —mascullo—. Espero que alguna vez todo el daño que hizo se le devuelva.
—Lo hará —declara con fuerza—. No puedes ir por la vida dañando a todo ser que se te atraviesa sin pagar por eso. Todo tiene un precio.
—Espero que así sea —digo antes de seguir tomando la deliciosa sopa—. ¿Por qué me salvaste?
La cuchara se detiene a medio camino.
Abigail baja la vista hacia el plato.
Durante unos segundos no responde, y eso me dice más que cualquier palabra, porque Abigail siempre tiene una respuesta.
Siempre.
Para todo.
Finalmente deja el plato sobre la mesa.
—No lo sé.
Frunzo el ceño.
—Sí lo sabes.
—No.
Se pasa una mano por el rostro.
Cansada.
Como si hubiera estado librando una guerra desde que me encontró en aquel barranco.
—Creí que sí lo sabía.
—¿Y ahora?
Su mirada encuentra la mía y algo en ella parece romperse.
—Ahora ya no estoy segura de nada.
El silencio cae entre nosotros. Puedo escuchar el viento golpeando las paredes de la cabaña, el crepitar del fuego, y mi propio corazón.
—Cuando escuché tu nombre quise odiarte.
La confesión me golpea como un puñetazo, pero no aparto la vista.
—Lo intenté. —Su voz se vuelve más baja—. Quise recordar cada cosa horrible que hizo tu padre. Cada mujer que lastimó. Cada vida que destruyó. Cada noche que me quitó.
Mi pecho se contrae.
—Abi...
—No.
Niega con la cabeza.
—Déjame terminar.
Asiento.
Ella toma aire.
—Cuando te vi caer por el barranco me dije que debía dejarte ahí. Que era justo. Que era lo correcto. Que el bosque podía quedarse contigo igual que se quedó con tantas otras cosas. —Sus ojos brillan—. Y entonces encontré tu cuaderno.
Mi respiración se detiene.
—¿Mi cuaderno?
Ella asiente.
—La página con Tauro.
Sonrío sin querer.
—Era un buen dibujo —susurra.
—Mi favorito —le confío.
—Encontré el dibujo —continúa—. Y te odié por hacerlo.
Parpadeo.
—¿Qué?
—Te odié porque no podía seguir odiando al hijo de ese hombre… no sabiendo que ese hijo eras tú, el chico que dibuja constelaciones… No podía y quería hacerlo, créeme que quería odiarte.
La confesión me golpea como un puñetazo, pero no aparto la vista.
—Lo intenté. —Su voz se vuelve más baja. Más distante. Como si estuviera viendo algo que yo no puedo ver—. Intenté recordar esa noche… Lo que tu padre hizo… Lo intenté con todos mis fuerzas, pero no pude hacerlo.
Mi ceño se frunce.
—¿Qué te hizo?
La pregunta escapa antes de que pueda detenerla.
Abigail se queda inmóvil.
Durante unos segundos creo que no responderá.
Finalmente niega con la cabeza.
—No importa.
—Sí importa.
—No.
Su mirada encuentra la mía. Y hay algo en ella que me obliga a guardar silencio.
Algo antiguo.
Algo roto.
—Lo único que importa es que tú no eres él.
La frase queda suspendida entre nosotros, porque no sé qué significa. No del todo. Pero sé que es importante.
Muy importante.
—Abi...
—No me preguntes más.
Su voz no es dura.
Es triste.
Y eso resulta peor.
Mucho peor.
—Todavía no puedo hablar de ello.
—Pero ¿me lo dirás algún día?
Abi suspira y asiente.
—Algún día —murmura antes de tomar el plato nuevamente—. A comer —ordena y obedezco.
Mientras miro sus hermosos ojos me pregunto qué es lo que le habrá hecho mi padre. Un escalofrío recorre mi espalda cuando creo saber la respuesta.
Espero equivocarme.
Porque si no lo hago, si no me equivoco, sé con total certeza, que Abi nunca podrá sentir por mí lo que yo estoy comenzando a sentir por ella.