Después de perder a sus padres, Izack Vega cree que lo peor ya pasó… hasta que comienza a vivir bajo el mismo techo que su peor pesadilla.
Traicionado por su propia familia, termina en un orfanato donde conocerá a personas rotas como él… que poco a poco se convertirán en su verdadera familia.
Pero el pasado no lo dejará en paz. Secretos, acoso, mentiras y muertes lo rodean…
Y cuando la verdad salga a la luz, Izack tendrá que decidir:
¿seguir huyendo… o enfrentarse a la oscuridad?
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CAPÍTULO 9: EL DOLOR QUE NO CABE EN EL PECHO
Las palabras de Héctor flotaron en el aire helado del atardecer como si hubieran sido grabadas con hielo en la misma oscuridad: *El número catorce es alguien que ustedes creen muerto desde hace años*. Nadie habló. Nadie respiró fuerte. Todos se quedaron mirando el cuerpo pálido y tembloroso sobre la hierba, con la manga vacía colgando, la piel fría y las heridas volviendo a manchar de rojo oscuro los vendajes viejos. Era demasiado. Ya no cabía nada más dentro del pecho de nadie. Traiciones, muertes, mentiras, secretos guardados durante décadas, y ahora esto: el monstruo que los había perseguido todo este tiempo no era solo una organización, ni un tío desquiciado, ni una directora traicionera… era alguien a quien habían llorado, a quien habían extrañado, en quien habían depositado recuerdos hermosos y la esperanza de que, en algún lugar, seguía estando bien.
Izack sintió cómo las piernas le flaqueaban del todo. Esta vez no fue solo dolor o rabia: fue **cansancio del alma**, ese cansancio que no se quita durmiendo, ni comiendo, ni descansando, ese que se mete hasta los huesos y te dice que ya no puedes más, que cada paso nuevo duele más que el anterior. Se dejó caer sentado de golpe sobre una raíz gruesa y nudosa, y hundió la cara entre ambas manos, y empezó a llorar de nuevo, pero esta vez era un llanto **mudo, sin sonido, sin fuerzas**, solo lágrimas que caían sin parar, gruesas y pesadas, que se le escapaban contra su voluntad, porque ya no tenía energía ni para sollozar fuerte. Sentía que cada nueva verdad era un golpe más en el mismo lugar herido, que su vida entera no había sido más que una cadena de mentiras atadas unas a otras, y que por más que corría, por más que peleaba, por más que se aferraba a lo bueno, las sombras siempre llegaban antes y lo manchaban todo.
—¿Alguien muerto? —repitió Lucas con la voz quebrada, mirando al vacío—. ¿A quién más se nos murió y en realidad está vivo jugando con nosotros como si fuéramos muñecos?
Tomás, que seguía de pie en el mismo sitio, con la cabeza baja y la cadena todavía brillando en el suelo a sus pies, levantó la mirada muy despacio. Tenía los ojos hinchados, rojos y agotados, y por primera vez no había miedo en su mirada: solo resignación y una verdad que llevaba seis años queriendo gritar y nunca se atrevió. Dio un paso adelante, y aunque todos retrocedieron un poquito por instinto, nadie le dio la espalda del todo.
—Yo nunca supe su nombre real —dijo con la voz ronca y rota, hablando lento, eligiendo cada palabra con cuidado, porque sabía que lo que iba a decir cambiaría todo para siempre—. Solo escuchaba que lo llamaban **El Fundador**. Él creó el Consejo hace más de veinte años. Él planeó todo. La compra de las tierras, el accidente de los padres de Izack, la muerte de los papás de Axel, el “accidente” de los míos… todo. Héctor era su brazo derecho, Elvira su cara visible en el orfanato, yo solo un peón más atrapado por amenazas. Y sí… todo el mundo cree que murió en un incendio en su propia casa, hace justo doce años. Hubo un funeral, hubo ataúd, hubo llanto… pero nunca hubo cuerpo. Solo cenizas que nadie analizó nunca. Él mismo lo planeó todo. Se quemó su propia casa, se declaró muerto ante la ley, y siguió moviendo todos los hilos desde las sombras, sin que nadie lo buscara, sin que nadie lo sospechara. Nadie busca a un muerto. Esa fue su jugada maestra.
Cada palabra sonó como un golpe de martillo directo al pecho de Izack. Doce años. Justo cuando sus padres murieron. Justo cuando todo empezó a romperse en el pueblo. Todo, absolutamente todo, había sido calculado, frío y planeado, durante toda su vida. Él no había tenido mala suerte. No había sido el destino. Había sido **una decisión de un hombre que ni siquiera conocía la cara**, que lo había marcado desde antes de que él pudiera siquiera entender lo que pasaba a su alrededor. Esa idea fue lo que terminó de romperlo. Se dobló hacia adelante, abrazándose fuerte a sí mismo, y sintió que el pecho le estallaba de dolor, de impotencia, de rabia contenida durante años que ya no encontraba salida. Quería gritar, quería golpear algo hasta lastimarse las manos, quería correr y no parar nunca… pero no tenía fuerzas ni para levantar la cabeza. Solo lloraba, callado, roto por dentro, sintiéndose diminuto, solo y perdido en un juego que nunca quiso jugar.
No escuchó que nadie se acercaba. Solo sintió de pronto el calor que conocía de memoria, el único calor que realmente lograba calmar el frío que llevaba dentro desde siempre. Axel se arrodilló en el suelo frente a él, sin importarle la tierra húmeda, ni las espinas, ni lo que pensaran los demás. Lo tomó suavemente entre sus brazos y lo atrajo hacia sí con infinita ternura, hasta dejarlo completamente abrazado, sentado sobre sus propias rodillas, con el cuerpo de Izack totalmente pegado al suyo, la cabeza escondida con fuerza en el hueco de su cuello y los brazos del chico aferrados con desesperación alrededor de su cintura, como si temiera que si aflojaba la presión ni un milímetro, él también se desvanecería o se convertiría en otra mentira más.
—Estoy aquí —le susurró Axel al oído, una y otra vez, rozando su piel con los labios, besando su pelo, su sien, la parte alta de su oreja, pasando las manos con una suavidad que dolía por lo bonito que era por toda su espalda, subiendo y bajando despacio, recorriendo cada centímetro como si quisiera memorizarlo, como si quisiera borrar con el tacto cada golpe, cada miedo, cada dolor que le habían hecho sentir—. Estoy aquí, mi amor. Respira. Yo sostengo todo. Tú solo déjate ir. Llora todo lo que quieras. Grita si hace falta. Te tengo. No te suelto. Jamás.
Izack apretó más fuerte, clavando los dedos en la espalda de Axel a través de la tela de la camisa, y por fin salió el sollozo profundo, desgarrador, que llevaba atorado desde que empezó todo. Lloró con todo lo que tenía, temblando de pies a cabeza, mojando toda la ropa de su chico con las lágrimas, sintiendo cómo por primera vez en la vida, alguien no le pedía que fuera fuerte, ni que se calmara, ni que dejara de llorar: alguien solo lo sostenía, lo amaba y lo dejaba ser completamente débil y roto, sin juicios, sin prisa, sin condiciones. Axel no dijo frases vacías de “todo va a estar bien”, porque sabía que ahora mismo no estaba bien, y mentirle sería peor. Solo lo abrazó más fuerte, lo acomodó mejor entre sus brazos, le cubrió todo el cuerpo con el suyo como un escudo vivo, le besó cada rincón de la cara que encontraba, le secó las mejillas con los labios y con las yemas de los dedos, y le transmitió con cada roce, cada latido, cada beso callado: *no estás solo, yo soy tuyo, todo lo que soy es para ti*.
Cuando el llanto fue bajando poco a poco, quedando solo en pequeños sollozos que le sacudían el pecho de vez en cuando, Izack levantó el rostro muy despacio. Tenía los ojos rojos, hinchados, brillantes y perdidos, las mejillas manchadas, los labios temblorosos. Axel lo miró fijamente a los ojos, y sin decir nada, le pasó los pulgares suavemente bajo los ojos, limpiando hasta la última lágrima, y luego lo atrajo de nuevo hacia sí.
El beso que se dio fue **lento, profundo, ardiente y desgarrador a la vez**. No fue prisa, ni fuego pasajero: fue **entrega total del alma**. Sus labios se encontraron con una dulzura infinita, moviéndose al unísono, despacio, tomándose todo el tiempo del mundo, saboreando el sabor salado de las lágrimas, el calor de la respiración entrecortada, la certeza de que, pase lo que pase, esto entre ellos era lo único real, lo único intacto, lo único que ninguna mentira ni ninguna sombra podría romper jamás. Axel lo apretó contra sí con ambas manos fijas y firmes en su cintura, pegando cada milímetro de piel que pudiera, recorriéndole la columna vertebral despacio con las palmas abiertas, subiendo hasta la nuca para entrelazar los dedos en su cabello y mantenerlo cerca, sin prisa por terminar, sin ganas de separarse nunca. Izack respondió con todo lo que le quedaba de fuerzas, aferrándose a su cuello, abriendo el corazón por completo en ese beso, dejando entrar todo el amor, todo el consuelo, toda la calma que solo Axel sabía darle. Fue un beso que curó heridas que ni siquiera sabía que tenía abiertas, un beso que dijo más que mil palabras: te elijo a ti, te elijo con tu dolor, con tu pasado, con todo lo roto, te elijo siempre.
Cuando se separaron fue solo milímetros, lo justo para tomar aire, las frentes pegadas con fuerza, las respiraciones mezcladas y calientes, los ojos cerrados, las manos todavía entrelazadas y apretadas una contra la otra sobre el pecho de ambos, justo donde latían los dos corazones al mismo ritmo.
—No importa quién sea —murmuró Izack por fin, con la voz todavía ronca y quebrada, pero con un hilo nuevo de firmeza que no estaba antes—. No importa si está vivo o muerto, si es poderoso o si tiene mil hombres a su lado. Ya no tengo miedo de pelear. Pero a veces… a veces me canso tanto, Axel. Tanto que creo que me voy a quedar sin aliento.
Axel le dio un beso corto, suave y tierno en la punta de la nariz, y otro en cada párpado cerrado.
—Yo respiro por los dos cuando te falte el aire —le prometió en el silencio, muy bajito, solo para sus oídos—. Tú solo sigue caminando. Que mis piernas son las tuyas también.
Volvieron poco a poco con el resto del grupo. Tomás había recogido la cadena del suelo y la tenía apretada fuerte en el puño cerrado, con la mirada decidida, como si por fin hubiera tomado la decisión que postergó media vida.
—Tengo todo —dijo sin que nadie le preguntara nada—. Todas las direcciones, todas las cuentas, todas las reuniones, todos los nombres que escuché en seis años. Se los di todo. A la policía, a los abogados, a quien sea. Ya no me importa nada. Que me encierren, que me castiguen, lo que sea. Pero esta vez **hablo de verdad**. Voy a derribarlos a todos desde adentro, aunque me caiga con ellos. Es lo mínimo que puedo hacer para empezar a pagar lo que hice.
En ese momento, Héctor movió los dedos de su única mano con mucha dificultad y abrió los ojos una vez más, muy entreabiertos, buscando a Izack entre las caras. Lo encontró, y esta vez no hubo odio, ni rabia, ni locura: solo una tristeza inmensa, vieja y podrida por dentro. Movió los labios muy despacio, casi sin sonido, y solo Izack alcanzó a leer lo que decía:
*Lo siento… sobrino. Él… te conoce demasiado bien. Ten cuidado con lo que más amas. Porque eso es lo primero que rompe.*
Y se quedó quieto otra vez, perdiendo el conocimiento, pero esta vez su respiración se notaba más estable, más lenta, como si por fin, después de tantos años de ser el monstruo, hubiera soltado el peso que lo mataba por dentro.
El sol terminó de ocultarse por completo detrás de los cerros, y la noche cayó de golpe, fría, oscura y densa. Pero entre las sombras que los rodeaban por todas partes, Izack apretó con todas sus fuerzas la mano caliente y grande de Axel, y supo que, aunque el jefe fuera alguien que daban por muerto, aunque tuvieran enfrente al hombre más peligroso que hubiera existido en el pueblo, ya no había vuelta atrás. Iban hasta el final. Juntos.
**FIN DEL CAPÍTULO 19**