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La Reina Y El Genio

La Reina Y El Genio

Status: En proceso
Genre:Mujer fuerte/hombre frágil / Completas
Popularitas:413
Nilai: 5
nombre de autor: Andreina Marquez

Alessia es hielo, poder y control absoluto. Tras la sospechosa muerte de su padre, dirige un imperio multimillonario donde no se permiten las debilidades. Matteo es un genio informático humilde y brillante, un becado universitario ajeno a la crueldad de la alta sociedad. Dos mundos opuestos que colisionan en una alianza digital inquebrantable... y una atracción posesiva que ninguno puede frenar.

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Capítulo 6: El Vestidor de las Tentaciones

El chofer detuvo el Maserati frente a la imponente entrada del Romano Plaza, el centro comercial más exclusivo, lujoso y multimillonario de todo Milán. Matteo miraba la colosal estructura de cristal y mármol con una mezcla de fascinación inocente y timidez, encogiéndose dentro de su sudadera gris gigante. Lo que él no sabía era que todo ese complejo comercial era propiedad absoluta de Alessia.

Al entrar a una de las boutiques de diseñador más costosas, Alessia comenzó a seleccionar varias prendas elegantes para él.

—Espérame aquí un momento, Matteo. Voy a la sección de damas a buscar un par de cosas para mí —le dijo ella con una sonrisa antes de alejarse por los pasillos de la tienda.

Matteo de quedó de pie junto a los exhibidores de trajes, aferrando sus cuadernos viejos contra su sudadera ancha. Su porte era digno, pero su ropa de la periferia contrastaba demasiado con el lujo del lugar. En ese momento, una de las vendedoras de la boutique, una mujer joven y de actitud sumamente superficial, se le acercó mirándolo con total desprecio.

—Oye, tú. Los vagabundos no pueden estar aquí —le dijo la empleada con voz chillona y despectiva—. Salte de la tienda ahora mismo antes de que llame a los guardias de seguridad. No tienes dinero para pagar ni un botón de lo que hay aquí.

Matteo no se alteró, ni se asustó. Acomodándose los anteojos de marco grueso con total calma, la miró fijamente con su habitual orgullo intelectual.

—Su juicio basado en la apariencia es informáticamente equivalente a un error de sintaxis: superficial y carente de lógica —respondió Matteo con voz suave pero firme, demostrando que sabía perfectamente lo que estaba bien y lo que estaba mal—. No necesito que me corra, sé perfectamente el valor de las cosas.

—¿Además de muerto de hambre, respondón? ¡Seguridad! —comenzó a gritar la mujer.

—La única que se va a ir de aquí eres tú —interrumpió una voz gélida y autoritaria que hizo eco en toda la boutique.

Alessia regresaba con varios vestidos en los brazos. Sus ojos verdes centelleaban con una furia temible y su porte dominante heló la sangre de la empleada. Al ver a la dueña de todo el imperio Romano Plaza, el gerente de la tienda corrió hacia ellas, sudando frío.

—¡Signorina Romano! ¿Pasa algo malo? —preguntó el gerente temblando.

—Esta mujer acaba de insultar a mi Director de Ciberseguridad y un invitado personal —sentenció Alessia, colocándose al lado de Matteo de forma protectora—. En mi centro comercial no tolero la mediocridad ni la arrogancia con mis empleados. Despídela ahora mismo y asegúrate de que no vuelva a trabajar en ninguna propiedad de la familia Romano.

La vendedora palideció, dándose cuenta del monumental error que había cometido, y fue escoltada hacia la salida entre lágrimas. Alessia miró a Matteo, suavizando su expresión al ver que el chico se mantenía tranquilo y digno.

—Lamento eso. Nadie te va a faltar al respeto en mi territorio —le dijo ella con una sonrisa sincera y atrevida. Luego, le entregó una pila de ropa elegante—. Ahora, pruébate esto. Quiero ver cómo te queda el gris oscuro.

Matteo asintió tímidamente, tomó las prendas y se encerró en uno de los amplios vestidores privados del fondo.

Pasaron unos minutos. Matteo se despojó de la sudadera gigante y de los pantalones desgastados. Justo cuando estaba por tomar los pantalones de diseñador, escuchó el sonido de la cortina abrirse.

—¿Cómo vas, Matt...? —Alessia se detuvu en seco.

Impulsada por la total libertad que tenía en su propia tienda y por su naturaleza audaz, Alessia había deslizado la cortina sin avisar. Matteo dio un respingo, ahogando un grito de pura sorpresa. Estaba completamente desprevenido, vistiendo únicamente sus calzoncillos.

Las mejillas de Matteo se encendieron en un rojo carmesí tan intenso que parecía quemar, e intentó cubrirse torpemente con la primera camisa que encontró, completamente avergonzado y tembloroso.

—¡S-Signorina Romano! —tartamudeó con el corazón a mil por hora, asustado y sin saber dónde mirar.

Alessia, lejos de apartar la mirada, se quedó de piedra por un segundo. Detrás de aquellas sudaderas gigantes, el cuerpo de Matteo estaba perfectamente estructurado: hombros definidos, un abdomen marcado y una fisonomía atlética y limpia propia de su juventud. La sensualidad de Alessia respondió al instante ante tal descubrimiento, sintiendo una atracción física real y profunda.

Con una sonrisa pícara, Alessia se recargó en el marco del vestidor, disfrutando del adorable colapso nervioso del chico.

—Vaya, Matteo... parece que ocultabas muy bien tus mejores atributos bajo esa ropa vieja —bromeó ella con voz sugerente—. Tienes un cuerpo excelente. No hay necesidad de que te escondas.

—Por favor... c-cierre la cortina —suplicó Matteo con total ingenuidad, con la voz rota por los nervios, aunque fascinado secretamente por la mirada de admiración de ella.

Alessia soltó una risa suave y, para llevar su provocación al límite, metió la mano en una de las bolsas de lencería de encaje negro sumamente atrevido que había comprado para ella, y se lo extendió en forma de broma.

—¿Qué opinas de este para mí? ¿Crees que me quede bien? —preguntó ella con una mirada cargada de malicia y seducción.

Matteo miró la prenda íntima y luego la silueta exquisita de Alessia. Su cerebro sufrió un cortocircuito total. La imagen de Alessia usando eso se instaló en su mente de forma inocente, causándole tal impacto que casi se le caen los anteojos.

—¡Yo... yo no sé de esas cosas! —exclamó Matteo, cubriéndose la cara con las manos de pura vergüenza, completamente indefenso ante las bromas de la dueña del imperio.

Alessia soltó una carcajada limpia y encantadora, cerrando finalmente la cortina para dejarlo cambiarse en paz.

—Está bien, te dejo en paz. ¡Cámbiate y sal a mostrarme el traje! —le gritó desde fuera, completamente cautivada por la deliciosa mezcla de timidez, pureza y el inesperado y atractivo físico de su nuevo ingeniero.

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Santiago Navarro
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