Lara creía que su loba interna jamás volvería a aullar. Tras ser rechazada por la codicia del Alfa Roderick, su espíritu quedó roto. Obligada a asistir al Baile de la Luna, la gran gala de segundas oportunidades, Lara viaja solo para esconderse en las sombras. Lo que no imagina es que el hilo del destino ya está escrito.En mitad de la gala, el aire se congela con la llegada del Rey Alfa, el soberano absoluto de todos los licántropos. Al clavar sus ojos en Lara, el lazo de segunda oportunidad estalla. Él la reclama como su Reina definitiva, pero Lara, indómita e independiente, se niega a ser la compañera sumisa que la corte espera, desatando una intensa tensión entre ambos.Mientras el Rey lucha por derribar los muros de su corazón, una amenaza avanza desde el norte. El hermano menor de Roderick, manipulado con mentiras sobre la muerte de su hermano, jura venganza eterna contra el Imperio y contra Lara. ¿Podrá el Rey Alfa proteger a su Reina, o la guerra devorará su imperio?
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PROLOGO. EL REMANSO DE LAS HORAS GRISES
El atardecer caía sobre los jardines del palacio real con una parsimonia gélida, tiñendo las hojas de los sauces de un gris plomizo que encajaba a la perfección con el invierno que se había instalado en mi pecho. Hacía cuatro meses que el mundo se había derrumbado para mí. Cuatro meses desde que el Alfa Roderick pronunciara aquellas palabras de rechazo despectivas en nuestro vigésimo cumpleaños, triturando mi orgullo y sumiendo a mi loba en un letargo absoluto. Permanecía sentada en la silla de mimbre, envuelta en una manta oscura, contemplando mis manos vacías, sintiéndome como una extraña en mi propia casa. A pocos metros, Amaris me observaba con una mirada empañada de profunda ternura; se había convertido en mi confidente más cercana, pero ni siquiera su cariño lograba encender la luz que me habían arrancado.
El sutil crujido de unas botas sobre la tierra batida interrumpió el denso silencio del jardín. Levanté la vista despacio y vi a mi hermano gemelo, Leo, acortar la distancia con pasos lentos y seguros. Su semblante, habitualmente firme y severo como el de nuestro padre Paul, se suavizó por completo al enfocarme. Se agachó frente a mi silla, rompiendo la distancia, y tomó mis manos pequeñas entre las suyas grandes y cálidas, enviándome una ráfaga de sosiego directo al alma a través del lazo que compartíamos desde el vientre materno.
—Lara, tienes que escucharme —comenzó Leo con una voz profunda, ronca de pura emoción contenida—. No puedes quedarte varada en este rincón para siempre. Tus ojos grandes se están apagando y me parte el corazón verte marchitar de esta manera. Sé que el dolor del rechazo te quema las venas, pero la vida no se terminó en aquella fiesta de gala.
—No estoy lista para enfrentarme a las miradas del continente, Leo —le respondí en un hilo de voz trémula, apartando la mirada para ocultar las lágrimas—. Mi loba está rota, no emite energía. No quiero que me compadezcan.
Leo apretó mis dedos con una firmeza implacable, obligándome a clavar mis ojos fijos en los suyos.
—Nuestros padres, hablaron conmigo anoche en el despacho presidencial —me explicó mi gemelo, con una devoción y un respeto supremo en sus facciones—. Ellos me recordaron una ley sagrada de nuestra estirpe que tú pareces haber olvidado en mitad de tu agonía. Me explicaron que la Diosa Luna jamás abandona a sus hijos elegidos. Ella siempre otorga una pareja de segunda oportunidad, un mate definitivo, a todos aquellos que han sido rechazados y traicionados por su primer lazo. Es un derecho de nacimiento, Lara. El Baile de la Luna se celebrará en un mes y tienes que subir a ese carruaje. No te lo pido como el futuro Alfa del imperio; te lo suplico como tu hermano, el que daría sus propias garras con tal de devolverle la sonrisa a su gemela.
El llanto que había contenido durante semanas se desbordó por fin, resbalando por mis mejillas pálidas. La calidez del abrazo protector de Leo, quien me estrechó contra su robusto torso en mitad del crepúsculo, me devolvió un destello de la templanza que creía perdida. Su influencia y su inmenso amor familiar terminaron por derribar los muros de mi resistencia.
Un mes más tarde, el traqueteo de las ruedas del carruaje blindado sobre la piedra del camino real se convirtió en la melodía de mi exilio voluntario. Observaba el paisaje borroso a través de la ventanilla reforzada mientras cruzábamos las fronteras de la manada central hacia el palacio del reino. Mi pecho albergaba una melancolía que me calaba hasta los huesos. A pesar de las promesas de Leo, a pesar de las palabras solemnes de mis padres, yo no me sentía preparada para conocer a nadie. En mi mente herida, la idea de que pudiera existir una segunda oportunidad para una loba apagada y rota se sentía como una hermosa mentira. No creía en los milagros de la Diosa, no creía que nadie pudiera amar los pedazos astillados de mi espíritu. Sin embargo, con el pulso tembloroso y el alma sumida en la incertidumbre, el vehículo devoraba los últimos metros que me separaban del baile de gala, avanzando directo hacia el umbral de un destino que estaba a punto de cambiar las reglas de mi existencia para siempre.