Es la 2da parte de la obra" No soy la debilidad de nadie", pero ahora la trama, es el embarazo de Valentina socia y amiga de las gemelas Laura y Lorena Lombardi. En la noche después de la fiesta de la empresa "Angora VS Asociadas", fundadas por las Lombardis y sus amigos Jon Jairon, Karla y Valentina en Moscú, recibio un premio internacional. Al finalizar la fiesta donde Alexander CEO y hermano mayor de las gemelas Lombardi encargado de la seguridad, es provocado por Valentina una mujer ardiente y sin filtros, y tiene un encuentro sexual apasionado, caliente y sin compromiso, donde ambos ponen sus límites. Solo que por el alcohol, la premura y el momento no fueron precavidos lo suficiente y la consecuencia es un Embarazo. Que pasará ahora...
NovelToon tiene autorización de Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El sol derrite la nieve.
El sol derrite la nieve.
La luz ceniza del atardecer moscovita se filtraba a través de los ventanales del penthouse, tiñendo de plata la tensión que oxidaba el aire entre ellos. Valentina Ivanova mantenía la barbilla en alto, sus ojos color avellana lanzando chispas de furia contenida mientras repetía aquella frase como un mantra: "Fue un daño colateral". Para ella, aquella vida que germinaba en su vientre no era más que el residuo de una noche de excesos, un error estadístico en la perfecta ecuación de su carrera. Alexander Lombardi, por el contrario, se erguía frente a ella como una muralla de voluntad férrea, sus mandíbulas tensas marcando los ángulos de un rostro que el dinero y el poder habían esculpido en mármol implacable. Él no concebía la idea de un heredero suyo creciendo sin su vigilancia, sin su control absoluto. No era solo deseo paternal, era posesión territorial: su primogénito no sería un secreto a voces ni un capricho desechable; sería la prolongación de su imperio, y Valentina, la portadora, debía comprender que su cuerpo y su futuro ya no le pertenecían por completo.
Ella rió con desdén, un sonido metálico que rebotó en el cristal, y le recordó que su útero no era una filial de Lombardi Corp. El calor de la discusión fue subiendo de tono, volviéndose denso, casi físico. Alexander dio un paso adelante, y ella, instintivamente, retrocedió. No era miedo, era el instinto de presa ante el depredador perfecto. Él siguió avanzando, sus zapatos italianos resonando sordos contra el roble alemán del piso; ella continuó retrocediendo, sintiendo cómo el perímetro de su libertad se reducía. Intentó desviarse, rodearle, pero su corpulencia de un metro noventa y cinco y noventa kilos de músculo funcional le cortaba cualquier ángulo de fuga.
La espalda de Valentina chocó finalmente contra la pared de la sala, el frío del empapelado texturizado atravesando la seda de su blusa. No había salida. En un movimiento tan rápido como inevitable, Alexander plantó sus brazos a ambos lados de su cabeza, encerrándola en una jaula de carne y hueso. El perfume amaderado y especiado de su piel, mezcla de sándalo y algo oscuro que era solo suyo, le saturó las fosas nasales, desordenándole las ideas. Fue entonces cuando el hombre la besó. No fue un beso, fue una invasión, una toma de posesión bañada en rabia contenida y hambre antigua. Sus labios aplastaron los de ella con crudeza, sin pedir permiso, reclamando lo que su orgullo herido creía suyo.
Las manos de Valentina se alzaron contra el pecho de él, empujando con la fuerza desesperada de quien se ahoga. Pero era como intentar mover una columna de granito. Alexander ni siquiera se inmutó; su cuerpo permaneció inamovible, y la presión de su boca se intensificó, exigiendo sumisión. Entonces, ella hizo lo único que su instinto le dictó: hundió los dientes en su labio inferior con ferocidad, sintiendo el calor metálico de la sangre estallar en su lengua. Él no retrocedió. No emitió ni un gemido de dolor. Al contrario, apartó el rostro milímetros, lamió el diminuto corte con lentitud, saboreando su propia hemoglobina, y una sonrisa torcida, peligrosa, se curvó en sus labios manchados de rojo. Seksual' naya blondinka, dijo(rubia ardiente en ruso en ruso), con aquel acento que convertía cualquier palabra en una sentencia, tendrás que hacer algo más que eso si quieres evitar que te folle como lo que eres.
La provocación surtió el efecto opuesto al buscado. En lugar de amedrentarse, Valentina soltó una carcajada, un sonido ronco y genuino que vibraba con desafío. "A mí, ningún cabrón me viola" espetó, sus dedos enroscándose en la nuca de él para atraerle de nuevo hacia ella, esta vez con intención. Vamos a follar porque estás hermoso cuando sangras, y porque me gustan los hombres grandes, que la tengan grande y que lo hagan duro y rico. Pero te advierto, Alexander: ningún hombre aguanta mi ritmo. Cuando me siguen, cuando creen que pueden domarme, se les rompe la protección, porque yo soy el fuego que quema y arrasa con todo.
Sin darle tiempo a reaccionar, Valentina saltó, enredando sus piernas fuertes y esbeltas en las caderas de él con una agilidad felina. Sus dedos buscaron los botones de su camisa y la rasgaron sin contemplaciones, liberando el torso esculpido, mientras su otra mano se arrancaba el sujetador con un movimiento brusco que hizo volar los aros. La espalda de ella seguía contra la pared, pero ahora su cuerpo se arqueaba contra el de él, reclamando con la misma violencia que él le había mostrado. Alexander intentó contenerse, frenar la embestida, recordar el embrión que crecía en ella, pero Valentina leyó la vacilación en sus ojos y lo detuvo en seco. Solo estoy preñada, no enferma, le susurró al oído, mordiéndole el lóbulo con dureza. Y si has venido a follar con lástima, puedes irte ahora mismo. Yo necesito que me lleven al cielo, porque no soy fácil de complacer. Tienes solo treinta minutos para demostrarme que no eres uno más. Con aquel ultimátum quemándole en la sangre, Alexander cedió al precipicio. El sexo fue salvaje, brutal, un choque de tormentas donde él perdió toda noción de control, y ella, cual fénix, lo recibió todo y exigió más, devorándole la cordura a dentelladas y arañazos mientras el reloj de la pared marcaba el paso frenético de una batalla que ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.
El vendaval amainó tan repentinamente como había estallado, dejando tras de sí un silencio roto solo por la respiración entrecortada y el goteo del sudor que perlaba sus pieles enlazadas. No hubo caricias tiernas, ni palabras susurradas; solo la evidencia física del combate: arañazos profundos que surcaban la espalda de Alexander como mapas de un territorio conquistado a la fuerza, y marcas de dientes en su hombro derecho que palpitaban al ritmo de su corazón aún acelerado. Valentina se desprendió de él con la frialdad de quien cierra un trato, y caminó desnuda hacia el baño de mármol negro, su silueta recortada contra la luz tenue. El agua cayó como un látigo sobre sus cuerpos; se bañaron en tiempo récord, sin miradas cómplices, con la eficiencia de dos adversarios que compartían ducha pero no intimidad. Alexander la observaba, el agua escurriendo por los surcos de sus abdominales, mientras ella se frotaba el cabello con indiferencia. Cuando salió, él aún estaba enjuagándose la sangre seca de los labios. Ella no esperó. Tomó una toalla blanca y se secó el cabello con movimientos bruscos, dejando que las gotas salpicaran el espejo. Acto seguido, se enfundó un conjunto de encaje rojo fuego: un brasier de aros que realzaba sus pechos y unas bragas diminutas que apenas cubrían la curva de sus caderas.
Sobre la piel aún húmeda, se vistió con prisa pero sin perder un ápice de elegancia: un pantalón de talle alto en un rojo bermellón vibrante y una chaqueta cruzada de un rojo burdeos más oscuro, conjuntados a la perfección con unas botas de tacón aguja y un bolso de mano que combinaba con el carmín de sus labios. Se sentó frente al tocador y, en apenas tres minutos, esculpió su rostro con pinceladas maestras: sombras ahumadas que agrandaban sus ojos, un delineado felino y el mismo rojo intenso en la boca que vestía su ropa. Se recogió el cabello en una coleta alta y pulcra, dejando al descubierto la línea de su cuello, aún marcada por los besos de él. Tomó las llaves de su deportivo rojo y, sin volverse, le lanzó una orden seca: Me voy. Cierra la puerta cuando termines. Asegura el penthouse y lárgate a tu casa. Su voz no dejaba espacio para réplicas. Alexander la vio cruzar la sala como una llamarada, abrir la puerta blindada y desaparecer en el pasillo, dejando tras de sí el rastro de su perfume mezclado con el sexo y el desafío. La puerta se cerró con un clic metálico, y él se quedó solo, desnudo y con el cuerpo llagado, en medio del silencio que ella había dejado a su paso.
Alexander no se permitió el lujo del desconcierto. Su mente metódica, entrenada en el arte de la vigilancia y el control, se puso en marcha mientras se vestía con la misma celeridad que ella. Se enfundó una camisa negra que ocultaba los arañazos y se calzó sin importarle la etiqueta; solo necesitaba estar operativo. Cuando salió al vestíbulo, el ascensor ya indicaba que Valentina había llegado al sótano. No importaba. Recuperó su tableta corporativa de la chaqueta y, con dedos ágiles, vulneró los protocolos de seguridad del edificio, saltó los cortafuegos municipales y en menos de treinta segundos estaba navegando por el circuito cerrado de cámaras de Moscú.
La imagen de su deportivo rojo apareció en la pantalla, zigzagueando entre el tráfico vespertino. Con una sonrisa depredadora, el controlador que habitaba en él tomó las riendas. Salió al garaje, subió a su propio vehículo, un blindado negro tan anodino como letal y comenzó a seguirla a una distancia prudencial, como el lobo solitario que se le apoda en el bajo mundo de la mafia porque acecha a la presa sin que ella sepa que la miran.
La ruta terminó en el Hotel Metropol, uno de los establecimientos más emblemáticos de la capital, cuya fachada modernista se alzaba imponente bajo el cielo nocturno. Valentina entró por la puerta giratoria y se dirigió directa al restaurante privado. Alexander aparcó enfrente, ajustó el zoom de su tableta y accedió a las cámaras internas del local. Allí la vio: sentada a una mesa junto a dos mujeres, Karla, la arquitecta de su estudio, de cabello corto y mirada calculadora, y Katia, la joven promesa del análisis de riesgos, recién ascendida. Frente a ellas, dos empresarios chinos de trajes impecables y sonrisas corteses que no llegaban a los ojos. Valentina se disculpó con una inclinación de cabeza por su retraso de exactamente tres minutos, y sin más preámbulos, desplegó los planos digitales sobre la mesa.
La discusión fue intensa y técnica: la construcción de dos hoteles de lujo, colosos de cristal y acero, en dos ciudades estratégicas de China—Shanghái y Pekín—que debían ser búnkeres de exclusividad y seguridad. Los chinos presionaban con plazos imposibles y cláusulas abusivas; Valentina contraatacaba con datos, estudios de viabilidad y una visión estética impecable que Karla respaldaba con croquis innovadores. Katia, por su parte, desgranaba los riesgos geopolíticos y logísticos con una frialdad que hacía palidecer a los abogados rivales. Finalmente, tras un forcejeo dialéctico de casi una hora, llegaron a un acuerdo intermedio: un last resort que blindaba a la firma de Angora VS asociados, contra posibles sanciones, pero que cedía en los beneficios inmediatos.
Brindaron con té verde humeante. Los chinos asintieron, satisfechos. Valentina sonreía con la boca, pero sus ojos verdes seguían siendo dos puñales. Alexander, oculto en la penumbra de la pantalla, apretó la mandíbula mientras observaba cada gesto de ella. No era solo la socia de las gemelas; era la futura madre de su primogenito, su némesis, su obsesión. Desde lejos, en el frío de su coche, el CEO de la oscuridad la vigilaba, esperando el momento de recordarle que, por mucho que ella huyera, siempre estaría a solo un paso de su sombra, Ella es como el sol que derrite la nieve en su interior.