Sofía Miller, la brillante directora creativa de Big Eye Creative, y Sebastián Lombardi, el reservado CEO que lucha por salvar la empresa de su padre, se ven obligados a trabajar juntos. En el proceso, la tensión laboral se transforma en un amor apasionado. Sin embargo, la misma noche en que él le propone matrimonio, un rival provoca un trágico accidente de coche.Al despertar, Sofía recibe un doble impacto: Sebastián está en coma y ella espera un hijo suyo. Un año después, el CEO abre los ojos, pero una amnesia severa ha borrado su último año de recuerdos. Sebastián no reconoce a Sofía y cae en las redes de Daphne, su calculadora exprometida que vuelve para quedarse con su fortuna.Protegida en secreto por el abuelo de su bebé, Sofía regresa a la oficina y a la clínica para dar una batalla silenciosa. ¿Podrá el recuerdo de su amor y el latido de su hija Lucía romper el hielo de su memoria, o se perderá para siempre? Una historia de traición, intriga y reconquista.
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CAPITULO 16. MASCARAS CAIDAS EN LA OFICINA.
El viaje de regreso a las oficinas de Big Eye Creative fue una mezcla de alivio y adrenalina. Aunque habíamos desarmado la sucia jugada de Alan con total elegancia, sabíamos que la parte más dolorosa estaba por venir: confrontar al traidor que dormía en nuestra propia cama corporativa. Al cruzar el vestíbulo principal, mantuvimos nuestra distancia profesional, pero el ambiente festivo de la oficina nos recibió de inmediato. Todo el mundo seguía celebrando el éxito definitivo de la campaña de Sailing Dreams.
Tom estaba de pie cerca del mostrador de recepción, sosteniendo una carpeta con las manos notablemente tensas. Había estado vigilando el ascensor de forma obsesiva durante la última hora. En su cabeza, Alan ya debería haber destruido a Sebastián y provocado el llanto de Sofía, obligándola a regresar a la agencia derrotada. Pero al verlos entrar con el contrato intacto, caminando firmes y con rostros de absoluta tranquilidad, su mundo se vino abajo. Su rostro se puso pálido y sus ojos se abrieron con un pánico descontrolado. Las cosas habían salido mal.
Antes de que Sebastián pudiera dirigirse a su oficina presidencial, Tom dio un paso al frente y se interpuso en mi camino aprovechando que mi jefe se había detenido un segundo a saludar a Gladis.
—Sofía... —me llamó Tom con una voz temblorosa, visiblemente alterado—. Necesito hablar contigo de inmediato en tu despacho. Es un asunto contable de extrema urgencia sobre los últimos desgloses de la imprenta. Por favor, son solo cinco minutos.
Miré a Tom directamente a los ojos. Ya no sentía la culpabilidad del pasado por haber rechazado sus sentimientos; solo sentía una profunda decepción. Sabía perfectamente lo que había hecho el viernes por la noche. Sebastián me puso una mano suave en el hombro, indicándome con la mirada que estaba bien que hablara con él antes de la reunión definitiva.
—Está bien, Tom. Vamos a mi oficina —respondí con una voz neutra y fría que lo descolocó.
Caminamos hacia mi cubículo privado. En cuanto entramos, Tom cerró la puerta con prisa y se giró hacia mí, intentando tomar mis manos, pero di un paso atrás para evitar el contacto.
—Sofía, tienes que escucharme —comenzó a decir de forma atropellada, con los ojos inyectados en una desesperación enfermiza—. Sé que las cosas con Sailing Dreams se están poniendo difíciles y que Lombardi te está arrastrando a un terreno peligroso. Yo solo quiero protegerte, lo juro. Si necesitas salir de aquí, si este lugar se hunde, yo tengo un plan para nosotros. Podemos empezar desde cero en otra parte, juntos. Yo te daré el lugar que te mereces, no como él, que solo te usa para colgarse las medallas de tu talento. Regresa conmigo, Sofía, como en los viejos tiempos.
Lo escuché en absoluto silencio, sintiendo una mezcla de lástima y repugnancia por la forma en que intentaba manipularme.
—¿Los viejos tiempos, Tom? —lo interrumpí, cruzándome de brazos y mirándolo con una fijeza implacable—. En los viejos tiempos éramos amigos y nos respetábamos. El hombre que tengo enfrente ahora no tiene nada que ver con mi amigo. Ya es suficiente de mentiras. El señor Lombardi nos espera en el último piso. Camina.
Tom se quedó estático, tragando saliva con dificultad al darse cuenta de que su discurso no había funcionado en lo absoluto. Salimos de la oficina y lo guie directamente hacia el ascensor presidencial.
Pocos minutos después, nos encontrábamos dentro del despacho de Sebastián. La puerta se cerró con un clic definitivo. Mi jefe estaba sentado detrás de su gran escritorio de roble, con una postura imponente que emanaba una autoridad absoluta. Al vernos entrar, se puso de pie, abotonó su chaqueta de sastre y caminó hacia nosotros con paso lento y seguro.
—Toma asiento, Tomás —ordenó Sebastián, usando una voz de trueno que hizo que el contable se estremeciera. Tom obedeció de inmediato, sentándose en la silla frente al escritorio con las manos temblorosas. Yo me coloqué de pie al lado de Sebastián, apoyando mi mano en su brazo firme.
—Señor Lombardi... no entiendo qué está pasando aquí. Sofía me trajo de forma abrupta y yo tengo mucho trabajo de auditoría que terminar abajo —intentó defenderse Tom, forzando una sonrisa rígida que delataba su pánico.
—Tu trabajo de auditoría en esta empresa terminó el viernes a las siete de la noche, Tomás —sentenció Sebastián con una frialdad implacable.
Sebastián deslizó una carpeta de color azul sobre el escritorio y la abrió, mostrando varias hojas impresas con gráficos de códigos y registros de datos informáticos.
—Este es el reporte del servidor central de la agencia. El viernes por la noche, tras la fiesta de la oficina, alguien ingresó al sistema informático con tus credenciales de acceso de alta seguridad y descargó la campaña completa de Sailing Dreams en un dispositivo USB. Esos mismos archivos fueron entregados a la competencia y presentados hoy en la sala de juntas de la corporación como un supuesto plagio de nuestra parte. Intentaste destruir la empresa de mi padre, Tomás. Intentaste destruir el trabajo de Sofía.
Tom miró los papeles impresos y su boca se abrió ligeramente, incapaz de articular una sola palabra coherente. Sus huellas digitales electrónicas estaban allí, nítidas e innegables. La máscara del amigo protector se le había caído por completo de la cara.
—¡Lo hice por ella! —estalló Tom de pronto, levantándose de la silla con los ojos llenos de una rabia impotente, señalándome con el dedo—. ¡Tú te apareciste de la nada a quitármela! ¡Ella era mía antes de que llegaras con tu traje de CEO! Ibas a arrastrarla a la quiebra y yo solo quería salvarla de tu pésima gestión. Alan Vance me prometió que a ella no le pasaría nada, que fundaríamos una nueva agencia donde ella sería la estrella y tú quedarías en el fango, donde perteneces.
Sebastián ni siquiera pestañeó ante sus gritos. Se mantuvo firme como una roca, colocándose sutilmente delante de mí para protegerme de la mirada desquiciada del contable.
—Sofía nunca fue tuya, Tomás. Las personas no le pertenecen a nadie —respondió Sebastián con una calma que destilaba un desprecio absoluto—. Y tu arrogancia te cegó tanto que te aliaste con la peor víbora del mercado. Alan Vance te usó como un peón descartable. A él no le importaba Sofía, ni tú, ni tu carrera. Solo quería vengarse porque lo puse en su lugar en Ciudad Y.
Sebastián presionó un botón del teléfono de su escritorio.
—Gladis, por favor, dile a los oficiales de seguridad y al representante legal del sindicato que pasen al despacho —ordenó firmemente. Luego, volvió a mirar a Tom—. Estás oficialmente despedido de Big Eye Creative con causa justificada por espionaje industrial y robo de propiedad intelectual. Nuestros abogados ya están presentando la demanda penal ante la fiscalía en este mismo momento. La policía te espera abajo para escoltarte fuera del edificio.
Tom cayó de rodillas moralmente sobre la silla, ocultando el rostro entre sus manos mientras la realidad de su total fracaso lo golpeaba con fuerza. Había perdido su empleo, su reputación profesional de años y la última pizca de la amistad de la mujer que decía amar. Todo por dejarse consumir por unos celos enfermizos.
La puerta se abrió y el equipo de seguridad se llevó a Tom en absoluto silencio. Cuando nos quedamos solos en el despacho, solté un largo suspiro de alivio, sintiendo que un enorme peso se me quitaba de encima. Sebastián se giró hacia mí de inmediato, me tomó de la cintura con una ternura infinita y me apegó a su pecho musculoso, besando mi frente con amor.
—Ya pasó, preciosa —me susurró al oído con su voz ronca y protectora—. El traidor está fuera de nuestro camino. Desarmamos el primer ataque de Alan y salvamos la empresa. Juntos somos imparables.
Apoyé mi cabeza en su hombro, respirando su delicioso perfume amaderado y sonriendo de felicidad. Habíamos limpiado nuestra oficina de la maleza, y aunque sabíamos que Alan seguiría maquinando planes desde su corporación, nuestra complicidad, nuestro amor y nuestra inteligencia jovial nos harían vencer cualquier tormenta en el paraíso.