Leandro está en campaña de buscar un esposo para su madre y un buen padre para él. ¿Este pequeño niño de tan solo 10 años podrá encontrar al hombre perfecto? O en su travesía descubrirá secretos escondidos de traiciones y engaños pasados que sufrió su madre.
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Una oportunidad para el amor.
Con todo listo, volvimos a casa. Leo no dejaba de correr de un lado a otro, emoción desbordante en cada paso, ansioso por el torneo que lo tenía prendido de cuerpo y alma. Revisé sus apuntes… y de verdad, mi hijo me dejó sin palabras. ¡Era un genio en potencia! Sin dudas, conseguiría todo lo que se propusiera en el futuro.
- ¿Mamá… tú eras buena en matemáticas? – preguntó por fin, dejándose caer pesadamente junto a mí, con esa mirada curiosa.
- Bueno… fui la mejor de la clase – dije con orgullo, sintiendo cómo el recuerdo de esos años brillaba en mis ojos. – Gracias a mis notas, conseguí ser administradora de una gran empresa. Yo era la encargada de cerrar tratos increíbles, con clientes de todo el mundo.
- ¡Wow! Entonces yo salí a ti – sonrió, su rostro iluminado por un orgullo que me partió el pecho de ternura.
- Ja ja ja… Así es, mi amor. Eres idéntico a mí – pero su sonrisa no duró más que un instante, en un abrir y cerrar de ojos, se borró por completo, como si un viento frío hubiera pasado por entre nosotros.
- Entonces… ¿por qué pasamos tantas dificultades? ¿Por qué trabajabas hasta el cansancio en cafeterías si eres tan buena?
Sabía que tarde o temprano estas preguntas llegarían. Entre más creciera Leo, más me costaría seguir ocultando la verdad.
- Bueno, lo que sucedió, amor mío… es que cuando estaba embarazada, las personas ya no querían darme trabajo. Porque me costaba moverme, porque una no se siente bien en ese estado… Y luego, cuando naciste, yo no podía estar lejos de ti, no lo soportaba. Así que los únicos trabajos que me permitían cuidarte y ganar dinero eran los de camarera. La señora Cho tampoco fue tan mala, ¿recuerdas? Te dejaba quedarte en el salón de descanso con su nieto…
- Sí… pero todo hubiera sido más fácil si papá hubiera estado a nuestro lado. Así tú no tendrías que sacrificarte tanto – dijo, agachando la mirada, y vi cómo una lágrima pequeña se deslizaba por su mejilla. Lo atraje a mi regazo con fuerza, acariciando su cabello.
- Mi amor… siempre supe que era lo suficientemente fuerte para hacerlo sola. Y hay veces en la vida en que es preferible esto, a tener un padre o madre que no te quiere… que te hace sentir triste. ¿Eres feliz conmigo?
- ¡Muchísimo! Eres la mejor mamá del mundo – respondió, abrazándome con toda la fuerza de su pequeño cuerpo.
- Y tú eres el mejor hijo que la vida me regaló. No me importó nada, Leo. Dejar mi trabajo bien pagado con tal de cuidarte, de asegurarme de que estabas bien… Una niñera no siempre es la mejor opción. Prefiero mil veces esto, antes que tener una casa grande llena de lujos… y carente de amor. Te amo, mi vida. Eres todo lo que necesito para ser feliz.
- También te amo, mamá. Siempre te amaré, y cuando sea mayor yo cuidaré de ti lo juro – dijo, mirándome a los ojos con una seriedad que no le correspondía a su edad.
¿Qué más le podía pedir al cielo, si lo tenía todo entre mis brazos en ese preciso instante?
La noche estaba tan encantadora, tan llena de magia, que se me ocurrió una idea loca. Tomé mi celular y le mandé un mensaje a Nahuel. No tardó nada en responder: “Ahora mismo salgo para allá”.
A veces me siento mal con él. Trabaja todo el día, y cuando yo le llamo, no tarda en venir… como si nosotros fuéramos lo más importante del mundo, como si el cansancio del día no importara en lo absoluto.
Arreglé a Leo con esmero, y yo misma me puse un vestido que él mismo había escogido para mí. Al primer bocinazo, los dos salimos corriendo como locos para recibirlo.
- ¡Se ven grandiosos los dos! ¿Acaso es un día especial? – preguntó, con sus ojos brillando como dos estrellas en la oscuridad.
- También estás muy guapo… y sí, es un día especial. Es un día lleno de felicidad, porque tenemos salud, trabajo, amistades… y todas las ganas del mundo de salir adelante – dije con una sonrisa que venía directamente del corazón, sintiéndome en paz por fin.
- Suena la mejor celebración de todas. ¿Qué tal si vamos a comer mariscos? – propuso, y Leo saltó a sus brazos con una emoción que no cabía en su cuerpo.
- ¡Me encantan los mariscos!
- Ja ja ja… ¡Qué bien! A mí igual – respondio Nahuel.. viéndolos así, tan únicos… un bálsamo para mi corazón herido por tantos años de lucha. Sin dudas, mi hijo no se equivocaba, y yo comenzaba a entenderlo.
Durante el viaje, le pregunté muy seriamente sobre este asunto que me rondaba la cabeza.
- ¿De verdad no te molesta acompañarnos? Entiendo que estés cansado, que tengas cosas que hacer… no es justo que siempre tengas que estar con nosotros, Nahuel.
- Briella… la verdad es que no tengo muchos amigos. La tarea la suelo corregir en la escuela porque me gusta que los niños se aseguren de entender todo a la perfección… y en casa estoy solo. No es una molestia en lo absoluto. Más bien, te tengo que agradecer por incluirme en sus vidas – dijo, mirándome con una sinceridad que me conmovió.
- ¿Lo dices en serio? – indagué, aún sin creérmelo del todo.
- Por supuesto. Mi pasatiempo favorito es trabajar en este auto, pero últimamente se ha portado muy bien. Además… me gusta pasar el tiempo con ustedes dos. Es lo mejor de mis días, cuando llamas para hacer algo juntos.
No lo podía entender. Nahuel era un hombre educado, inteligente, divertido… era casi imposible que no tuviera a nadie en su vida. Pero tampoco quería sonar indiscreta y preguntar más de la cuenta.
Al llegar al lugar, todo lucía increíble. Leo tenía su rostro pegado a la vidriera, mientras la baba le caía por la barbilla… y Nahuel, increíblemente, no estaba mejor que él, sus ojos brillaban al ver los pescados y mariscos exhibidos.
- Ja ja ja… ¡Chicos, ya vamos a la mesa, por favor! La mesera nos ve extraño – los tome a ambos de las manos, jalandolos hacia un rincón tranquilo, mientras la empleada intentaba contener la risa.
- ¿Viste ese pez, Nahuel? – preguntó Leo emocionado.
- Yo me muero por probar el pulpo en su salsa – respondió Nahuel, como si fuera un niño más.
- De seguro sabe riquísimo.
- ¡Y luego vamos por aquellos de la otra esquina! Son los mejores del lugar.
- ¡Y EL CANGREJO! No te olvides del cangrejo – gritó Leo, haciendo que todos nos volvieran a mirar.
Entre sus parloteos, me quedé quieta viendo cómo la camarera por fin no pudo aguantar y se rio a carcajadas.
- Su esposo y su hijo sí que se parecen mucho – soltó por fin, mirándome a los ojos con una sonrisa tierna.
- Oh, esto no… – no sabía qué decir, sintiendo cómo mis mejillas se calentaban de la nada. – Son tal para cual… hacen mi vida más feliz con sus locuras.
- Qué afortunada – dijo la mujer. – Ahora mismo les traigo sus bebidas.
Nahuel se quedó mirándome por un instante sin decir nada… pero su sonrisa ya lo decía todo.
En un abrir y cerrar de ojos, la mesa se llenó de platos que poco a poco fueron quedando vacíos, mientras risas y conversaciones llenaban el aire.
- ¿Y si vamos a caminar un poco para bajar la comida? – propuso Nahuel, y de inmediato Leo, con dificultad, se bajó de su silla y lo tomó de la mano.
- ¡VAMOS! – gritó, corriendo hacia la puerta.
Yo también caminé hacia ellos, pero Nahuel, sin darme tiempo a reaccionar, sujetó mi mano con cariño, haciendo que mi corazón latiera como loco en mi pecho, tan fuerte que creía que todos lo podían escuchar.
Al llegar al parque, Leo corrió al instante al ver un cachorro jugando en el pasto. Y Nahuel, por fin, lo dijo.
- Fue increíble…
- Sí, de verdad estuvo muy rico todo – respondí, intentando disimular la emoción que me agarraba.
- Yo no hablo de la comida… hablo de lo que sucedió. Cuando la camarera dijo que era tu esposo y el padre de Leo… tú no lo desmentiste. Y eso me hizo inmensamente feliz, Briella. Por un instante… de verdad creí tener una familia.
Este hombre tenía la habilidad de dejarme muda en los momentos más importantes. Respiré profundamente, sintiendo cómo el nudo en mi estómago se hacía cada vez más grande, y también me confesé, con todas las fuerzas que me quedaban.
- Sabes… lo he estado pensando mucho. Y me gustas, Nahuel. Me gustas mucho… y también deseo que seas parte de nuestra familia. Aunque no tengo mucho que ofrecer, y mis dudas y temores son enormes… quiero intentarlo. Contigo, si así aún lo quieres.
Sentía ese nudo en el estómago crecer hasta no poder más, al no obtener su respuesta de inmediato. Pero de repente, sentí sus manos firmes en mi cintura, levantándome del suelo y girándome por los aires con fuerza, mientras su risa resonaba como música en la noche. Su sonrisa era la cosa más hermosa que había visto en la vida… después de la de mi hijo.
- ¡DIME QUE NO ES UNA BROMA! – gritó, con lágrimas de felicidad en los ojos.
- ¡No lo es! ¡Cuidado, te vas a hacer daño! – respondí, asustada, pero llena de alegría.
- ¡Me acabas de hacer el hombre más feliz del mundo, Briella! – dijo, bajándome suavemente y abrazándome con toda su fuerza, mientras Leo corría hacia nosotros, riendo y gritando de alegría sin saber bien por qué… pero sintiendo que algo maravilloso acababa de suceder.