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Sinopsis:
Alondra, la hermosa hija de un humilde leñador, es abandonada en un altar de piedra en el corazón del bosque prohibido como un sacrificio humano para apaciguar a las bestias salvajes. Sin embargo, su destino cambia drásticamente cuando emerge de la niebla Caleb, el imponente y tatuado Alfa de la Manada Roja. Al olfatear su piel, el lazo místico de las almas compañeras (mates) se despierta de golpe, transformando a la supuesta víctima en la legítima reina de los lobos. Protegida por las garras de un líder implacable y devoto, Alondra deberá dejar atrás sus miedos mortales para asumir su lugar como la Luna de la fortaleza, mientras el pueblo que la desechó planea una traición que pondrá a prueba la fuerza de su ardiente vínculo.
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CAPÍTULO 10
Los primeros rayos del amanecer se filtraron perezosamente a través de los cristales escarchados del ventanal, tiñendo la habitación de tonos dorados y violetas. La feroz tormenta de la noche anterior finalmente había amainado, dejando tras de sí un manto espeso de nieve fresca que brillaba como diamantes bajo la luz del nuevo día. Dentro de los aposentos del Alfa, el silencio era absoluto, roto únicamente por el suave y rítmico sonido de la respiración de los dos amantes.
Alondra se despertó lentamente, experimentando una sensación de plenitud y calidez que jamás había conocido. Se encontró completamente acurrucada contra el cuerpo colosal de Caleb. Los poderosos brazos tatuados del Alfa la rodeaban con firmeza, manteniéndola pegada a su pecho desnudo, como si incluso dormido su instinto primordial fuera protegerla de cualquier peligro del mundo exterior. El calor febril que emanaba de la piel bronceada de su compañero la envolvía como una barrera impenetrable contra el frío del invierno.
Con una sonrisa tímida dibujándose en sus labios carnosos, Alondra alzó la mirada para contemplar el rostro esculpido del guerrero. Sin la rigidez de las batallas o las responsabilidades del liderazgo, las facciones de Caleb lucían extrañamente pacíficas, casi vulnerables. La joven extendió una mano con delicadeza, rozando con las yemas de sus dedos las líneas oscuras de los tatuajes tribales que adornaban su hombro, maravillada al recordar la fuerza, la urgencia y la inmensa ternura con la que él la había amado durante toda la noche. El vínculo que los unía ya no era una teoría mística o una leyenda de terror; ahora era una realidad ardiente que corría por sus venas, llenando su pecho de un orgullo salvaje y una devoción absoluta.
Caleb dejó escapar un suspiro profundo y ronco. Sus pestañas se agitaron y sus ojos dorados se abrieron, fijándose de inmediato en la joven rubia que descansaba sobre su pecho. Al ver la luz azul de la mirada de Alondra y la suavidad de su sonrisa, las pupilas del Alfa se dilataron con una oleada de afecto puro y posesivo.
—Buenos días, mi hermosa reina —susurró Caleb. Su voz, pastosa por el sueño, era un ronroneo bajo y vibrante que erizó la piel de Alondra.
El Alfa se inclinó y atrapó sus labios en un beso lento, profundo y lleno de una calidez reconfortante que recordaba las brasas de la chimenea. Sus manos grandes acariciaron la cintura de la joven, atrayéndola un poco más hacia arriba, deleitándose con la cercanía de sus cuerpos.
—Pensé que estaba soñando —confesó Caleb contra su boca, rozando su nariz con la de ella—. Pero sentir los latidos de tu corazón junto al mío me demuestra que los dioses finalmente han sido justos conmigo. Eres mi compañera en todos los sentidos de la palabra, Alondra. El lazo está sellado.
—No es un sueño, Caleb —respondió ella en un susurro, enredando sus dedos en la revuelta cabellera castaña del Alfa—. Ya no tengo miedo de lo que soy a tu lado. Mi lugar está aquí, en la fortaleza, contigo.
Caleb sonrió, y una chispa de determinación y orgullo brilló en sus ojos dorados. Se incorporó en la cama, apoyando la espalda contra el cabezal de madera tallada, arrastrando a Alondra consigo para mantenerla abrazada contra su costado.
—Si tu lugar está aquí, entonces es momento de que toda la montaña lo sepa —declaró el Alfa con solemnidad, y su voz recuperó ese tono imponente que caracterizaba al líder de la Manada Roja—. Esta noche la luna alcanzará su punto más alto en el ciclo invernal. Es la noche de la Gran Luna Llena. Convocaré a todos los clanes, a los guerreros, a los ancianos y a las familias de nuestro territorio al gran patio de la fortaleza.
Alondra lo miró con curiosidad, sintiendo un leve cosquilleo de nerviosismo en el estómago.
—¿Una convocatoria? ¿Para qué, Caleb?
El Alfa tomó su mano, entrelazando sus dedos con fuerza, y la miró con una reverencia absoluta.
—Para presentarte oficialmente como la Luna de la Manada Roja —explicó, y los tatuajes de sus brazos parecieron tensarse con orgullo—. Los humanos te entregaron en un altar creyendo que te enviaban a la tumba, pero esta noche mi pueblo se arrodillará ante ti, no como un sacrificio, sino como su reina. Te otorgaré la marca de la manada ante el fuego sagrado, y compartiré mi estatus de Alfa contigo. A partir de hoy, tu palabra será ley en estas tierras, y nadie, ni humano ni bestia, se atreverá a cuestionar tu derecho a gobernar a mi lado.
El impacto de sus palabras dejó a Alondra sin aliento por un segundo. Ella, la humilde hija de un leñador del valle, estaba a punto de convertirse en la soberana de la raza más poderosa e incomprendida de la creación. Sin embargo, al mirar los hombros anchos de Caleb, su pecho esculpido y la honestidad aplastante que emanaba de su mirada dorada, el nerviosismo se transformó en una fuerza arrolladora. Ya no era la muchacha desamparada que temblaba encadenada a la piedra. La pasión de la noche anterior y el amor del Alfa la habían transformado, despertando en su interior la dignidad y el fuego de una verdadera gobernante.
—Estoy lista, Caleb —dijo Alondra con firmeza, sosteniéndole la mirada con una valentía que hizo que el lobo interno del Alfa aullara de satisfacción—. Si tú caminas a mi lado, enfrentaré lo que sea. Seré la Luna que tu manada necesita.
Caleb soltó un rugido bajo de aprobación, desbordado por el orgullo. Se abalanzó de nuevo sobre ella, atrapando su cuerpo entre las sábanas de lino, cubriendo su rostro, su cuello y sus hombros con besos hambrientos y apasionados que encendieron nuevamente el fuego de la estancia. La preparación para la gran ceremonia de la noche comenzaría pronto, y la fortaleza entera se vestiría de fiesta para recibir a su nueva reina, pero en ese rincón privado del mundo, el Alfa y su compañera se entregaron una vez más al calor de su amor, listos para iniciar juntos una nueva era de poder y gloria en las tierras altas.