Un acuerdo que no eligió. Un desconocido que debe aceptar. Y un lazo que el tiempo ni la muerte pudieron romper.
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CAPÍTULO 10 La primera noche juntos
Cuando la noche cayó por completo y los niños ya se habían ido a dormir a su habitación, él cerró la puerta con seguro detrás de ellos, con un sonido seco y definitivo.
No me dijo nada, no me miró con esa suavidad que a veces intentaba disimular, sino que se mantuvo con su rostro serio y firme, como si estuviera tomando una decisión que nadie podría cambiar jamás.
Se quitó la chaqueta y la ropa exterior con movimientos lentos y seguros, la acomodó en su lugar y luego se acercó a la cama.
Se recostó a mi lado sin pedirme permiso, sin preguntarme si me parecía bien, sin darme opción alguna.
Era su decisión, y yo solo debía aceptarla.
En cuanto estuvo acostado, no perdió ni un segundo.
Se giró hacia mí, rodeó mi cintura con su brazo fuerte y me atrajo contra su cuerpo con una firmeza que no admitía rechazo.
Me pegó tanto a él que pude sentir el latido de su corazón, acelerado y profundo, como si llevara mucho tiempo latiendo con esa misma intensidad desde el día del susto.
Apoyó su barbilla sobre mi cabeza y me envolvió por completo, abrazándome como si quisiera fundirse conmigo, como si temiera que si me soltaba un solo instante, desaparecería de nuevo.
—Así estaremos bien —murmuró contra mi cabello, con voz grave y tajante—.
No te muevas.
Quédate exactamente así.
No dejaré que te alejes ni un centímetro de mí.
Intenté acomodarme un poco, todavía sintiendo debilidad en el cuerpo y un poco extraña por esa cercanía tan repentina, pero él no me soltó.
Al contrario, me apretó un poquito más, con una mezcla de posesión y protección que nunca había sentido antes.
—No te escaparás de mi lado esta vez —repitió con esa seguridad que lo caracterizaba—.
No permitiré que te pase nada estando yo en otra parte de la casa.
Ahora estoy aquí, y así será todas las noches, todos los días, a cada instante.
Ya no hay excusas, ni distancias, ni tratos que valgan.
Soy tu esposo, y mi lugar es aquí, sosteniéndote.
No hubo explicaciones largas, ni palabras tiernas que no fueran acordes a su forma de ser.
Simplemente, tomó lo que consideraba suyo y se quedó allí, abrazado a mí, respirando despacio sobre mi cabello.
Sentí cómo su mano recorría mi espalda despacio, con movimientos lentos y constantes, un gesto que no hacía por cumplir una obligación, sino por una necesidad inmensa de tenerme cerca, de asegurarse de que estaba real, de carne y hueso, a su lado.
—Duerme —ordenó bajito, aunque su voz ya no sonaba tan dura como antes—.
Yo me quedo despierto un rato más.
No voy a cerrar los ojos hasta estar completamente seguro de que sigues aquí, conmigo.
Y así, acurrucada entre sus brazos fuertes y seguros, entendí la verdad que él no quería decir en voz alta.
Ese abrazo no era solo por lo que me había dicho sobre ser esposos o cumplir deberes.
Era su forma de calmar ese miedo terrible que le había quedado clavado en el pecho desde el día que me encontró tirada en el suelo, sin vida y sin responderle.
No necesitaba decirme nada más:
con tenerme así, pegada a él, ya estaba confesando todo lo que su orgullo no le permitía pronunciar.
Que me necesitaba, que me quería, y que jamás volvería a arriesgarse a perderme.