Fabiana Camargo es una joven trabajadora, responsable y muy afectuosa, Aunque es un imán para meterle en problemas y meter la pata. Una accidente lo cambia todo, pone su ya frágil mundo patas arriba.
Lo peor de todo esto es que tiene enemigos terroríficos y resulta que la esposa, esa esposa es ella.
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Cap. 15 ¡Creo que tienes fiebre!
Lucrecia señaló a Fabiana con la barbilla, sin perder la sonrisa.
—Vine a ayudar a mi cuñada —declaró, como si fuera lo más obvio del mundo.
—¿Crees que es fácil cuidar de un energúmeno como tú, que además se ha dado el lujo de perder la memoria? Claro que no. —Y, con una familiaridad que dejó boquiabierta a Fabiana, lo empujó suavemente hacia los pasillos interiores, con el gesto despreocupado de quien ha hecho lo mismo desde la infancia.
—Ve. Date un baño. Acomódate. Que mi cuñada y yo prepararemos algo para comer y pondremos al día los chismes… digo, las novedades.
Mientras empujaba a un Lucian que protestaba a medias, pero que, significativamente, obedecía, Lucrecia le lanzó a Fabiana una mirada rápida por encima del hombro. Era una mirada que decía: "Tranquila. Yo controlo. Y tú y yo vamos a hablar."
Fabiana se quedó en el amplio y silencioso recibidor, la maleta a sus pies, otra vez estresada, pero por una razón completamente nueva. El alivio de que no fuera Jimena, Manuel o Patricia se mezcló con una ansiedad fresca.
¿Era Lucrecia una amiga o una enemiga más sofisticada? ¿Una aliada en esta locura o una espía de la familia? Su instinto, sin embargo, le decía que Lucrecia era diferente. Que quizás, solo quizás, había llegado la caballería… o al menos, alguien con un mapa de este campo de batalla absurdo.
En cuanto los pasos de Lucian se alejaron, Lucrecia giró sobre sus tacones y se plantó frente a Fabiana. La sonrisa pícara se suavizó, reemplazada por una curiosidad intensa y una franqueza desarmante.
—Ok, cuñada impostora. Hablemos rápido antes de que el paciente regrese. Soy Lucrecia. La única persona en esta familia disfuncional que quiere a Lucian de verdad y no como un activo. Y tú eres Fabiana, la asistente que trabajaba como una mula y a la que ahora mi primo cree que le juró amor eterno. ¿En lo básico, voy bien?
Fabiana asintió, demasiado abrumada para hablar.
—Bien. Entonces, esto es lo que vamos a hacer —dijo Lucrecia, agarrándola del brazo y guiándola hacia la cocina de acero inoxidable.
—Tú vas a fingir que este es tu hogar y que me quieres como a una hermana (o al menos me soportas). Yo voy a hacer de barrera contra los Borbón mayores y contra la vampiresa de Patricia. Y vamos a cuidar a ese idiota hasta que recupere la memoria o hasta que decidamos que esta versión es más divertida y lo dejemos así.
—¿Tú… tú no piensas que soy una oportunista? —logró preguntar Fabiana, sorprendida por la crudeza y el apoyo.
Lucrecia soltó una carcajada corta.
—¿Tú? Por favor. He visto las oportunistas que rodean a Lucian, y vienen con quirófano incorporado y sonrisas de porcelana. Tú tienes cara de "ayúdenme, por favor, me caí en una novela turca". Es refrescante. Además, él te defiende. Y Lucian no defiende a nadie que no valga la pena, ni siquiera en un sueño.
Sus palabras eran un salvavidas. Fabiana sintió que los hombros le bajaban de tensión, por primera vez en semanas.
—Ahora —continuó Lucrecia, abriendo el refrigerador—, dime qué come él cuando está confundido y enamorado, porque el Lucian que yo conozco vive de café y orgullo.
—Papilla de… no, mentira — corrigió Fabiana, y por primera vez, una sonrisa genuina, de complicidad, asomó a sus labios. —No sé. Pero podemos averiguarlo juntas.
Ambas se pusieron manos a la obra. Bueno, Fabiana se puso manos a la obra, porque a Lucrecia, según confesó entre risas, "se le quema hasta el agua hirviendo". Pero fue el pretexto perfecto para una conversación urgente.
Mientras Fabiana rebuscaba en la despensa hipersurtida (¿quién necesitaba tres tipos de sal marina?), le contó la historia desde el principio: el accidente, el coma, la confusión, la imposición familiar, los delirios de Lucian. Lucrecia escuchaba, apoyada en la isla de la cocina, sin la sombra de sospecha que tenían los otros Borbón.
—Mis tíos creen que es un plan maquiavélico tuyo para quedarte con el imperio —comentó Lucrecia, rodando los ojos. —Patricia está segura de que usaste magia negra de baja calidad.
Fabiana soltó una risa nerviosa que pronto se convirtió en genuina cuando Lucrecia empezó a imitar la voz horrorizada de Jimena y la risa de Lucrecia, contagiosa y liberadora, la envolvió. Por primera vez desde el accidente, Fabiana se reía, de verdad, de la absurdidad de su situación. Era catártico.
Fue en medio de esa risa compartida que vieron salir a Lucian. Se había bañado y cambiado a ropa casual —un suéter de lana oscura y pantalones de lino— pero algo no iba bien. Su rostro, normalmente tan compuesto, estaba pálido, y apoyaba una mano ligeramente en la pared del pasillo, como si buscara equilibrio. Sus ojos parecían vidriosos, perdidos.
Sin pensarlo, sin recordar siquiera que estaba fingiendo, el instinto de Fabiana —el de cuidadora compulsiva que había velado por él durante un mes— se disparó. Dejó la caja de pasta que sostenía y corrió hacia él.
LUCIAN
—Lucian, ¿qué te pasa? —preguntó, su voz llena de una preocupación inmediata y genuina.
—Déjame ver… —dijo, y antes de que él pudiera protestar o que ella recordara que tal vez no debía tocarlo así, le puso la mano en la frente.
FABIANA
—¡Creo que tienes fiebre!
Su gesto fue rápido, práctico, maternal. El gesto de alguien que ha asumido la responsabilidad del bienestar de otro y actúa por puro reflejo.
Lucrecia, desde la cocina, se quedó atónita. No por la fiebre, sino por la escena. Vio la velocidad con la que Fabiana había reaccionado, la naturalidad absoluta de su contacto, la inquietud auténtica en sus ojos. No había cálculo, ni fingimiento, ni aspiración social. Solo pura y simple preocupación humana.
Una sonrisa lenta, cálida y comprensiva se dibujó en el rostro de Lucrecia mientras observaba. "Caray", pensó, cruzando los brazos. "Mi primo idiota no solo consiguió una mujer joven y hermosa por arte de magia cerebral. Consiguió a una dulzura. A una que lo cuida de verdad, aunque él ni siquiera sepa quién es." Era la pieza que faltaba en el rompecabezas de su confusión. La razón por la que, quizás, su mente se había aferrado a ella con tanta fuerza.