Annie Williams, una joven de 23 años, disfruta de la vida sencilla que ha construido en su pequeño apartamento. Aunque sus padres poseen una enorme fortuna y le han pedido incontables veces que regrese a vivir con ellos, Annie se niega. No quiere una existencia rodeada de lujos; prefiere ganarse las cosas por sí misma y vivir bajo sus propias reglas.
Al otro lado del océano, Omar Moretti, un atractivo empresario italiano de 28 años, viaja a Estados Unidos para cerrar uno de los negocios más importantes de su carrera. Antes de partir, le encargó a su secretaria reservar una habitación de hotel, pero un imperdonable descuido dejó a Omar sin alojamiento al llegar al país.
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Capitulo 22
La mañana estaba gris cuando terminó de preparar su maleta. Omar la cerró con cuidado, pero se quedó de pie junto a ella, sin moverse, mirando a Annie como si quisiera grabar cada detalle de su rostro antes de irse.
—Solo es un día —repitió él por tercera vez, aunque su voz no sonaba muy convencido—. Salgo temprano y vuelvo antes de la cena. No te daré tiempo ni de extrañarme.
Annie intentó sonreír, pero se le escapó un suspiro que delató su angustia.
—Un día es mucho tiempo cuando te has acostumbrado a escuchar tus pasos por la casa. A tu risa, a que te quejes del café demasiado fuerte…
Omar soltó la maleta y caminó hacia ella para abrazarla con fuerza, apretándola contra su pecho como si quisiera fundirse con ella.
—No te vayas a poner así, que no quiero irme con el corazón en un puño. Te llamaré en cuanto llegue, te mandaré mensajes cada dos horas… lo que sea, pero no te sientas sola, ¿sí?
—No es miedo a estar sola —respondió ella, escondiendo el rostro en su cuello—. Es miedo a que la casa se sienta vacía aunque siga estando yo dentro. Es que me he dado cuenta de que ya no sé estar en este lugar sin ti. Tú eres el que le da vida a cada rincón.
Él la apartó un poco para mirarla a los ojos, y le acarició la mejilla con la yema de los dedos, con una ternura infinita.
—Yo también lo siento. Ya anoche, al pensar en despertarme y no verte a mi lado, sentí que me faltaba el aire. Nunca creí que unas horas lejos pudieran pesar tanto.
—Entonces no vayas —le pidió ella, casi como un susurro, aunque sabía que no podía—. Cancela el viaje. Deja los negocios para otro día.
—Quisiera —admitió él con sinceridad—. Pero tengo que hacerlo. Pero te prometo que correré todo lo que pueda. Que cada minuto que pase allí estaré contigo en el pensamiento. Que no veré la hora de volver a cruzar esa puerta y escucharte decirme que soy un idiota por haber vuelto tarde.
Ella rió entre lágrimas y le dio un beso suave en la comisura de los labios.
—Te lo diré. Y te regañaré por haber dejado la maleta abierta y por no haber comido bien. Pero solo para que sepas que estoy aquí, esperándote.
—Lo sé —dijo él, sellando sus labios con un beso lento y lleno de promesas—. Y eso es lo único que me hace capaz de irme. Saber que vuelvo a ti.
Las horas pasaron mucho más lento de lo que Annie imaginaba. Cada vez que pasaba por la cocina, miraba el sitio donde él solía sentarse. Al poner la televisión, buscaba el programa que a él le gustaba aunque a ella no le pareciera nada interesante. Al mediodía, su teléfono vibró y saltó de la emoción al ver su nombre.
—¿Ya has comido? —fue lo primero que preguntó, antes de dejarlo hablar.
—Sí, gracias a ti —respondió él al otro lado, con esa voz que ella reconocería entre mil—. Pero nada sabe igual sin que tú me critiques por comer demasiado rápido.
—No te critiques tú solo —le dijo ella, sintiendo cómo se le llenaban los ojos de lágrimas—. Te he echado mucho de menos, Omar. Muchísimo más de lo que pensaba.
—Yo también —respondió él, y notó que su voz se había vuelto más suave—. En medio de la reunión, me distraje pensando en cómo te frunces el ceño cuando te concentras. Y me di cuenta de algo: ya no importa dónde tenga que ir, ni cuánto tiempo tenga que estar fuera. Ningún lugar es mi hogar si tú no estás allí.
Annie se llevó la mano al pecho, sintiendo que el corazón se le desbordaba de felicidad y de amor.
—Vuelve pronto —le pidió—. Por favor. Vuelve a casa.
—Ya voy —dijo él—. Ya voy, mi vida.
Y cuando colgó, ella miró por la ventana y supo con total certeza: su vida ya no tenía sentido si él no estaba en ella. No era solo alojamiento, ni compañía, ni un capricho pasajero. Era él. Solo él.
Pasó el resto de la tarde sentada en el sofá, sin poder concentrarse en nada, con la mirada fija en la puerta como si así pudiera hacer que apareciera antes. Cada vez que oía un ruido en el pasillo, el corazón se le aceleraba, solo para desinflarse al ver que no era él. Nunca había creído que unas horas pudieran sentirse como días enteros.
Cuando por fin oyó el sonido de sus llaves en la cerradura, se levantó de un salto y corrió a recibirlo, sin detenerse ni un segundo. Omar apenas tuvo tiempo de dejar la maleta en el suelo cuando ella se lanzó a sus brazos, abrazándolo con tanta fuerza que casi le corta la respiración.
—Ya estoy aquí —susurró él, besando su cabeza una y otra vez—. Ya estoy aquí, mi amor. No te vayas a poner así, que me rompes el alma.
—Pensé que no volverías tan pronto —dijo ella, aferrándose a su camisa como si temiera que se desvaneciera entre sus brazos—. Pensé que tardarías mucho más.
—No podía quedarme ni un minuto más —respondió él, apartándola lo justo para mirarla a los ojos y limpiarle las lágrimas que se le habían escapado—. En cuanto terminé lo que tenía que hacer, salí corriendo al aeropuerto. No había vuelo, así que alquilé un coche y conduje sin parar. No me importaba nada, solo llegar a ti.
—¿Condujiste tantas horas solo por volver rápido? —preguntó ella, sorprendida y conmovida.
—¿Crees que hay algo más importante que esto? —señaló entre los dos, con una sonrisa llena de ternura—. Ningún negocio, ninguna reunión, ningún acuerdo vale más que verte y saber que estás bien. Que estás aquí, esperándome.
Annie lo miró con toda la claridad del mundo, sin miedos, sin dudas, sin nada que ocultar.
—Hoy, mientras no estabas, recorrí toda la casa —le dijo muy bajito—. Y me di cuenta de que no extrañaba solo tu presencia. Extrañaba tu risa, tus errores, tu forma de mirarme, incluso la forma en que dejas las cosas fuera de lugar. Todo lo que eres tú es lo que le da sentido a mi vida. Ya no puedo imaginarme despertar sin ti, ni dormir sin saber que estás cerca. No quiero hacerlo nunca más.
Omar se quedó sin palabras un instante, y luego la besó con toda la emoción acumulada de todo el día, con gratitud y con una promesa que no necesitaba ser dicha.
—Yo tampoco —respondió él al separarse—. Antes creía que mi hogar era donde estaban mis cosas, mi dinero, mi nombre. Hoy sé que mi hogar eres tú. Donde quiera que estés tú, allí estaré yo. Siempre.
Se quedaron así, abrazados en la entrada, olvidados del mundo y del tiempo, sabiendo que esa pequeña ausencia les había enseñado lo más importante: que el amor no se mide por el tiempo que pasan juntos, sino por el vacío que se siente cuando el otro no está. Y ese vacío era demasiado grande para llenarlo con nada que no fuera la presencia del otro.