En Valdoria, donde la mafia controla cada sombra de la ciudad, dos almas rotas se cruza sin saber que sus pasados están unidos por sangre, traición y secretos enterrados.
lo que empieza como desconfianza se convierte en un vínculo imposible de romper.... incluso cuando la verdad amenaza con destruirlo todo.
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Guerra silenciosa
Alex sobrevivió exactamente doce horas en la mansión Marzanto antes de decidir que aquel lugar era una amenaza para su salud mental.
No porque fuera peligroso.
No porque alguien intentara matarlo.
No porque estuviera siendo perseguido por personas misteriosas.
No.
El problema era Ian.
Abrió los ojos aquella mañana y tardó varios segundos en recordar dónde estaba. La habitación seguía siendo absurdamente grande. La cama seguía siendo absurdamente cómoda. Y la mansión seguía siendo absurdamente rica.
Aquello era ridículo.
Se vistió y bajó las escaleras decidido a encontrar café antes de que su cerebro terminara de despertarse.
El problema fue que encontró a Ian primero.
—Buenos días —dijo Alex.
—No.
—¿No qué?
—No son buenos.
—Llevamos cinco segundos hablando.
—Y ya me duele la cabeza.
Alex sonrió.
—A mí también.
Ian lo ignoró y continuó leyendo unos documentos.
Alex tomó asiento frente a él.
—¿Siempre eres tan agradable?
—Solo contigo.
—Qué detalle.
—Lo sé.
Alex tomó una taza de café.
Ian siguió leyendo.
Alex siguió observándolo.
Ian siguió ignorándolo.
Alex continuó observándolo.
Finalmente Ian levantó la vista.
—¿Qué?
—Nada.
—Entonces deja de mirar.
—Estoy desayunando.
—Me estás mirando.
—Puedo hacer ambas cosas.
Ian volvió a los documentos.
Alex sonrió satisfecho.
Molestarlo era más fácil de lo que esperaba.
Y, para su sorpresa, bastante divertido.
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Elena descubrió aquello inmediatamente.
Porque Elena parecía descubrir absolutamente todo.
Dos horas después los encontró discutiendo en la biblioteca.
—Eso no tiene sentido.
—Claro que tiene sentido.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Elena permaneció observando varios segundos.
—Esto es mejor que las series.
Ninguno le prestó atención.
—No puedes resolver un problema siguiendo únicamente intuiciones —decía Ian.
—Y tú no puedes resolver todo como si fueras una máquina.
—Funciona bastante bien.
—Eso explica muchas cosas.
Ian cerró el libro que estaba leyendo.
—¿Qué significa eso?
—Que eres insoportablemente serio.
—Y tú insoportablemente impulsivo.
—Al menos yo soy divertido.
—No estoy convencido.
Elena se dejó caer en un sofá cercano.
Sonriendo.
Mucho.
Demasiado.
—¿Por qué sonríes así? —preguntó Ian.
—Porque ustedes dos son adorables.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Alex soltó una carcajada.
Ian pareció considerar seriamente abandonar la habitación.
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Los días siguientes fueron más o menos iguales.
Discusiones.
Comentarios sarcásticos.
Choques constantes.
Alex tenía la extraordinaria habilidad de alterar la paciencia de Ian en cuestión de minutos.
Ian tenía la extraordinaria habilidad de responder exactamente de la manera que más irritaba a Alex.
Y ninguno parecía dispuesto a ceder.
Sin embargo, poco a poco, la convivencia empezó a cambiar.
No demasiado.
Solo pequeños detalles.
Ian comenzó a notar cuándo Alex mentía.
Alex comenzó a reconocer cuándo Ian estaba realmente molesto y cuándo simplemente fingía indiferencia.
Empezaron a entenderse.
Aunque ninguno quisiera admitirlo.
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Una tarde, Alex se encontraba revisando sus notas sobre los Laurent en uno de los salones cuando escuchó pasos acercándose.
Levantó la vista.
Ian.
—¿Qué quieres?
—Nada.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
—Esta es mi casa.
—Qué respuesta tan conveniente.
Ian ignoró el comentario.
Su mirada descendió brevemente.
Y volvió a verlo.
El colgante.
Aquella pieza de plata que seguía apareciendo una y otra vez frente a él.
Alex notó la dirección de su mirada.
—Otra vez.
—¿Qué?
—Estás mirando el colgante.
Ian no respondió inmediatamente.
Porque era verdad.
Lo observaba más de lo que debería.
Más de lo que le gustaba admitir.
Algo en aquel símbolo seguía molestándolo.
Como una puerta cerrada en algún rincón de su memoria.
—Sigo pensando que lo he visto antes.
—Pues yo sigo pensando que no.
—Muy útil.
—Intento colaborar.
Ian soltó un pequeño suspiro.
Alex volvió a guardar el colgante bajo la camiseta.
—Si descubres algo, me lo dices.
—No prometo nada.
—Por supuesto que no.
Durante unos segundos permanecieron en silencio.
Y fue un silencio extraño.
Porque no resultó incómodo.
Simplemente tranquilo.
Algo poco habitual entre ellos.
Alex fue el primero en romperlo.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Como si cargaras el peso del mundo sobre los hombros.
Ian arqueó una ceja.
—¿Y tú siempre haces preguntas innecesarias?
—Sí.
—Entonces ya tienes tu respuesta.
Alex negó con la cabeza.
Pero sonrió.
Y para su desgracia, Ian también estuvo a punto de hacerlo.
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Esa misma noche, cuando la mansión finalmente quedó en silencio, Ian permaneció solo en su despacho.
Frente a él había varios documentos.
Ninguno estaba siendo leído.
Su atención seguía en otra parte.
En Alex.
En el colgante.
En el intento de secuestro.
En los hombres relacionados con Dante.
Todo estaba conectado.
Podía sentirlo.
Pero todavía no entendía cómo.
Se levantó y caminó hacia la ventana.
Las luces de Valdoria brillaban a lo lejos.
Intentó recordar dónde había visto aquel símbolo.
Intentó recordar por qué Alex le resultaba tan familiar incluso antes de conocerlo.
Intentó encontrar una explicación lógica.
Pero cada respuesta generaba nuevas preguntas.
Y una de ellas comenzaba a repetirse cada vez con más frecuencia.
Una pregunta que ya no podía ignorar.
Porque Alex claramente ocultaba algo.
Aunque probablemente ni él mismo lo supiera.
Ian observó la ciudad durante varios segundos.
Y por primera vez desde que aquel chico había aparecido en su vida, se permitió pensar algo que hasta entonces había evitado.
¿Quién eres realmente, Alex?