Despreciada por su linaje de serpiente y desterrada por las intrigas de una hembra celosa, Serena despierta los recuerdos de su vida pasada como médica e ingeniera agroindustrial. En lugar de dejarse morir en el bosque peligroso, decide que el barro es el mejor aliado y la ingeniería su salvación. Al rescatar al general del Clan Águila, no solo se gana el corazón de un temible y tímido depredador, sino que inicia una revolución agrícola, médica y militar que cambiará el Continente de las Bestias para siempre, desafiando las tradiciones de la poligamia y demostrando que la inteligencia es el arma más letal de todas.
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CAPÍTULO 18
El sol del mediodía apenas lograba filtrarse entre el denso follaje del Bosque de la Niebla de Sangre, pero la entrada de la cueva de Serena estaba iluminada como si un fragmento del astro rey hubiera decidido aterrizar de golpe.
El responsable de semejante espectáculo visual era el General Aquiles.
Había vuelto. Sin embargo, en lugar de su habitual aspecto de guerrero austero con túnicas de lino sencillas o capas de piel de oso desgastadas por las patrullas, el gigante de dos metros venía ataviado con el uniforme de gala del Clan Águila. Llevaba una imponente túnica militar de seda azul oscuro con bordados en hilo de oro que simulaban plumas estilizadas, cinchada a la cintura por un cinturón de cuero blanco con placas de bronce pulido. Sobre sus anchos hombros caía una majestuosa capa de plumas doradas y castañas que ondeaba suavemente con la brisa. En el centro de su pecho destacaba un medallón de oro puro con el blasón oficial del gran nido.
Cualquiera que lo viera habría pensado que venía a conquistar un imperio. La realidad, sin embargo, era que el terror de las fronteras del sur estaba sufriendo un colapso nervioso de proporciones catastróficas.
Aquiles pisó el suelo de la cueva con excesiva rigidez, intentando recordar el protocolo de la alta nobleza de los cielos. Sus orejas emplumadas estaban tiesas de la pura tensión, moviéndose en un temblor frenético, mientras un rubor carmesí ya le teñía las mejillas.
Serena, que estaba sentada en un taburete de bambú moliendo hojas de lavanda y caléndula en un mortero de piedra, se detuvo en seco. Parpadeó dos veces, recorriendo con la mirada al coloso de dos metros que parecía una estatua dorada a punto de explotar.
—Vaya, vaya... —dijo Serena, levantando una ceja con una mezcla de sorpresa y burla deliciosa—. ¿A qué se debe semejante despliegue de moda, mi querido pajarito? ¿Te equivocas de camino hacia un concurso de belleza real o simplemente querías deslumbrar a mis rábanos?
Aquiles tragó saliva con tal sonoridad que resonó en el recinto de piedra.
—S-Serena... yo... el protocolo exige... —balbuceó con la voz repentinamente aguada.
Intentando recuperar la dignidad militar de un general de primera división, Aquiles decidió ejecutar la Gran Reverencia Imperial de los Cielos. El problema radicaba en que las dimensiones de la cueva de Serena no estaban diseñadas para inclinaciones cortesanas de un gigante de dos metros vestida con capa de gala.
Al dar un paso atrás y doblar la rodilla con excesiva marcialidad, el ala izquierda de Aquiles chocó contra el estante de bambú donde descansaban los frascos de arcilla, mientras su codo derecho golpeó la esquina de la mesa de piedra pulida.
¡CRACK!
La losa de piedra de la mesa crujió peligrosamente, agrietándose por el impacto, y el estante de bambú tambaleó, amenazando con una catástrofe de alfarería.
—¡Cuidado, mi mesa de ingeniería! —exclamó Serena, dando un salto para sostener un frasco de alcohol purificado antes de que se estrellara contra el suelo.
—¡Lo siento! ¡Por las tormentas ancestrales, lo siento mucho! —gritó Aquiles en un pánico total. Intentó atrapar otro frasco con la mano izquierda mientras usaba su ala derecha para frenar la caída del estante, quedando atrapado en una postura infinitamente ridícula: con la capa enredada en la cabeza, una rodilla en el suelo, sosteniendo la mesa con la espalda y con las orejas de plumas completamente caídas por la humillación social.
Serena se quedó mirándolo durante tres segundos en absoluto silencio. Luego, incapaz de contenerse, soltó una carcajada limpia, sonora y tan contagiosa que los ecos rebotaron en las paredes de la cueva.
—Definitivamente eres el desastre diplomático más adorable de este continente —dijo Serena, secándose una lágrima de risa mientras acomodaba los frascos en su lugar.
Aquiles, con el rostro ardiendo en un rojo carmesí que casi igualaba el tono del solponiente, se zafó como pudo de su propia capa. Se llevó una mano al cuello, aclarando la garganta de forma desesperada mientras intentaba recuperar la compostura.
—Traigo... traigo un mensaje oficial —logró decir el general, sacando de entre las plumas de su pecho un pergamino de cuero blanco enrollado con una cinta de seda roja y sellado con cera de oro.
Se acercó a ella con pasos torpes y le entregó el documento. Serena lo tomó con curiosidad, rompió el sello de cera y desplegó el pergamino. La caligrafía era elegante, majestuosa y enérgica. En él, el Gran Cacique Zephyros, Líder Supremo del Clan Águila, extendía un decreto oficial invitando a Serena de la Tribu Serpiente a unirse a las Alturas como "Invitada de Honor y Mentora Suprema de Medicina y Agricultura".
Serena leyó cada línea detenidamente. Su mente analítica y pragmática, forjada en la dura realidad del destierro y las traiciones del Clan del Tigre, comenzó a procesar la información de inmediato. Sus ojos verdes se entornaron con una fina capa de sospecha.
—Una 'Invitada de Honor'... —murmuró Serena, bajando el pergamino y mirando a Aquiles con una sonrisa cautelosa—. Qué poético suena. Pero dime la verdad, Aquiles. ¿Qué significa esto realmente en términos de libertad? En el Clan del Tigre yo era una 'hermana' hasta que dejé de ser útil y me exiliaron por los chismes de una coneja. ¿Esto es solo una versión elegante de un arresto domiciliario? ¿Quieren encerrarme en una torre alta para que les fabrique medicinas y filtros de agua hasta que me vuelva vieja? No cambié un exilio en la niebla para meterme en una jaula de oro en las nubes.
Las palabras de Serena, impregnadas de la amargura de su pasado, cayeron sobre Aquiles como un latigazo. El general sintió un dolor sutil en el pecho al darse cuenta de lo profunda que era la herida que el desprecio de otros le había dejado a la joven.
Toda la torpeza, el nerviosismo y la timidez de Aquiles se evaporaron en un instante.
Sin dudarlo un solo segundo, el titán de dos metros se dejó caer sobre ambas rodillas directamente frente a Serena, sin importar que las espinas de alguna hierba seca o la piedra dura lastimaran sus lujosas ropas de gala. Desplegó sus majestuosas alas castañas y doradas por completo a sus espaldas, abriéndolas en un abanico imponente que cubrió la penumbra de la cueva, inclinando la cabeza ante ella en la postura de máxima sumisión y devoción que un guerrero de los cielos podía ofrecer.
—Jamás —dijo Aquiles. Su voz grave y profunda no tenía un solo rastro de duda; era firme como la roca de la montaña y suave como la brisa de la tarde—. Escúchame bien, Serena. Te juro por mi honor de general, por la memoria de mis ancestros y por el valor sagrado de mis alas que jamás serás una prisionera. Ni una sirvienta, ni un recurso que el clan pueda explotar.
Levantó la vista, conectando sus ojos de oro puro directamente con los verdes de Serena.
—Irás a las alturas como mi igual. No... serás más que eso. Serás la mujer más respetada y protegida de todo nuestro territorio. Si algún día no te gusta la brisa de las cumbres, si extrañas la tierra o si el consejo dice una sola palabra que te falte al respeto, yo mismo te tomaré en mis brazos y te llevaré a donde tú desees. Mi ejército no es para someterte; es tu escudo. Y mis alas... mis alas solo volarán para llevarte a donde tus sueños quieran llegar.
Serena se quedó completamente paralizada. El aire se le escapó de los pulmones. La intensidad, la devoción ciega y la honestidad brutal que emanaban de Aquiles la desarmaron por completo. No había manipulación en sus palabras, ni retórica política; era la declaración pura de un guerrero que había decidido entregarle su lealtad y su corazón sin reservas.
Sintió cómo el calor violento volvía a subirle por el cuello, tiñéndole las mejillas de un rubor rosado intensísimo mientras sus escamas perladas en las sienes brillaban con una luz tibia.
Además, la mente científica de Serena empezó a sopesar las ventajas logísticas: un territorio entero en las cumbres, acceso a nuevas especies de plantas de montaña, mano de obra pesada proporcionada por un ejército de guerreros alados y un laboratorio real donde experimentar a gran escala sin tener que preocuparse por lobos salvajes o humedad de cueva. Y, por supuesto, la compañía constante de cierto general emplumado que la miraba como si ella fuera la única estrella del firmamento.
Serena aclaró su garganta, intentando desesperadamente recuperar la postura sarcástica para que su corazón no terminara de salirse de su pecho.
—B-Bueno... —balbuceó, jugando con el borde del pergamino de cuero—. Viéndolo desde un punto de vista estrictamente agronómico y sanitario... el Clan Águila claramente necesita una intervención de salud pública con urgencia. No puedo permitir que mueran de escorbuto o que no sepan purificar el agua de nieve.
Aquiles la miró con una chispa de esperanza encendiéndose en sus ojos dorados.
—¿Eso significa que... aceptas? —preguntó con la voz temblorosa de expectación.
—Acepto la propuesta, General Aquiles —declaró Serena, dibujando una sonrisa traviesa y dulce a la vez—. Pero con una condición innegociable.
—¡La que sea! Pide lo que quieras: oro, jade, la cumbre más alta, el nido más grande...
—Nada de eso —interrumpió Serena, señalando con el dedo la esquina de la cueva donde se acumulaban sus pertenencias—. No me voy a mover de aquí sin mi laboratorio. Y cuando digo laboratorio, me refiero a las tres toneladas de tubérculos seleccionados, las rocas de filtración, mis recipientes de arcilla cocida, las herramientas de bambú, el compostaje especial y mi mortero de piedra. Y como tú eres el repartidor oficial de este establecimiento y viniste tan elegantemente vestido para la ocasión... te toca cargar todo a ti.
Aquiles parpadeó, mirando la enorme montaña de frascos, sacos de tierra, troncos tallados y utensilios que Serena había acumulado en los últimos meses. Luego miró su impecable y costosa túnica de gala bordada en hilo de oro.
Lejos de molestarse, el general soltó una sonrisa radiante y pura. Sus orejitas de plumas se erguieron de felicidad, tiñéndose de un rosa brillante que hacía juego con el rostro de Serena.
—Será un honor ser su bestia de carga, Gran Mentora —dijo Aquiles con entusiasmo militar, poniéndose de pie de un salto y empezando a arremangarse las lujosas mangas de seda sin importarle en lo más mínimo arruinar la indumentaria real.
Serena lo observó empezar a empaquetar todo con una fuerza descomunal y un cuidado casi ridículo para no romper ni un solo frasco de hierbas secas. Mientras se cruzaba de brazos y sentía el calor del rubor aún en su rostro, la joven serpiente sonrió con ternura. El exilio en el bosque prohibido había llegado a su fin, y aunque el futuro en las alturas era un enigma tecnológico y social, Serena supo que mientras tuviera a ese gigante de oro a su lado, los cielos enteros estarían bajo su control.