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Destinos Entre Sombras

Destinos Entre Sombras

Status: En proceso
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Amor-odio
Popularitas:734
Nilai: 5
nombre de autor: Benito Leal

Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.

NovelToon tiene autorización de Benito Leal para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18 - Los ojos detrás del visillo

Los visillos de la casa de María eran tan delgados que permitían contemplar la calle sin concederle a la calle el derecho de devolver la mirada.

Su madre los había encargado en Cádiz al anunciarse el compromiso con Jacobo. Decía que una mujer respetable debía conocer cuanto ocurría frente a su puerta y parecer, al mismo tiempo, ajena a toda curiosidad. María descubrió que la respetabilidad se parecía mucho al espionaje: ambos oficios exigían permanecer detrás de una tela y respirar despacio.

La mañana del primer jueves de mayo, vio llegar a Eduardo Valcárcel.

No descendió de un carruaje ni llevaba las flores blancas con que representaba su cortejo ante Santa Lucía. Caminaba solo, vestido con un abrigo gris a pesar del sol, y se detuvo bajo el balcón sin mirar las ventanas. Dejó una tarjeta en manos de la criada y continuó hacia la plaza.

La tarjeta no contenía saludo.

«Cinco de la tarde. Sacristía vieja. Entre por la puerta del cementerio.»

María la quemó sobre el lavamanos. La llama devoró primero el nombre de la iglesia y después la hora. El cartón ennegrecido se curvó como una lengua obligada a guardar silencio.

A las cuatro y media, Jacobo llegó sin anunciarse.

Llevaba una carpeta bajo el brazo y el olor dulzón del tabaco que fumaba únicamente cuando quería parecer mayor. Besó la mano de la madre de María, preguntó por las cuentas de la tienda y subió al salón como si la casa ya formara parte de su inventario.

—Iba a visitar a Ester —dijo María.

—Esta tarde no.

—No te he pedido permiso.

Jacobo dejó la carpeta sobre una mesa.

—Por eso te lo concedo antes de que lo solicites.

María hizo girar el anillo. La montura encontró la marca endurecida alrededor del dedo.

—Mi madre sabe que saldré.

—Tu madre también sabe quién paga las letras de tu padre.

La frase quedó entre ambos con la familiaridad de una amenaza utilizada demasiadas veces. Jacobo abrió la carpeta y revisó documentos cubiertos de columnas, sellos y firmas. Uno llevaba en la esquina un dragón rodeando una moneda de plata.

María reconoció el emblema. Lo había visto bordado en las cortinas del despacho de Don Guillermo y grabado en el bastón que hacía callar una habitación antes de tocar el suelo.

—¿Trabajas para los Valcárcel? —preguntó.

Jacobo cerró la carpeta.

—Trabajo para quien paga.

—Eso no responde.

—Es la única respuesta que importa en los negocios.

Miró el reloj. Después estudió el vestido de María, sus guantes sobre la silla y la capa preparada junto a la puerta.

—Puedes visitar a Ester mañana.

—Hoy tiene fiebre.

—Entonces no deberías acercarte.

María sostuvo su mirada. Había aprendido que las mentiras frágiles debían pronunciarse como verdades aburridas.

—Su madre necesita que alguien lleve unas medicinas.

Jacobo se acercó y ajustó con dos dedos el cuello del vestido. El gesto habría parecido tierno desde la calle.

—Regresa antes de las seis.

María llegó a la sacristía a las cinco menos tres minutos. La puerta del cementerio estaba entreabierta. Cruzó lápidas comidas por el musgo y encontró a Eduardo junto a un armario de casullas abandonadas. La luz entraba por una ventana alta, dividida en rectángulos por una reja.

—Pensé que no vendría —dijo él.

—Yo pensé que cumpliría su parte.

Eduardo no fingió ignorar a qué se refería.

—El administrador concederá a su padre seis meses antes de reclamar la deuda de Jacobo.

—Seis meses no cancelan una boda.

—Nunca prometí cancelarla.

—Le entregué a mi amiga.

—Me entregó horarios. Lo que haga con su amistad le pertenece a usted.

La crueldad de la frase no estaba en el tono, sino en su exactitud. María deseó abofetearlo. En cambio, sacó de su bolso un papel doblado.

—Diane sale los martes después de la lección de dibujo. Stefany la acompaña hasta la tienda y luego continúa sola durante veinte minutos. Los jueves permanece en casa por sus visitas. Los domingos cambia según la misa.

Eduardo no tomó la hoja.

—Le pedí que me avisara de encuentros excepcionales, no que registrara su vida.

—Usted necesita saber cuándo ve a Iván.

—Necesito impedir que Guillermo lo sepa.

—La diferencia sigue dependiendo de que yo le crea.

—No le he pedido fe.

María dejó el papel sobre una mesa cubierta de polvo.

—Iván hablará con un reclutador llamado Soria. En la taberna del Ancla. Diane cree que será el viernes, pero puede adelantarse.

El rostro de Eduardo se tensó.

—¿Para qué barco?

—El Esperanza.

—¿Está segura?

—Lo escribió en una carta. Madeira después de Lisboa.

Eduardo tomó por fin el papel, aunque no lo leyó.

—No vuelva a tocar sus cartas.

—No tuve que hacerlo. Stefany dejó una junto a una cesta mientras pagaba. Me bastó con mirar.

—Eso no mejora lo que hizo.

—Tampoco empeora lo que hará usted con ello.

Una campana sonó en la torre. El golpe descendió por las paredes y estremeció el polvo sobre los bancos rotos.

—Necesito otra cosa —dijo María—. Jacobo lleva documentos de Don Guillermo. He visto el sello del dragón.

—Muchos contratos comerciales lo llevan.

—Los escondió cuando pregunté. Y ayer acudió al notario Salcedo después del cierre.

Eduardo miró hacia la puerta del cementerio.

—¿Cómo lo sabe?

—Lo seguí.

—No vuelva a hacerlo.

—Todos los hombres me dicen lo que no debo hacer. Ninguno abre la puerta que promete.

—Porque algunas puertas desembocan en un pozo.

María soltó una risa sin alegría.

—Al menos sería un lugar elegido por mí.

Eduardo dobló la lista de horarios y la acercó a la llama de una vela votiva. El papel ardió entre sus dedos hasta que tuvo que soltarlo dentro de un cuenco de metal.

—Memorizaré lo necesario. No conservaré un registro que pueda condenarla.

—¿A Diane o a mí?

—A cualquiera de las dos.

Por un instante, María comprendió por qué Diane hablaba de él sin el odio que el contrato debía producirle. Eduardo no era bondadoso. La bondad habría resultado más sencilla. Era un hombre que medía cada daño y aun así aceptaba causar algunos para impedir otros mayores.

—Averigüe qué prepara Jacobo —dijo—, pero no se exponga. Si encuentra nombres de barcos, fechas o cargamentos, memorícelos. No retire documentos.

—¿Y mi boda?

—Seguiré buscando una salida.

—Eso no es una promesa.

—Es lo único honesto que puedo ofrecerle.

María abandonó la iglesia por la puerta principal. No quería regresar entre las tumbas.

Jacobo la esperaba al otro lado de la plaza.

Estaba apoyado contra una farola, con el reloj abierto en la mano. No preguntó por Ester ni por las medicinas. Miró la puerta de la iglesia, luego los zapatos de María, manchados con la tierra húmeda del cementerio.

—Cinco y cuarenta —dijo.

—Prometí volver antes de las seis.

—Prometiste visitar a una enferma.

María sintió que la plaza perdía aire.

—Entré a rezar.

—Por supuesto.

Jacobo le ofreció el brazo. Ella lo aceptó porque negarse delante de los comerciantes que cerraban sus tiendas habría producido una escena. Caminaron juntos hasta su casa, representando una armonía tan convincente que dos vecinas sonrieron al verlos pasar.

En el salón, la carpeta continuaba sobre la mesa.

Jacobo habló durante media hora con el padre de María. Cuando se marchó, se llevó los documentos. Sin embargo, uno de los papeles había dejado sobre el mantel una media luna de tinta fresca.

María esperó hasta que la casa durmió.

A medianoche encendió una vela y acercó el mantel a la luz. La impresión estaba invertida, pero podía distinguir tres palabras: «cesión», «mercancía» y «Plata». Debajo aparecía una fecha, veintisiete de mayo, y las últimas letras de un apellido: «…cedo».

Pensó en copiarlo. Antes de buscar papel, oyó un roce detrás del cristal.

Se acercó al visillo.

Un hombre permanecía bajo la farola de enfrente. Llevaba sombrero oscuro y fingía fumar, aunque la brasa de su cigarro no había cambiado de tamaño. Cuando María apartó la cortina, él alzó el rostro hacia su ventana.

No podía distinguir sus facciones. Solo la quietud de quien no necesitaba ocultar que estaba observando.

María dejó caer el visillo.

A la mañana siguiente, Jacobo regresó acompañado por el notario Salcedo. Ambos se encerraron en el despacho del padre. María escuchó desde el corredor el rasgueo de una pluma y el golpe repetido de un sello.

—Don Guillermo exige que esté listo antes del veintisiete —dijo Jacobo.

—Faltan anexos de la tripulación —respondió el notario.

—Llegarán cuando el barco adopte el nuevo nombre.

Hubo otro golpe de tinta sobre papel.

—¿Y la cabecera del contrato?

Jacobo bajó la voz. María tuvo que apoyar el oído contra la madera.

—Escriba Dragón de Plata.

Una tabla crujió bajo su pie.

Las voces cesaron.

María se apartó de la puerta. Al fondo del corredor, detrás del visillo, la silueta del hombre de la noche anterior seguía inmóvil frente a la casa.

Entonces comprendió el verdadero precio de la información: quien mira demasiado tiempo termina enseñando a otros dónde colocar los ojos.

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