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Renacer Entre Espinas

Renacer Entre Espinas

Status: En proceso
Genre:Mundo mágico / Traiciones y engaños / Mujer poderosa
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Itz

"No todas las segundas oportunidades llegan para recuperar el pasado. Algunas llegan para construir un futuro."

NovelToon tiene autorización de Itz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El Norte Blanco

El invierno había llegado antes de lo esperado.

Los vientos descendían desde las montañas con una fuerza implacable, cubriendo los caminos bajo un espeso manto de nieve. Los pasos fronterizos permanecían bloqueados y varias aldeas habían quedado incomunicadas tras días de tormenta.

El Ducado Bennett, acostumbrado a convivir con el hielo, se encontraba inmerso en una carrera contra el tiempo.

No luchaban contra un ejército.

Luchaban contra la naturaleza.

Un carruaje imperial avanzaba lentamente por el camino nevado, escoltado por una pequeña compañía de caballería.

Al frente cabalgaba un joven de cabello oscuro, envuelto en una gruesa capa azul marino bordada con el fénix dorado de la Casa Imperial.

Azel Astravia.

Aquel era el último destino de su Travesía del Heredero.

Tras haber servido en el Puerto Ebonmar del Archiducado Belmonth, donde aprendió la estrategia naval bajo la estricta tutela del Archiduque Alaric Belmonth; después de estudiar diplomacia y justicia con la Casa Valenor; y de comprender, junto a los Sylvaris, que un imperio también se sostenía gracias a los campos, los bosques y las manos que alimentaban a su pueblo...

El norte lo recibía con una prueba muy distinta.

El hielo no hacía distinciones entre un campesino y un príncipe.

Un jinete apareció entre la ventisca y galopó hasta colocarse frente a la escolta.

—¡Su Alteza Imperial!

Azel detuvo su caballo.

—¿Qué sucede?

El hombre descendió con rapidez y realizó una inclinación.

—Traigo un mensaje urgente del Duque Bennett.

Le entregó un pergamino sellado con el emblema del lobo blanco.

Azel rompió el sello.

Sus ojos recorrieron las líneas con rapidez.

Una avalancha había sepultado el principal paso hacia varias aldeas de la frontera.

Patrullas enteras trabajaban para abrir nuevos caminos.

Las provisiones comenzaban a escasear.

Había ancianos, niños y heridos esperando ayuda.

El príncipe levantó la vista.

—Partimos de inmediato.

No hubo más preguntas.

Las enormes puertas de piedra del castillo Bennett permanecían abiertas.

Soldados entraban y salían sin descanso.

Herreros reparaban herraduras.

Criados cargaban sacos de harina.

Médicos revisaban cajas de remedios.

El patio entero parecía un engranaje perfectamente coordinado.

No existía espacio para ceremonias.

Apenas desmontó de su caballo, un hombre de elevada estatura se acercó con paso firme.

Su cabello rubio ceniza comenzaba a mostrar algunas hebras plateadas, mientras que sus ojos azul hielo conservaban la misma firmeza que había convertido a la Casa Bennett en la guardiana del norte.

Era el Duque Cedric Bennett.

Azel inclinó respetuosamente la cabeza.

—Duque Bennett.

Cedric respondió con igual cortesía.

—Su Alteza Imperial.

Su expresión era serena, aunque el cansancio era imposible de ocultar.

—Lamento no poder recibirlo como merece.

Azel observó el incesante movimiento del patio.

—No tiene nada que lamentar.

Cedric asintió.

—La tormenta ha aislado varias aldeas. Cada minuto que perdemos puede costar vidas.

Hizo una breve pausa.

—Prepararemos sus aposentos mientras organizamos el siguiente convoy.

—No será necesario.

El duque levantó ligeramente una ceja.

Azel dio un paso al frente.

—No he recorrido Astravia para contemplar los problemas desde una ventana.

Durante un instante, Cedric permaneció en silencio.

Después, una leve expresión de aprobación cruzó su rostro.

—Entonces acompáñenos.

El patio seguía lleno de actividad.

Caballos.

Carretas.

Barriles.

Armas.

Mantas.

Todo debía partir antes de que la tormenta empeorara.

Entonces una voz femenina, firme y tranquila, se alzó sobre el bullicio.

—¡Las medicinas deben ir en el primer convoy! Si el paso vuelve a cerrarse, los heridos no podrán esperar.

Azel giró la cabeza.

Una joven caminaba entre los soldados con paso decidido.

Vestía una gruesa capa de piel color azul profundo, botas cubiertas de nieve y una espada descansaba en su cintura.

Su largo cabello rubio, del color del trigo bajo el sol de verano, escapaba en delicados mechones bajo la capucha, iluminando el paisaje blanco que la rodeaba.

Cuando levantó la vista, sus ojos dorados parecían reflejar la escasa luz del invierno, brillando con una calidez inesperada en medio del frío.

No había dureza en su rostro.

Tampoco fragilidad.

Solo una tranquila determinación.

No parecía una dama esperando en un salón.

Parecía alguien que pertenecía a aquel lugar tanto como las montañas que lo rodeaban.

—¿Cuántos sacos de harina quedan? —preguntó.

—Veintidós, mi lady.

—Envíen diez a Varglen. Allí hay más niños que ancianos. Necesitarán más alimento.

—Sí, mi lady.

Los soldados obedecieron sin vacilar.

No por obligación.

Sino porque confiaban plenamente en ella.

Azel observó la escena en silencio.

Aquella joven no necesitaba levantar la voz para hacerse escuchar.

Su autoridad nacía del ejemplo.

De trabajar al lado de su gente.

De compartir el peso de sus preocupaciones.

Un joven soldado se acercó apresuradamente.

—Lady Olaya, los caballos están listos.

La joven asintió.

—Perfecto. Que nadie salga solo. Las ráfagas de nieve empeoran cerca del desfiladero.

Entonces, por primera vez, sus ojos se encontraron con los de Azel.

Ella lo observó apenas un instante.

Lo suficiente para reconocer un rostro desconocido.

Ni una reverencia.

Ni una expresión de sorpresa.

Solo una breve inclinación de cabeza, la misma que habría dedicado a cualquier hombre dispuesto a ayudar.

Después continuó caminando.

Azel permaneció inmóvil.

No estaba acostumbrado a pasar desapercibido.

Y, curiosamente...

Aquello no le molestó.

Le intrigó.

Cedric siguió la dirección de su mirada.

Una discreta sonrisa apareció en el rostro del duque.

—Mi hija menor.

Azel volvió a observar a la joven.

En ese momento ayudaba a un anciano a subir a una carreta antes de comprobar personalmente que las mantas estuvieran bien sujetas.

No daba órdenes desde la distancia.

Trabajaba junto a todos.

El viento levantó una cortina de nieve entre ambos.

Sin saberlo...

Aquel encuentro, nacido en medio del invierno más duro que el norte había vivido en años, cambiaría el destino de dos corazones... y, algún día, el del propio Imperio de Astravia.

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