Una noche de alcohol erróneo, una suite a oscuras y una pasión salvaje que Sasha Castro no debió vivir. Al amanecer, el misterioso hombre desapareció, dejándole lagunas mentales y un embarazo de gemelos que la obligó a madurar a golpes.
Cinco años después, la rebelde indomable es una madre leona. Pero su mundo se desmorona: su hijo Oliver se debate entre la vida y la muerte por una leucemia agresiva. Nadie en su familia es compatible. El niño necesita la sangre de su padre biológico, un hombre cuyo rostro ella ni siquiera recuerda.
Para salvarlo, el clan Castro inicia una cacería implacable que desentierra un nombre: Ethan Vance, un frío y hermético CEO multimillonario. Él ignora que fue víctima de una trampa del pasado... y que es padre.
El tiempo se agota. Sasha debe arrastrar al implacable magnate a su red antes de que el secreto estalle, sin saber que el peligro que acecha al CEO amenaza con destruirlos a todos.
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CAPITULO 12. EL VEREDICTO DEL LABORATORIO
El amanecer en la clínica privada trajo consigo una luz mortecina que se colaba por los amplios ventanales de la sala de espera de pediatría. El olor a desinfectante y el murmullo lejano de los carritos médicos eran los únicos acompañantes en una mañana que se sentía suspendida en el tiempo. Sasha permanecía sentada en el borde de una de las butacas de piel, con la mirada fija en la puerta de la sala de extracciones, apretando entre sus manos una pequeña manta infantil que Oliver solía usar para dormir.
A su lado, la presencia de sus padres era una fortaleza silenciosa. Luke permanecía de pie, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, manteniendo esa mirada protectora que alejaba cualquier atisbo de duda del entorno. Katerina, sentada al otro lado de Sasha, le rodeaba los hombros con suavidad, frotándole el brazo de forma constante en un intento mudo por transmitirle la calidez que el miedo le estaba arrebatando del cuerpo.
La puerta de madera clara por fin se abrió y la enfermera asomó la cabeza, indicándoles con un gesto que ya podían entrar al cubículo de consultas.
Oliver estaba sentado en la gran camilla de exploración, balanceando sus piernas cortas enfundadas en unos pantalones vaqueros. Tenía un pequeño apósito con un dibujo de naves espaciales pegado en la flexión del codo izquierdo, donde le habían extraído la sangre diez minutos antes. A pesar de la aguja y del pinchazo, no había derramado una sola lágrima. Al ver entrar a su madre, sus ojos oscuros y profundos se iluminaron con una dulzura desgarradora.
—No me dolió nada, mami —susurró el pequeño con su vocecita suave, estirando los brazos hacia ella—. Fui muy valiente, como Ian cuando se cae de la bicicleta.
Sasha caminó hacia él a paso rápido, hundiéndose en su cuello para abrazarlo con una delicadeza extrema. Sintió que las lágrimas volvían a agolparse en sus ojos almendrados, pero las contuvo con fiereza; no podía permitir que su niño viera el terror que le carcomía las entrañas.
—Eres el niño más valiente de este mundo, mi amor —le respondió Sasha, besándole la mejilla pálida.
La puerta volvió a abrirse y el doctor asignado —un hematólogo infantil de prestigio y cabello cano que conocía a la familia desde hacía años— entró en el cubículo. No traía la habitual sonrisa de cortesía médica. En su mano derecha sostenía una carpeta de plástico azul con varias hojas de papel impresas: los resultados urgentes del hemograma completo que el laboratorio acababa de procesar.
El silencio en la sala se volvió tan denso que casi se podía escuchar el latido apresurado del corazón de Sasha. Luke dio un paso al frente, colocándose detrás de la camilla, mientras Katerina se enderezaba en su asiento, analizando cada milímetro del lenguaje corporal del médico.
El doctor se sentó frente a su escritorio y guardó silencio durante un par de segundos, frotándose las sienes antes de mirar directamente a Sasha. Su expresión reflejaba una tristeza honda, la de quien sabe que está a punto de quebrar el mundo de una madre.
—Sasha... Katerina, Luke —comenzó el médico, con una voz baja, pausada y desprovista de cualquier adorno profesional—. Los resultados del laboratorio han llegado antes de lo previsto porque los valores eran alarmantes. El recuento de plaquetas de Oliver está en niveles críticamente bajos, lo que explica los hematomas espontáneos que descubriste anoche. Asimismo, sus glóbulos rojos están sufriendo una anemia severa y hemos detectado una presencia masiva de blastos, que son células sanguíneas inmaduras, en su torrente circulatorio.
Sasha sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Sus dedos se apretaron contra la manta de Oliver. Su mente, que había aprendido a buscar respuestas claras y estructuradas en sus estudios de gestión, no lograba procesar la frialdad de esos términos médicos.
—Doctor, por favor... hable claro —suplicó Sasha, con la voz temblando notablemente y un nudo de angustia cerrándole la garganta—. ¿Qué tiene mi hijo?
El médico cerró la carpeta con suavidad sobre la mesa, entrelazando las manos mientras clavaba sus ojos en los de ella con una compasión infinita.
—Oliver tiene leucemia, Sasha. Específicamente, una leucemia linfoblástica aguda. Es un tipo de cáncer en la sangre.
La palabra cayó en el cubículo con la fuerza de un impacto demoledor.
Sasha dio un paso atrás, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies descalzos, y se tapó la boca con ambas manos para ahogar el grito de puro terror que amenazaba con escapar de su pecho. El mundo, la fábrica de coches, su rutina como asistente responsable... todo se disolvió en un segundo en un abismo de absoluta oscuridad. Las lágrimas que había retenido con tanta fiereza desbordaron sus ojos almendrados, corriendo sin control por sus mejillas mientras caía de rodillas a un lado de la camilla, aferrándose a las piernas de su pequeño Oliver.
Katerina soltó un ahogado sollozo de dolor y se inclinó de inmediato para abrazar a su hija desde atrás, uniendo sus lágrimas a las de ella en un dolor puramente maternal y desesperado. Luke permaneció inmóvil, como una estatua de piedra labrada en la tormenta; sus ojos oscuros destellaron con una mezcla de furia impotente y un dolor incalculable, pero su mano derecha se posó con firmeza sobre el hombro de Sasha, recordándole que, en mitad del derrumbe, la muralla de la familia seguía en pie.
Oliver, confundido por el llanto de su madre y de su abuela, estiró su mano pequeña y pálida, acariciándole el cabello oscuro y revuelto a Sasha con una ternura que terminó de partirle el alma a todos los presentes.
—No llores, mami... ya no me duele el pinchazo —susurró el niño con su inocencia de cinco años, intentando limpiar una lágrima de la mejilla de Sasha—. Estoy bien.
Sasha levantó la vista, contemplando las facciones de su pequeño ángel, y una determinación salvaje, la misma de la leona indomable que se había prometido ser el día de su nacimiento, comenzó a abrirse paso entre los escombros de su miedo. Limpió sus lágrimas con el dorso de la mano y se puso en pie, mirando fijamente al médico con una frialdad y una madurez absolutas. La batalla por la vida de su hijo acababa de comenzar, y estaba lista para quemar el mundo entero con tal de salvarlo.