En una trama de poder, engaño y silencio, Cecília Mendes se ve obligada a reemplazar a su hermana prometida en un matrimonio con Arthur Alencar, un hombre rico e implacable, para salvar a su padre de una deuda familiar. Sorda desde un accidente provocado por el temperamento violento de su hermana, Cecília es enviada como un peón en un juego cruel, sin poder defenderse ni explicarse.
Al descubrir el engaño, Arthur reacciona con furia y transforma lo que debía ser una unión prestigiosa en un castigo de humillación y cautiverio: Cecília es obligada a asumir el rol de sirvienta en la mansión, vistiendo uniforme y obedeciendo órdenes con miedo a ser castigada o expuesta. Aislada y en silencio, intenta adaptarse, convirtiéndose en una sombra dentro de la lujosa residencia mientras lucha por sobrevivir a la crueldad de su esposo y al peso de la traición de su padre.
Entre el lujo de la mansión y la tensión de un secreto que nadie puede revelar, esta historia se adentra en temas de poder, sumisión, venganza y resistencia silenciosa, en una atmósfera cargada de odio, deseo y secretos capaces de cambiarlo todo.
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Capítulo 14
Arthur permaneció estático, el bloc de notas pesando en su mano como si sostuviera todo el sufrimiento que había ignorado.
Cecilia, escondía el rostro entre las manos.
Para ella, aquel silencio no era una elección; era la prisión donde había sido encerrada por Heitor Mendes.
Mientras Arthur procesaba la verdad, la mente de Cecilia derivaba hacia el día en que el mundo enmudeció.
Ella no había nacido sorda.
Sus memorias más remotas estaban llenas de sonidos: la risa de su madre, el canto de los pájaros y la música que solía llenar la casa.
Pero entonces, su madre murió, y Heitor trajo a otra mujer para su lugar.
Con ella, vino Melissa — la hermana menor que, desde la cuna, parecía cargar un veneno en los ojos.
Cecilia tenía apenas seis años cuando el accidente sucedió.
En un acceso de furia infantil por causa de un juguete, Melissa la había empujado desde lo alto de la escalera de mármol.
La caída fue brutal.
Cecilia golpeó el suelo con la cabeza y, a partir de aquel momento, el sonido se tornó un chillido distante, hasta desaparecer por completo.
Heitor Mendes, en vez de castigar a Melissa o buscar los mejores tratamientos para Cecilia, escogió la apariencia.
Él no admitiría una "hija defectuosa" en su familia perfecta, ni permitiría que la crueldad de la menor — su nueva joya — fuese expuesta.
Él sofocó el caso.
Cecilia fue retirada de la escuela, prohibida de convivir con la élite y escondida en las sombras de la mansión.
— "Tú eres un recordatorio vivo de una falla que no acepto" — Heitor decía, mientras la encerraba en el ático.
La sordera de Cecilia era el secreto sucio de la familia Mendes.
Para el mundo, ella simplemente no existía o "estaba estudiando fuera". Las cicatrices que Arthur había visto... eran el resultado de años siendo el saco de golpes de un padre que la odiaba por su vulnerabilidad y de una hermana que se divertía en testear los límites de su dolor.
Arthur salió de sus pensamientos cuando vio a Cecilia encogerse en el suelo, temblando delante de él.
Él percibió que, para ella, él era solo un verdugo más que usaría su fragilidad para castigarla.
Él soltó el bloc de notas y se agachó.
Esta vez, sus movimientos fueron lentos, despojados de cualquier agresividad. Él extendió la mano y, con una hesitación que nunca había sentido, tocó suavemente los cabellos de ella.
Cecilia se estremeció y levantó la mirada, el pánico aún presente.
Arthur miró fijamente en los ojos de ella, garantizando que ella viese su boca con claridad.
Él articuló cada palabra con una gravedad casi sagrada:
— Yo. No. Sabía... Puedes quedarte, pero no me mientas. — Él apuntó hacia el cuerpo de ella escondido por la camisa y después hacia el bloc de notas.
— ¿Quién hizo esto contigo, quién te lastimó? ¿Y te dejó con estas cicatrices?
Cecilia leyó los labios de él.
Un llanto de alivio tan violento vino que ella perdió las fuerzas, derrumbándose a las rodillas de él.
Arthur no la apartó.
Él la jaló de vuelta hacia sí y la envolvió en sus brazos, sintiendo el calor de la fiebre de ella contra su pecho.
Él sintió una furia protectora que nunca imaginó poseer invadir su alma.
Y percibió que, mientras cazaba monstruos, estaba torturando a una víctima de ellos. La furia de él ahora cambió de dirección: no era más contra la mujer en sus brazos, sino contra los que la dejaron así.
Arthur sintió el cuerpo de Cecilia relajar contra el suyo, un abandono total que él no merecía, pero que lo atingió como un golpe.
Él la tomó en el colo con cuidado, ignorando la propia confusión, y la colocó de vuelta en la cama, cubriéndola hasta la cintura.
Él tomó el bloc de notas nuevamente y lo colocó sobre el colo de ella.
Sus ojos estaban fijos en los de ella, ahora sin la dureza de antes.
Él necesitaba saber el tamaño del abismo donde ella había sido lanzada. — Escribe. — Él articuló, apuntando hacia el papel. — ¿Quién?
Cecilia, con los dedos aún trémulos y los ojos hinchados, sujetó la pluma.
El papel absorbió algunas de sus lágrimas antes que la primera palabra fuese escrita.
“Mi padre”, ella comenzó, la letra pequeña y apretada.
“Él decía que yo era inútil. Melissa... ella reía. Ella me empujaba, me pellizcaba, porque sabía que yo no podía gritar por ayuda. Las marcas en la espalda... Heitor hizo cuando descubrió que yo había escondido un libro de medicina de la biblioteca.”
Arthur leyó cada palabra, sintiendo el café que había tomado antes revolver en su estómago.
El "mayor tesoro" de Heitor era, en verdad, su mayor víctima. El hombre había entregado a Cecilia a un enemigo declarado esperando que Arthur terminase el servicio que él había comenzado: destruirla silenciosamente.
Él se levantó y fue hasta el interfono de la suite, apretando algunos botones.
— ¿Marlon? Sube ahora. Trae el kit de primeros auxilios y una papilla caliente. Y Marlon... — él hizo una pausa, mirando a Cecilia, que lo observaba con una curiosidad asustada. — Trae las maletas que están en el coche. Trae todo.
Minutos después, Marlon el conductor entró en el cuarto.
Al ver a Cecilia en la cama de Arthur y el clima pesado, él paralizó. Arthur apenas balanceó la cabeza negativamente para el conductor, una señal silenciosa de que no quería preguntas.
— Ella es sorda, Marlon — Arthur dijo, la voz ronca.
Marlon asintió y dejó la bandeja con la papilla sobre la mesa de noche.
— Rosa me había dicho señor...
Arthur lo miró sin saber qué decir, parece que todos sabían, menos él.
— Puedes ir Marlon... Otra cosa pide para Rosa volver — Arthur dijo antes de abrir una de las maletas que el conductor había traído.
Él rebuscó la ropa simple hasta encontrar el celular viejo y los cuadernos de anotaciones.
Él entregó el aparato para Cecilia.
El brillo que surgió en los ojos de ella al tocar el teléfono fue la primera centella de vida que él vio en aquella expresión.
Ella digitó algo rápidamente y mostró para Arthur.
“Gracias por no devolverme. Seré su mejor funcionaria.”
Arthur desvió la mirada, sintiendo un nudo en la garganta que su orgullo no permitía admitir.
Él salió de la suite y fue para el corredor, tomando su propio celular y discando para el investigador.
— Olvide lo que yo dije antes — Arthur gruñó en el teléfono. — Yo quiero pruebas médicas del accidente de Cecilia de cuando ella tenía seis años. Quiero registros de cada hospital que Heitor Mendes pagó para quedarse callado. Yo no voy a solo quitar el dinero de él. Yo voy a quitar la libertad.
Él desligó y volvió para el cuarto.
Cecilia estaba comiendo y con algunos cuadernos en la mano cuando él entró. Arthur paró en frente de la cama y esperó que ella mirase para él.
— Tú vas a quedarte aquí por mientras — él dijo despacio, forzándose a mantener el rostro calmo para que ella pudiese leer. — Nadie te toca hasta yo saber qué hacer.
Cecilia asintió, una pequeña y casi imperceptible sonrisa surgiendo en el canto de los labios, mientras apretaba el cuaderno contra el pecho.
Ella finalmente tenía un sonido para asociar a Arthur: el sonido de la ayuda, aunque él aún continuase siendo un hombre peligroso.