«Ella es la tentación de diecinueve años que rompió todas sus reglas. Él, el hermano mayor de su mejor amigo de toda la vida... y el hombre del que jamás debió enamorarse.»
Mía siempre supo lo que quería, y lo que quería era a Leónidas Benavídez: un imponente arquitecto de treinta años, serio, dominante e inalcanzable. Para el mundo, Leónidas es un ejecutivo de hielo; para Mía, el único hombre capaz de hacerla arder.
Cansada de ser vista como "la enana" o "la amiga de su hermano", Mía desata un peligroso juego de seducción que pondrá a prueba el rígido autocontrol de Leónidas.
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CAPÍTULO 9: Fuego en la casa de campo
El sábado por la tarde, la tormenta que llevaba días amenazando con caer sobre la región finalmente se desató con una furia impresionante. Cielos plomizos, truenos retumbando en la distancia y un vendaval de agua helada azotaban los caminos rurales que conducían a la antigua casa de campo de la familia Benavídez, una propiedad colonial rodeada de hectáreas de arboledas a cuarenta minutos de la ciudad.
Mía se encontraba atrapada en el granero restaurado de la propiedad.
Todo había sido una maniobra desesperada y torpe de Matías Silva. Tras enterarse de que Mía pasaría la tarde en la finca familiar para ayudar a su madre a organizar unos antiguos muebles de la familia, el muchacho se había aparecido sin invitación con la excusa de traerle unas guías de estudio de la facultad. En un intento ridículo por quedarse a solas con ella y convencerla de darle una oportunidad, Matías la había seguido hasta el granero posterior. Sin embargo, cuando la tormenta se intensificó cortando la luz eléctrica de la zona y los truenos hicieron estremecer las vigas de madera, el joven entró en pánico por el mal tiempo y las complicaciones del camino rural, dejando a Mía sola mientras él corría hacia la casa principal a buscar auxilio.
Mía estaba intentando cerrar las pesadas portones dobles de madera del granero para evitar que el agua inundara el lugar cuando una figura gigante irrumpió a través de la cortina de lluvia.
Leónidas.
Llegó al granero completamente empapado. Llevaba una chaqueta de cuero oscura cubierta de gotas de agua, jeans ajustados y botas de trabajo. Su cabello negro estaba pegado a la frente y la camisa de franela que llevaba debajo de la chaqueta estaba entreabierta, revelando el tono firme de su cuello y su pecho.
Había manejado a velocidad suicida desde la ciudad en cuanto su hermano Joaquín le comentó que Mía estaba en la casa de campo con el desastre de la tormenta y que el idiota de Silva andaba merodeando por la zona.
—¡Mía! —gritó él sobre el estruendo de la lluvia azotando el techo de chapa del granero.
—¡Leónidas! ¿Qué haces aquí? —exclamó ella, soltando las cuerdas de las portones.
Leónidas no respondió con palabras. Avanzó a pasos agigantados hacia ella, empujó la portón de madera con la fuerza de sus hombros hasta hacer encajar el cerrojo de hierro con un golpe seco, aislando por completo el interior del granero de la tormenta exterior.
El lugar quedó en una penumbra cálida, iluminado únicamente por la luz tenue que filtraba una pequeña claraboya superior y por los destellos intermitentes de los relámpagos. El olor a pino, a paja seca y a lluvia fresca llenaba el ambiente.
Leónidas giró sobre sí mismo y caminó directo hacia Mía. La adrenalina de haber manejado bajo el temporal, la rabia de saber que Matías había intentado acorralarla de nuevo y el deseo acumulado durante semanas estallaron dentro de él como una erupción volcánica.
Atrapó a Mía por los hombros y la pegó contra la pared de madera del granero.
—¿Estás bien? ¿Te hizo algo ese imbecil? —exigió él con la voz destruida por la agitación, buscándole heridas o marcas en el rostro con la mirada.
Mía, con el corazón latiéndole desbocado contra las costillas, negó con la cabeza mientras apoyaba las manos sobre la chaqueta mojada de cuero de Leónidas.
—No... no me hizo nada. Se asustó con la tormenta y salió corriendo —murmuró ella, mirándolo a los ojos con la respiración entrecortada—. Pero tú... estás loco, Leónidas. Viniste manejando con este temporal solo por mí.
—Claro que vine por ti —sentenció él con un gruñido áspero que le salió de lo más profundo del pecho—. Vine por ti porque no puedo pensar en otra cosa. Porque me estoy volviendo loco. Porque no duermo, no trabajo y no respiro desde que entraste a mi oficina a ponerme las manos encima.
Leónidas acercó su rostro al de ella, apretando su cuerpo amplio contra el de Mía, eliminando cualquier rastro de espacio o duda.
—Se acabó el juego, Mía —declaró él con una voz grave, posesiva y cargada de una pasión tan pura que hizo estremecer a la muchacha de la cabeza a los pies—. Se acabaron las excusas, se acabaron los pretendientes y se acabó la paciencia. Si no me quieres aquí, dímelo ahora mismo y salgo por esa puerta hacia la tormenta. Pero si te quedas conmigo en este granero, vas a ser mía. Completa e inequívocamente mía.
Mía sintió que un escalofrío abrasador le recorría cada centímetro de la piel. Levantó las manos, tomó a Leónidas por las solapas de la chaqueta de cuero y lo arrastró hacia abajo con una fuerza sorprendente.
—Llevo toda mi vida esperando este momento, Leónidas —respondió ella en un susurro ardiente contra sus labios—. Hazme tuya de una vez.
El choque de sus bocas fue devastador.
Leónidas devoró sus labios con un beso salvaje, voraz y hambriento, como el de un hombre que ha estado en el desierto durante años y por fin encuentra agua. Mía abrió la boca al contacto, enredando sus dedos en el cabello húmedo de Leónidas, gimiendo contra su garganta mientras él la pegaba más y más contra la pared de madera.
Las manos de Leónidas, grandes, cálidas y dominantes, no perdieron un solo segundo. Le quitaron la chaqueta de lluvia a Mía dejándola caer al suelo de paja, para luego subir por debajo de su sweater de punto suave, sintiendo la piel desnuda y caliente de su cintura. Mía se arqueó hacia su contacto, soltando un suspiro tembloroso mientras las palmas firmes de él amoldaban la curva pronunciada de sus caderas.
—Dios, Mía... eres perfecta —murmuró Leónidas entre besos desenfrenados que bajaron desde sus labios hacia la línea suave de su mandíbula y el cuello estilizado, donde succionó con una devoción suave que la hizo temblar entera.
Con un movimiento fluido y cargado de una fuerza impresionante, Leónidas la alzó por los muslos. Mía enredó sus piernas alrededor de la cintura ancha de él de manera instintiva, pegando su pelvis a la de él y sintiendo la dureza evidente y arrolladora del deseo de Leónidas presionando contra su cuerpo.
Él la caminó unos pasos hacia la zona posterior del granero, donde había un espacio preparado con mantas gruesas de lana y fardos de paja seca. La depositó sobre las mantas con extrema delicadeza, situándose de inmediato entre sus piernas abiertas, mirándola desde arriba como el rey que toma posesión de su reino.
Despojos de ropa cayeron rápidamente sobre la paja seca al ritmo del viento que azotaba el techo exterior. La blusa de Mía, el sweater, sus jeans ajustados; la camisa de Leónidas, su chaqueta y sus pantalones... Todo quedó relegado al olvido mientras la luz de los relámpagos iluminaba la anatomía perfecta de ambos.
Mía contuvo el aliento al contemplar a Leónidas completamente desnudo sobre ella: hombros anchos, pecho musculoso cubierto de un vello suave, abdomen marcado y una masculinidad impresionante que reflejaba la fuerza pura del hombre maduro.
Leónidas, por su parte, admiró las curvas de infarto de Mía con los ojos oscuros encendidos en fuego: pechos firmes y erguidos con pezones rosados que pedían su contacto, una cintura pequeña y unas caderas rotundas que eran la máxima definición de la tentación.
—Te voy a amar de una forma que jamás vas a olvidar, Mía del Campo —prometió él en un susurro rasposo, inclinándose para cubrir su pecho con besos ardientes.
Su boca se apoderó de uno de sus pezones, succionando con un ritmo lento y profundo que hizo que Mía clavara las uñas en las espaldas musculosas de Leónidas, soltando un gemido agudo de placer puro que resonó en el granero. Mientras su boca torturaba deliciosamente su pecho, las manos de Leónidas descendieron por su vientre plano hasta situarse entre las piernas de Mía.
Sus dedos tropezaron con la humedad tibia y abundante que delataba el estado de excitación extrema de la muchacha. Con una delicadeza maestra que contrastaba con su porte imponente, Leónidas comenzó a acariciar su centro sensible, separando sus pliegues suaves y deslizando un dedo en su interior con un ritmo parsimonioso que hizo que Mía se retorciera sobre las mantas de lana.
—Leónidas... por favor... no me hagas esperar más —suplicó Mía con la voz rota por el deseo, buscando su boca de nuevo para besarlo con desesperación.
—Tranquila, mi amor... todo a su tiempo —respondió él, colocándose en posición entre sus muslos.
Sostuvo las caderas de Mía con firmeza, alineando su masculinidad con la entrada de ella. Mía abrió de par en par sus piernas, ofreciéndose por completo.
Con un empuje lento, decidido e implacable, Leónidas se deslizó en su interior.
Mía echó la cabeza hacia atrás sobre la manta, soltando un jadeo profundo de placer y plenitud cuando sintió la dimensión impresionante de Leónidas llenándola por completo. El encaje era perfecto, una fusión de fuego y seda que hizo que ambos cerraran los ojos ante la intensidad de la sensación.
Leónidas se congeló un segundo en su interior, apoyando sus antebrazos a los lados de la cabeza de Mía, contemplando el rostro extasiado de la mujer que amaba.
—¿Estás bien? —preguntó él en un murmullo dulce, besándole la frente con devoción.
—Estoy... increíble —respondió Mía sonriendo entre lágrimas de emoción, rodeando su espalda con los brazos—. Muévete, Leónidas. Muévete conmigo.
Leónidas comenzó a marcar un ritmo. Al principio fue un movimiento lento, profundo y ceremonioso, entrando y saliendo de su cuerpo con una parsimonia tortuosa que hacía que cada terminación nerviosa de Mía vibrara de placer. Pero a medida que la pasión fue escalando y los relámpagos iluminaban el lugar, el ritmo se volvió más rápido, más fuerte y más voraz.
Las embestidas de Leónidas se volvieron profundas y potentes, haciendo que el cuerpo de Mía se meciera sobre las mantas al compás de cada golpe de caderas. El sonido de sus pieles chocando con fuerza, los jadeos entrecortados de Leónidas contra el cuello de ella y los gemidos desinhibidos de Mía crearon una sinfonía pasional que opacó por completo el estruendo de la lluvia exterior.
Mía sentía que se quemaba por dentro. El placer que Leónidas le brindaba era abrumador, una ola gigante que la arrastraba hacia un abismo de sensaciones que jamás había imaginado. Clavó los pies en la espalda de él, elevando las caderas para recibirlo aún más profundo a cada embestida.
—¡Leónidas! ¡Dios mío, Leónidas! —gritó Mía sin poder contenerse, sintiendo cómo una tensión insoportable se acumulaba en la base de su vientre.
—Mírame, Mía. Mírame cuando te vengas —ordenó él con voz dominante y agitada, acelerando el ritmo al máximo de su capacidad, embistiéndola con una fuerza salvaje y majestuosa.
Mía abrió los ojos y lo miró. En el preciso instante en que sus miradas se cruzaron, el clímax estalló dentro de ella como una bomba atómica. Sus músculos vaginales se contrajeron con fuerza brutal alrededor de Leónidas, enviándole espasmos de placer incontrollable que la hicieron gritar su nombre hacia las vigas del techo.
Sentir la presión convulsiva de Mía alrededor de su miembro fue la gota que derramó el vaso para Leónidas. Con un último empuje profundo y visceral hasta el fondo de su ser, Leónidas soltó un rugido masculino de liberación pura y se derramó en el interior de ella con pulsaciones cálidas y abundantes, cayendo exhausto sobre el cuerpo de Mía mientras ambos temblaban unidos en el abrazo más íntimo de sus vidas.