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Entre Dos Mundos

Entre Dos Mundos

Status: En proceso
Genre:Escuela / BL / LGBT
Popularitas:473
Nilai: 5
nombre de autor: Luis Fernando Sanchez

Mateo Rivera llega a una prestigiosa universidad de Estados Unidos con una beca que representa la oportunidad de cambiar su vida. Acostumbrado a luchar por cada oportunidad, sabe que no puede permitirse cometer errores. Alexander Whitmore, en cambio, nació rodeado de privilegios. Hijo de una de las familias más importantes de la ciudad, tiene un futuro prácticamente asegurado. Pero detrás de su apellido, su dinero y la imagen de una vida perfecta existe una presión que pocos conocen. Sus caminos se cruzan durante su primer día de universidad. Al principio, solo son dos estudiantes que comienzan a hablar. Después, poco a poco, se convierten en amigos. Entre conversaciones, miradas y momentos compartidos, algo comienza a cambiar entre ellos. Pero mientras Mateo empieza a descubrir lo que realmente siente, Alexander tendrá que enfrentarse a sus propios miedos. Porque enamorarse de Mateo significa desafiar un mundo al que siempre ha pertenecido. Un mundo donde las apariencias importan, donde su familia tiene una reputación que proteger y donde mostrar quién es realmente podría cambiarlo todo. Dos chicos. Dos mundos completamente diferentes. Una historia que comienza con una simple mirada. Entre Dos Mundos es una historia de amor, amistad, descubrimiento y valentía, donde ambos tendrán que decidir si vale la pena luchar por lo que sienten.

NovelToon tiene autorización de Luis Fernando Sanchez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

— Capítulo 2: La cita de las ocho

Durante los siguientes minutos, Mateo y Alexander permanecieron frente al casillero sin decir nada.

La fotografía seguía entre ellos.

David Anderson.

Un hombre que, según los Whitmore, llevaba tres años muerto.

Un hombre que aparecía junto a Carlos, Thomas, Richard y Ethan precisamente el 17 de agosto.

Y ahora alguien quería que Mateo y Alexander acudieran a una dirección a las ocho de la noche.

—No podemos ir sin saber qué encontraremos —dijo Alexander finalmente.

Mateo guardó la fotografía dentro del sobre.

—Pero tampoco podemos ignorarlo.

—Lo sé.

—La persona que dejó esto quiere que vayamos.

—Sí.

Alexander miró nuevamente la dirección.

—Entonces iremos.

Mateo lo observó.

—¿Estás seguro?

—No.

Mateo sonrió ligeramente.

—Al menos eres sincero.

—Pero sí estoy seguro de algo.

—¿Qué?

Alexander tomó su mano.

—No voy a dejarte ir solo.

Mateo entrelazó sus dedos con los de él.

—Entonces iremos juntos.

Durante el resto del día intentaron concentrarse en las clases.

No fue fácil.

Mateo tenía una entrega importante de arquitectura y pasó casi una hora mirando el mismo plano sin avanzar.

Daniel se dio cuenta.

—Llevas diez minutos mirando esa línea.

Mateo levantó la cabeza.

—Estoy pensando.

—No. Estás pensando en otra cosa.

Sophie, que estaba sentada junto a ellos, sonrió.

—Tiene razón.

Mateo dejó el lápiz sobre la mesa.

—No puedo dejar de pensar en la fotografía.

Daniel perdió la sonrisa.

—¿Lo de David?

Mateo asintió.

—Y en la cita de esta noche.

Sophie miró a Alexander, que estaba al otro lado del salón.

—¿Van a ir?

—Sí.

—¿Solos?

Mateo negó.

—Daniel y tú pueden acompañarnos.

Daniel levantó una ceja.

—¿Nos estás invitando a una posible situación peligrosa?

—Sí.

Daniel lo pensó.

—Entonces definitivamente voy.

Sophie soltó una pequeña risa.

—Qué valiente.

—No dije que fuera por valentía.

Mateo sonrió.

—Gracias.

Sophie se acercó un poco.

—Pero prométeme que si algo se siente mal, se van.

—Lo prometo.

A las seis de la tarde, Alexander recibió una llamada.

Era Ethan.

—¿Dónde estás? —preguntó Ethan.

—En la universidad.

—Necesito hablar contigo.

—Ahora no puedo.

—Alexander, escúchame.

El tono de Ethan hizo que Alexander se pusiera serio.

—¿Qué pasa?

—¿Tienes todavía la fotografía?

Alexander miró a Mateo.

—Sí.

Hubo silencio.

—¿Quién te la dio?

—No lo sé.

—¿Y tienes una dirección?

Alexander se quedó quieto.

—¿Cómo sabes eso?

Ethan respiró profundamente.

—Porque conozco el lugar.

Alexander frunció el ceño.

—¿Qué lugar?

—La dirección que tienes.

Alexander miró nuevamente el papel.

—¿Qué hay ahí?

Ethan tardó en responder.

—Hace tres años había una oficina.

—¿De quién?

—De David.

Alexander sintió un escalofrío.

—¿David Anderson?

—Sí.

—¿Y qué pasó con esa oficina?

—Después de su supuesta muerte, fue cerrada.

Alexander se quedó callado.

—Ethan.

—¿Sí?

—¿Por qué dices “supuesta”?

Silencio.

—Porque hay cosas que nunca quedaron claras.

Alexander apretó el teléfono.

—¿David está vivo?

—No lo sé.

—Pero tú lo conocías.

—Sí.

—Entonces dime qué pasó.

Ethan bajó la voz.

—No puedo hacerlo por teléfono.

—¿Por qué?

—Porque no sé quién está escuchando.

La llamada terminó.

Alexander se quedó mirando el teléfono.

Mateo se acercó.

—¿Qué dijo?

Alexander lo miró.

—Conoce el lugar.

A las siete y media de la noche, los cuatro salieron de la universidad.

Daniel conducía.

Sophie iba en el asiento delantero.

Mateo y Alexander estaban atrás.

—¿Estamos seguros de que esta es una buena idea? —preguntó Daniel.

Alexander respondió:

—No.

Daniel lo miró por el espejo.

—Me encanta cuando respondes eso.

Mateo miraba por la ventana.

La ciudad comenzaba a iluminarse.

—¿Qué piensas? —preguntó Alexander.

—Que todo esto comenzó antes de que tú y yo nos conociéramos.

Alexander tomó su mano.

—Sí.

—Y ahora estamos en medio.

—Sí.

Mateo suspiró.

—Es extraño.

—¿Qué cosa?

—Hace unas semanas lo único que me preocupaba era terminar mis proyectos de arquitectura.

Daniel intervino desde adelante.

—Yo extraño esos problemas.

Sophie sonrió.

—Yo también.

Los cuatro rieron brevemente.

Pero la tensión regresó cuando Daniel se detuvo frente al edificio.

Era una construcción antigua de tres pisos.

Las ventanas estaban oscuras.

No parecía haber nadie.

—Llegamos —dijo Daniel.

Todos bajaron.

Alexander miró el edificio.

—Este lugar parece abandonado.

Mateo sostuvo el sobre.

—Pero alguien quiere que vengamos.

Caminaron hacia la entrada.

La puerta estaba abierta.

El interior estaba completamente oscuro.

Daniel encendió la linterna de su teléfono.

—Esto definitivamente no estaba en mis planes para esta noche.

—Cállate —murmuró Sophie.

Subieron las escaleras.

Primer piso.

Nada.

Segundo piso.

Varias puertas.

Finalmente llegaron al tercero.

Al final del pasillo había una puerta con una pequeña placa metálica.

D. ANDERSON

Mateo se quedó inmóvil.

Alexander respiró profundamente.

—Es aquí.

La puerta no tenía cerradura.

Alexander la empujó.

Se abrió.

Dentro había una oficina cubierta de polvo.

Un escritorio.

Una estantería.

Varias cajas.

Y fotografías.

Mateo se acercó lentamente.

—Miren esto.

Había fotografías de antiguos proyectos de construcción.

Carlos aparecía en varias.

Thomas también.

Y en algunas estaba Richard.

Sophie tomó una.

—Aquí están los cuatro.

Daniel observó otra.

—Hay documentos por todas partes.

Alexander se acercó al escritorio.

Encontró una carpeta.

La abrió.

Dentro había copias de contratos.

Uno de ellos llamó su atención.

Proyecto Rivera — Whitmore Holdings.

Alexander sintió un nudo en el estómago.

—Mateo.

Mateo se acercó.

—¿Qué?

Alexander le mostró el documento.

—Este contrato es el mismo del que habló tu padre.

Mateo comenzó a leer.

—Aquí aparece Thomas.

—Y Ethan.

—¿Qué hacía Ethan?

Alexander revisó la página.

—Supervisaba la parte financiera.

Mateo lo miró.

—Entonces sí tenía acceso.

—Sí.

Daniel encontró otra carpeta.

—Encontré algo.

Todos se acercaron.

Daniel abrió una hoja.

—Es una transferencia.

Mateo miró la cantidad.

Era exactamente la suma que Thomas había mencionado.

Alexander sintió un escalofrío.

—La misma cantidad.

Sophie preguntó:

—¿A dónde fue?

Daniel señaló la parte inferior.

—Aquí está la cuenta de destino.

Alexander miró.

Y se quedó completamente inmóvil.

Mateo notó su expresión.

—¿Qué pasa?

Alexander señaló el documento.

—Esa cuenta no pertenece a Ethan.

—¿Entonces a quién?

Alexander negó lentamente con la cabeza.

—No lo sé.

Un ruido proveniente del pasillo los hizo quedarse en silencio.

Todos levantaron la cabeza.

Pasos.

Alguien estaba caminando afuera.

Daniel apagó la linterna.

Los pasos se acercaron.

Uno.

Dos.

Tres.

Después se detuvieron frente a la puerta.

Mateo tomó la mano de Alexander.

Nadie respiraba.

La puerta comenzó a abrirse.

Pero antes de que apareciera alguien, las luces del edificio se encendieron.

Una voz habló desde el pasillo.

—No deberían estar aquí.

Alexander reconoció la voz.

—Ethan.

Ethan entró.

Miró a los cuatro.

Después observó los documentos sobre el escritorio.

Su rostro cambió.

—¿Qué hicieron?

Alexander se acercó.

—Buscamos respuestas.

—No entienden lo que están haciendo.

—Entonces explícanos.

Ethan miró a Mateo.

—Tu padre no robó ese dinero.

Mateo se quedó quieto.

—¿Lo sabes?

—Sí.

—Entonces ¿quién lo hizo?

Ethan miró hacia la puerta.

—No puedo decirlo.

Alexander perdió la paciencia.

—¡Siempre dices lo mismo!

Ethan lo miró.

—Porque todavía no es seguro.

—¿Para quién?

Ethan respondió:

—Para todos.

Mateo se acercó.

—¿Qué ocurrió el 17 de agosto?

Ethan cerró los ojos.

—Esa noche David descubrió algo.

—¿Qué?

—Una cuenta oculta.

Alexander frunció el ceño.

—¿De quién?

—De alguien dentro de Whitmore Holdings.

—¿Richard?

Ethan negó.

—No.

Mateo preguntó:

—¿Tú?

Ethan lo miró.

—Tampoco.

—Entonces dime quién.

Ethan abrió la boca.

Pero antes de poder responder, se escuchó un fuerte golpe en la planta baja.

Todos se quedaron inmóviles.

Ethan cambió inmediatamente de expresión.

—Tenemos que irnos.

—¿Por qué? —preguntó Daniel.

—Porque alguien más vino.

Bajaron rápidamente las escaleras.

Al llegar al primer piso, escucharon una puerta cerrándose.

Ethan caminó hacia la entrada.

Miró por una ventana.

Un automóvil negro acababa de arrancar.

—Ya saben que estamos aquí —dijo.

Alexander lo miró.

—¿Quiénes?

Ethan respondió:

—No lo sé.

Mateo observó el automóvil alejarse.

Entonces notó algo.

—Ethan.

—¿Qué?

—¿Por qué estabas aquí?

Ethan se quedó callado.

Alexander lo miró.

—Exactamente.

Ethan respiró profundamente.

—Porque recibí el mismo mensaje que ustedes.

Mateo abrió los ojos.

—¿Qué mensaje?

Ethan sacó su teléfono.

En la pantalla aparecía una sola frase:

“Si quieres saber qué ocurrió aquella noche, vuelve a la oficina de David.”

Mateo miró a Alexander.

—Entonces alguien también te está guiando.

Ethan guardó el teléfono.

—Sí.

—¿Quién?

—No lo sé.

Antes de irse, Mateo regresó a la oficina.

—¿Qué haces? —preguntó Alexander.

—Hay algo que no hemos visto.

Mateo comenzó a revisar el escritorio.

Abrió un cajón.

Nada.

Otro.

Nada.

Finalmente encontró una pequeña caja metálica.

Estaba cerrada.

Alexander se acercó.

—¿Qué es?

—No lo sé.

Ethan palideció al verla.

—Déjala.

Mateo lo miró.

—¿Por qué?

—Porque esa caja pertenece a David.

—Precisamente por eso quiero abrirla.

Ethan dio un paso adelante.

—Mateo.

Alexander se interpuso.

—Déjalo.

Mateo encontró una pequeña llave en uno de los cajones.

La introdujo.

La caja se abrió.

Dentro había una memoria USB.

Un teléfono antiguo.

Y un sobre.

Mateo tomó el sobre.

En el frente solamente decía:

PARA CARLOS RIVERA.

Mateo levantó la mirada.

—Esto es para mi padre.

Ethan se quedó completamente serio.

—No.

—¿Qué?

—No abras eso aquí.

—¿Por qué?

Ethan miró la caja.

—Porque si David dejó algo para Carlos, significa que sabía que algo iba a pasar.

Mateo sostuvo el sobre.

—Entonces quiero saber qué.

Ya afuera del edificio, Ethan se quedó frente a Alexander.

—No puedes seguir investigando así.

Alexander respondió:

—No voy a detenerme.

—Richard puede hacerte daño.

—Ya lo está haciendo.

Ethan negó.

—No hablo de la empresa.

Alexander lo miró.

—¿Entonces de qué?

Ethan bajó la voz.

—De tu vida.

Alexander permaneció en silencio.

Ethan continuó:

—No sabes quién está detrás de esto.

—¿Tú sí?

—Tengo una idea.

Alexander se acercó.

—¿Quién?

Ethan miró a Mateo.

—Alguien que conoce a tu familia y a la suya desde hace mucho tiempo.

Mateo preguntó:

—¿Quién?

Ethan negó con la cabeza.

—Todavía no.

Alexander se frustró.

—¿Cuándo?

Ethan lo miró.

—Cuando esté seguro de que decirlo no los pondrá en peligro.

Subió a su automóvil y se marchó.

Mateo y Alexander regresaron a casa juntos.

El sobre seguía en las manos de Mateo.

—¿Quieres abrirlo? —preguntó Alexander.

Mateo negó.

—No.

—¿Por qué?

—Porque está dirigido a mi padre.

—Tienes razón.

Mateo lo observó.

—Mañana se lo voy a entregar.

Alexander asintió.

—Yo estaré contigo.

Mateo sonrió.

—Lo sé.

Se quedaron en silencio.

Después Mateo apoyó la cabeza sobre el hombro de Alexander.

—Ha sido un día horrible.

Alexander sonrió.

—Sí.

—Pero terminó contigo.

—Eso lo mejora un poco.

Mateo levantó la mirada.

—¿Un poco?

Alexander sonrió.

—Mucho.

Se besaron.

Esta vez fue diferente.

Más natural.

Más seguro.

Cuando se separaron, Mateo sonrió.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Alexander esperó hasta verlo entrar.

Dentro de la casa, Mateo encontró a Carlos despierto.

—Papá.

Carlos levantó la mirada.

—¿Dónde estabas?

Mateo colocó el sobre sobre la mesa.

Carlos lo vio.

Y se quedó completamente inmóvil.

—¿Dónde encontraste eso?

—En la antigua oficina de David Anderson.

Carlos se levantó de golpe.

—¿Fuiste allí?

—Sí.

—¿Con quién?

—Alexander, Daniel y Sophie.

Carlos tomó el sobre.

Lo sostuvo durante varios segundos.

—No deberías haberlo encontrado.

Mateo lo miró.

—¿Qué hay dentro?

Carlos no respondió.

Abrió lentamente el sobre.

Sacó una hoja.

La leyó.

Su rostro se transformó.

Mateo sintió miedo.

—¿Qué dice?

Carlos levantó la mirada.

Sus ojos estaban llenos de preocupación.

—David sabía que iban a intentar culparme.

—¿Quién?

Carlos miró la hoja.

—La persona que realmente tomó el dinero.

Mateo dio un paso adelante.

—¿Quién fue?

Carlos volvió a mirar la hoja.

Y entonces dijo algo que dejó a Mateo completamente paralizado.

—No fue una persona.

Mateo frunció el ceño.

—¿Qué?

Carlos levantó lentamente la mirada.

—Fue una empresa.

Silencio.

—¿Qué empresa?

Carlos no respondió.

Porque en ese instante su teléfono comenzó a sonar.

Miró la pantalla.

El número era desconocido.

Contestó.

—¿Sí?

Nadie habló.

Carlos palideció.

Después una voz se escuchó al otro lado.

—Han encontrado la oficina.

Carlos cerró los ojos.

—¿Quién eres?

La voz respondió:

—Alguien que debería haber muerto hace tres años.

Carlos dejó caer lentamente el teléfono.

Mateo lo miró aterrado.

—Papá…

Carlos levantó la mirada.

Y por primera vez, Mateo pudo ver verdadero miedo en los ojos de su padre.

—David.

La llamada seguía conectada.

Y entonces la voz volvió a escucharse:

—Dile a tu hijo que deje de buscarme.

La llamada terminó.

Mateo y Carlos permanecieron inmóviles.

En otra parte de la ciudad, un hombre observaba una fotografía antigua.

Era David Anderson.

Y estaba vivo.

Continuará…

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Max
Pero si ya te lo dijo 👀
Max
Ya cállese señor 🤗
Max
Más inoportuno imposible 🤦‍♀️
Max
Juju alguien se está enamorando 👀
Max
Awww 🤭
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