Luego de descubrir una cruel traición y caer en un profundo coma en su mundo, transmigró al cuerpo de una sirvienta en el reino del Rey Lycan.
Ella sólo quiere entender como ha llegado a ese lugar, y él no está dispuesto a dejarla ir.
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Capítulo 23
Alana descendió las escaleras a zancadas, con la mandíbula apretada y la rabia ardiendo en cada una de sus venas. No entendía por qué demonios le afectaba tanto esa imagen. El Rey podía acostarse con quien se le diera la gana; al fin y al cabo, ella no era más que una sirvienta —una prisionera— en ese infierno de bestias. Pero el recuerdo de la sonrisa triunfante de Sara y la mirada de piedra de Azrael le revolvía el estómago.
Entró en el almacén de boticaria contiguo a las cocinas, agarró el frasco de cristal con las sales aromáticas de lavanda y minerales, y volvió a subir los peldaños sin perder un solo segundo.
De vuelta en la cámara de baño, el vapor seguía flotando denso en el aire. Alana caminó con paso firme hasta el borde de la gran tina de piedra. Sara la miraba con una expresión de ostentosa satisfacción, estirando un hombro con delicadeza mientras Azrael permanecía inmóvil, observando cada movimiento de la humana a través de la humareda.
Sin decir una palabra, Alana destapó el frasco y arrojó las sales al agua. Lo hizo con tanta brusquedad que el agua tibia salpicó ligeramente el rostro y el pecho expuesto de la princesa.
—¡Cuidado, estúpida! —chilló Sara, dando un brinco en el agua y llevándose las manos a la cara—. ¡Mira lo que haces! Azrael, ¡dile algo a esta salvaje!
Alana sostuvo el frasco vacío con firmeza, mirando a Sara directamente a los ojos sin pestañear.
—Las sales están servidas, majestad —dijo Alana, marcando el título con una ironía filosa que cortaba el aire—. Si no necesita nada más, volveré a mis labores.
Azrael no se inmóvil ni un milímetro, pero el destello azul de sus ojos se volvió más oscuro, fijo en la postura desafiante de la humana. Un leve movimiento en su mandíbula delató la tensión de su autocontrol.
—Retírate, Alana —ordenó el Rey Alfa, con esa voz grave y baja que resonó en las paredes de mármol y piedra—. Ve a los establos y asegúrate de que las monturas del Este estén listas para el banquete.
—Con su permiso —murmuró Alana.
Dio media vuelta antes de que Sara pudiera articular otra protesta y abandonó la estancia. Mientras cruzaba el pasillo hacia los patios exteriores, el frío de la noche le rozó las mejillas incandescentes. Apretaba las manos en puños mientras caminaba hacia la penumbra de los establos, prometiéndose a sí misma que jamás volvería a dejar que la frialdad de ese rey la tomara por sorpresa.
Alana caminó hacia los establos echa una furia. Cada paso retumbaba contra la piedra y, en el camino, le dio una patada limpia a cada loma de paja que se encontró, haciendo que las briznas volaran por el aire como una protesta silenciosa. Llegó al área de los sementales y se acercó a los caballos, pero no lo suficiente; las manos aún le temblaban por la rabia contenida.
—Deberías tener más cuidado con esa rabia que tienes, humana —dijo una voz masculina detrás de ella.
Alana se volteó de golpe y vio a Sköll mirándola desde la penumbra.
—¿Qué es lo que quieres? No me das miedo —dijo Alana, mirándolo mal y ajustando la postura por si intentaba algo.
Sköll ladeó la cabeza, observando la forma en que ella articulaba cada palabra.
—¿Qué idioma es ese? —preguntó el Alfa, dando un paso firme hacia ella.
—¿Idioma? ¿De qué hablas? —preguntó ella, haciéndose la desentendida pero sabiendo perfectamente a qué se refería.
Sköll ignoró su evasiva. Echó un vistazo al trabajo que ella intentaba hacer con las cinchas y negó con la cabeza.
—Las monturas de los caballos no se ensillan así —dijo el Alfa, agarrando la mano de Alana sin pedir permiso y llevándola hacia el lomo del caballo para enseñarle el ajuste correcto.
—Sospechoso —dijo ella, soltándose de su agarre con brusquedad y dando un paso atrás.
El Alfa soltó una estruendosa carcajada que hizo que el caballo relinchara, inquieto por la potencia de su voz.
—Eres muy inteligente, humana. Pero no deberías tener miedo de mí —dijo el Alfa, cruzándose de brazos con autosuficiencia.
—Hace unas horas en la arena querías que tus lobos me despedazaran —recordó Alana, entornando los ojos.
—Es cierto, y aún quiero que eso pase —dijo el Alfa divertido, mostrando los colmillos en una sonrisa salvaje—. Te voy a regalar uno de mis lobos, escoge el que más te guste.
Alana lo miró confundida, tratando de descifrar si el líder del Norte jugaba con ella o si de verdad le estaba ofreciendo una fiera como regalo.
—¿Un lobo? —repitió Alana con una mueca de incredulidad, cruzándose de brazos—. ¿Y se supone que deba agradecerte por darme una bestia que va a intentar arrancarme la yugular mientras duermo?
Sköll dio dos pasos lentos hacia la entrada de los corrales de bestias, situados al fondo del establo, donde las rejas de hierro pesado contenían a las temibles criaturas del Norte. Los tres lobos gigantes, de pelaje espeso y grisáceo como la escarcha, se irguieron de inmediato al sentir a su amo, pero sus orejas se plegaron hacia atrás en cuanto sus ojos fijaron a Alana.
—Mis lobos no responden a cualquiera —dijo el Alfa, apoyando los antebrazos sobre la barra de hierro y mirando a las criaturas con orgullo—. Responden a la fuerza. En la arena no usaste espada ni magia; usaste algo más raro. Dominio puro. Eso no se entrena, humana. Se lleva en la sangre.
Uno de los lobos —el más grande, con una cicatriz profunda cruzándole el hocico— se acercó a los barrotes y dejó escapar un gimoteo bajo, pegando la trufa a la reja justo a la altura de la mano de Alana.
—Aquel de allá te escogió a ti desde que lo miraste a los ojos —continuó Sköll, señalándolo con la barbilla—. Tómalo. Es tuyo. Un regalo del Norte.
Alana miró a la enorme bestia. A pesar del peligro que representaba, no vio rabia en sus ojos amarillos, sino una especie de lealtad primitiva e instintiva.
—¿Y qué gana el gran Alfa del Norte regalándole un lobo a una sirvienta? —inquirió Alana, manteniendo la guardia alta.
—Gano ver la cara de Azrael cuando descubra que la humana que tiene acorralada en su cocina camina con una bestia de mis tierras a su lado —respondió Sköll, con una sonrisa amplia y peligrosa que dejó ver sus colmillos—. Además... vas a necesitar protección. Este castillo se va a llenar de sangre muy pronto, y Azrael no siempre va a llegar a tiempo para salvarte.
Alana dio un paso tembloroso hacia la reja, estirando lentamente los dedos hacia el pelaje áspero del lobo. La criatura cerró los ojos y apoyó el pesado hocico contra la palma de su mano, dejando escapar un resoplido cálido.
—Si me ataca, usaré tu propia daga para cortarle la cabeza —advirtió Alana, mirando de reojo al Alfa.
Sköll soltó una nueva carcajada que hizo eco en todo el recinto.
—Me gusta tu carácter, chica —dijo él, abriendo el cerrojo de la celda de un solo tirón—. Ponle un nombre. A partir de hoy, esa bestia solo responderá a tu voz.