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La esposa secreta del magnate Alcázar

La esposa secreta del magnate Alcázar

Status: Terminada
Genre:Romance / Aventura de una noche / Centrado emocionalmente / Amor a primera vista / Romance oscuro / Completas
Popularitas:96
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Camila Fuentes solo quería sobrevivir: pagar sus deudas, conservar su empleo y olvidar la noche en que despertó en la suite de un desconocido.
Pero aquel desconocido era Maximiliano Alcázar, heredero de uno de los imperios empresariales más poderosos de México. Frío, arrogante y acostumbrado a conseguir todo lo que desea, Max no está dispuesto a dejar escapar a la única mujer que logró alterar su mundo.
Para mantenerlo lejos, Camila inventa un novio. La mentira, sin embargo, desata una persecución de celos, secretos y deseos imposibles de ocultar. Mientras un amor del pasado intenta recuperarla y la familia Alcázar se niega a aceptarla, Camila deberá enfrentarse también a la herida que ha cargado desde niña: la certeza de que su propia madre la abandonó porque nunca fue digna de ser amada.
Max puede ofrecerle dinero, protección y hasta su apellido. Pero para convertirla en su esposa tendrá que demostrarle algo mucho más difícil: que esta vez, cuando todos los secretos salgan a la luz, él será el hombre que decida quedarse.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Esa mujer me la llevo yo

—Te lo juro, es dinero fácil. —Brenda la había convencido con una sonrisa de azúcar, tres días antes, en el pasillo de la oficina—. Nada más sirves las copas, sonríes, y te vas con las propinas de la noche. Nadie te toca, hay seguridad, puro cliente fino. Yo llevo meses. ¿O de dónde crees que saco para mis cosas?

Y Camila, con la mensualidad del vestido encima y el hoyo abriéndose bajo sus pies, había dicho que sí.

El Bar Carmesí no se parecía en nada a lo que Brenda había pintado. Desde la puerta, la música le vibró en el pecho y el aire olía a perfume caro y a alcohol. Una encargada la llevó a un vestidor y le puso enfrente un uniforme que de uniforme no tenía nada: una cosa mínima, brillante, que dejaba la espalda al aire.

—Esto no es servir copas —dijo Camila, con el estómago cayéndosele—. Esto no fue lo que me dijeron.

—Ay, no te hagas la santa. —Brenda ya se estaba pintando los labios en el espejo, sin mirarla—. Es una hora, entras a un privado, les llenas el vaso, les ríes las gracias y sales. Los señores de allá dejan buenas propinas. ¿Querías dinero rápido o no?

Camila entendió, tarde, para qué la habían traído. No para servir copas. Para llenar un cupo. Para que Brenda cobrara su comisión por cada cara nueva que metía por esa puerta.

—Yo no vine a esto. —Se cruzó de brazos, apretando contra el pecho el uniforme que le tendían—. Me voy.

—No seas ridícula. —Brenda le habló entre dientes, sin dejar de sonreír hacia el salón—. Ya estás aquí. Una hora y te ganas lo de tres días de oficina. ¿O prefieres irte con las manos vacías después de que te traje? No me hagas quedar mal, Camila.

Y ahí estaba la trampa completa: la deuda, la vergüenza, el favor que no había pedido, todo apretándola a la vez. Antes de que pudiera dar media vuelta, la encargada y Brenda ya la empujaban, medio a la fuerza y medio con risas, hacia uno de los reservados del fondo.

Adentro había cuatro o cinco jóvenes con la camisa abierta y la mirada turbia de quien lleva horas bebiendo. El que mandaba, un tal Sebastián Prado, tenía el pelo engominado y esa seguridad grasienta del niño rico que nunca ha oído un no.

—Órale, esta sí está buena. —La midió de arriba abajo y palmeó el sillón a su lado—. Ven, siéntate aquí, preciosa. No muerdo. Bueno, tantito.

Los otros se rieron. Camila se quedó de pie junto a la mesa, rígida, con la charola apretada contra el cuerpo como si la tela de más pudiera cubrirla.

—Le sirvo su copa y me retiro, joven.

—No, no, no. —Sebastián la agarró de la muñeca y la jaló hacia abajo—. Tú no te vas a ningún lado. ¿Cuánto por la noche completa? Yo pago bien, no te apures. Ponle precio, mamita, todo se compra.

Le puso la otra mano en la pierna.

Camila no lo pensó. La bofetada le salió del brazo entero, seca, restallante, y le volteó la cara de lado. En el reservado se hizo un silencio de golpe.

—No estoy a la venta —dijo ella, temblando de rabia y de miedo, ya de pie, buscando la puerta con los ojos—. Con permiso.

Pero Sebastián, con la mejilla roja y los ojos entrecerrados de humillación, se levantó también.

—A mí nadie me pega, pinche muerta de hambre. —La agarró otra vez, más fuerte—. ¿Sabes quién soy yo? Aquí te quedas hasta que yo diga.

Camila alcanzó a ver a Brenda del otro lado del salón, mirando la escena por encima de su copa, sin mover un dedo. Le buscó los ojos, le pidió ayuda con la sola desesperación de la cara, y Brenda apartó la vista.

Lo que Camila no vio fue la otra mesa.

En un reservado elevado, al fondo, Max llevaba un rato con el vaso a medias y la mandíbula apretada. Había reconocido esa espalda, esa nuca, ese gesto de aguantar, en cuanto la empujaron al privado. Al principio no lo creyó: ¿qué hacía ella en un lugar así, con esa ropa que no era suya? Después vio la charola, el temblor con que la sostenía, la manera en que se pegaba a la pared, y entendió que no estaba ahí por gusto, sino acorralada. Pato le decía algo que él no oía. Con cada segundo que pasaba, el cristal del vaso crujía un poco más entre sus dedos, y ese algo frío y filoso que se le había metido en el pecho la noche del "tengo novio" se le estaba volviendo fuego. Se dijo que no era asunto suyo. Se lo dijo una vez, dos. A la tercera, cuando el niño ese le puso la mano en la pierna, dejó de decírselo.

Cuando la mano de Sebastián la agarró por segunda vez, el vaso terminó de tronar. Max se puso de pie.

—Max —murmuró Pato, alarmado—. Max, no...

No lo alcanzó. Max ya cruzaba el salón a grandes pasos, sin prisa aparente y sin embargo imparable, la gente apartándose sola de su camino. Llegó al reservado, y su voz cayó sobre el escándalo baja, helada, sin una gota de esfuerzo.

—Suéltala.

Sebastián levantó la cara, listo para mandarlo al diablo, y algo en la expresión del hombre que tenía enfrente le secó las palabras en la boca. Los otros niños ricos se enderezaron. Nadie dijo nada.

—Esta mujer se va conmigo. —Max no gritó. No hizo falta. Miró a Sebastián una vez más, con un desprecio tan absoluto que valía por una amenaza—. Y si vuelves a tocarla, te lo cobro de otra manera.

Sebastián le soltó la muñeca como si de pronto quemara.

Camila estaba temblando, sin entender del todo qué pasaba, con la marca de la mano ajena todavía roja en el brazo. Alcanzó a mirar a Max —a él, precisamente a él, otra vez, en el lugar más imposible— con los ojos muy abiertos.

—Yo no... —empezó a decir, o a protestar, o a agradecer, ni ella sabía.

No terminó. Max se agachó, la levantó del suelo de un solo movimiento, un brazo bajo sus rodillas y el otro en la espalda, y la cargó contra su pecho como si no pesara nada. El salón entero se volvió a mirar. Nadie, en todos los años que llevaban de conocerlo, había visto jamás a aquel hombre de hielo cargar a una mujer en público, delante de todos, sin que le importara un solo par de ojos.

Y con ella en brazos, Max echó a andar hacia la salida.

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