Dante Valero nunca fue un hombre bueno. Solo fue tolerante.
Durante años permitió que su familia viviera de su fortuna, soportó las manipulaciones de su primo Mateo y cedió una y otra vez para evitar que el enfermizo muchacho sufriera una crisis. Incluso aceptó que su prometida, Valeria Zorich, lo abandonara momentáneamente por él.
Pero el día de su boda, Mateo cruzó la última línea.
Dante dejó el altar, rompió el compromiso y abrió las puertas de un poder que todos creían dormido. Lo que nadie sabía era que el único heredero del imperio Valero jamás había sido débil. Simplemente se había contenido.
Ahora sus enemigos descubrirán lo que significa enfrentarse al verdadero Dante.
Mientras las familias que lo traicionaron caen en deudas, escándalos y ruinas, Elena Cruz, la única mujer que siempre conoció su verdadera naturaleza, regresa a su lado.
Él perdió una novia.
Ellos están a punto de perderlo todo.
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LÍNEAS QUE NO SE CRUZAN
Lía estaba acomodando libros en los estantes de la nueva escuela cuando escuchó pasos pesados acercándose. Levantó la vista esperando ver a Dante, pero se quedó rígida al ver a su madre en la entrada. La mujer entró sin llamar, miró todo con desdén y se detuvo en medio del pasillo como si el lugar le perteneciera.
— Así que aquí estás —escupió, sin saludar—. Crees que porque tienes un hombre con dinero ya eres alguien. Pues escúchame bien: no te libras de tu familia. Tu padrastro necesita dinero. Ahora mismo. Y tú vas a dárselo.
Lía apretó los puños. El miedo antiguo regresó, pero esta vez no estaba sola.
— No tengo dinero para darte —respondió, firme—. Lo que gano aquí lo uso para la escuela. Y no voy a darles ni un centavo para que se lo gasten en alcohol.
— ¡Desagradecida! —gritó la mujer, avanzando con la mano levantada—. ¡Sin nosotros no existirías! ¡Nos debes todo!
— Baje la mano. Ahora.
La voz no era fuerte por el volumen. Era fuerte por el peso. Dante estaba en el marco de la puerta. No gritaba. No se movía bruscamente. Pero su presencia llenó el lugar de golpe, como una sombra que cae de pronto. Entró despacio, se colocó entre ellas, y la miró a la mujer con una frialdad que la heló en el sitio.
— Le dijo que baje la mano —repitió, lento, claro, como si hablara con un niño torpe—. Y no me haga repetir las cosas. No me gusta.
— ¿Y tú quién eres para…? —empezó ella, intentando mantener la autoridad.
— Soy Dante Valero. Y eso, aquí dentro, es mi territorio. —Dante dio un paso hacia ella, y la mujer retrocedió instintivamente—. Escúcheme bien, porque no lo voy a decir dos veces. Ella no les debe nada. Ustedes la explotaron, la usaron, la dejaron pasar necesidad. Ahora que ella está bien, vienen a cobrar? Pues le digo una cosa: aquí no hay cobranza. Aquí no hay nada de lo que puedan aprovechar.
— Es mi sangre —insistió la mujer, con menos fuerza—. La sangre…
— La sangre no da derecho a joder la vida de alguien —la cortó él, tajante—. Si la necesita, busque trabajo. Si tiene hambre, pida en otro lado. Pero si vuelve a acercarse a ella, si vuelve a poner un pie aquí, si la molesta una sola vez… se las verá conmigo. Y créame: nadie quiere tenerme como enemigo. Mucho menos gente que no tiene nada.
La mujer palideció. Sabía ese apellido. Sabía lo que significaba.
— No puede… no puede prohibirme ver a mi propia hija…
— Ya lo hice. Y si no sale en este momento, llamo a seguridad y la sacan a la fuerza. ¿Prefiere eso? —Dante señaló la puerta con un gesto seco—. Tiene tres segundos. Uno… dos…
La mujer salió apresurada, sin mirar atrás, murmurando maldiciones que se perdieron al cerrarse la puerta.
Cuando se fueron, Dante se giró hacia Lía. Su expresión se suavizó apenas, lo suficiente para que ella supiera que no estaba con ella de la misma forma que con la otra mujer.
— ¿Estás bien? —preguntó, breve y directo.
— Sí —asintió ella—. Gracias. No quería que vieras esto…
— No tienes que darme explicaciones de tu familia. No los elegiste. —Se acercó un poco más, con voz baja y firme—. Pero escúchame bien: nadie te toca. Nadie te grita. Nadie te exige. Mientras estés conmigo, eso se terminó. Si vuelven, me llamas. Yo me encargo. No discutas, no razones. Me avisas a mí. ¿Entendido?
— Entendido —dijo ella, sintiéndose protegida como nunca.
Dante asintió, satisfecho de que hubiera quedado claro. No la abrazó efusivamente. No le dijo nada dulce. Pero cuando pasó a su lado, le puso una mano firme en el hombro un instante, un gesto de respeto y de advertencia para cualquiera que se atreviera a acercarse.
— Termina lo que estás haciendo. Te espero afuera. Nos vamos.
Y salió, dejándola con una certeza absoluta: no importaba quién viniera, ni de dónde viniera. Nadie iba a pasar por encima de él para llegar a ella. Y eso valía más que mil palabras.