Jessica estaba a punto de casarse con el hombre que creía amar… hasta que descubrió que Cedric la engañaba con su propia hermana.
Destrozada por la traición, Jessica se cruza con Cristóbal, el padre de Cedric, un poderoso empresario que guarda sus propios secretos. Cuando la madre de Jessica muere inesperadamente, una serie de misterios familiares salen a la luz.
Mientras Cedric, Julieta y la exesposa de Cristóbal conspiran para destruirla y quedarse con una fortuna, Jessica descubre que la persona que menos esperaba podría convertirse en su mayor aliado… y en el amor que jamás imaginó.
Una traición. Una familia llena de secretos. Una fortuna en peligro. Y un amor prohibido que nadie vio venir.
¿Jessica descubrirá la verdad antes de perderlo todo
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Capítulo 10 — El enemigo está más cerca
La puerta se cerró tras Valeria, y el silencio que dejó tras de sí fue pesado, cargado de preguntas sin respuesta. Me quedé de pie en el centro del salón, sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies. Julieta la había llamado. Mi propia hermana, la que compartió mi cuna, la que juró amarme, había ido a buscar a la exesposa de Cristóbal para tejer una red contra nosotros.
—No puede ser… —susurré, llevándome una mano al pecho—. ¿Cómo pudo? ¿Qué ganará con todo esto?
Cristóbal se pasó una mano por el cabello, visiblemente tenso, y caminó hacia la ventana, mirando hacia el jardín como si buscara en la oscuridad las respuestas que no llegaban.
—Dinero. Poder. El control de la empresa —respondió, sin girarse—. Valeria siempre fue ambiciosa. Y Julieta… Julieta aprendió rápido que la lealtad no se paga, pero la traición sí. Cedric la respalda, y juntos creen que pueden dividir y conquistar. Pero no esperaban que yo estuviera de tu lado.
—¿Y lo estás? —pregunté, con la voz temblorosa, necesitando escucharlo—. ¿De verdad estás de mi lado, o solo proteges lo tuyo?
Él se giró lentamente, y en sus ojos verdes vi algo que me hizo contener el aliento. No era interés. No era deber. Era algo más profundo, más sincero.
—No te confundas, Jessica. Vine a este momento por ti. Porque tu madre merecía justicia. Porque Leonardo merecía que se supiera la verdad. Pero sobre todo… porque tú mereces que nadie te haga daño. Y mientras yo esté aquí, nadie lo hará. Ni mi hijo, ni tu hermana, ni Valeria. Nadie.
Sus palabras me sostuvieron en ese instante en que todo parecía derrumbarse. Pero la calma duró poco. Algo en la habitación no encajaba. Algo se sentía… fuera de lugar.
Miré hacia la mesa donde había dejado los documentos de mi madre. Los papeles estaban ahí, sí. Pero no en el orden en que los había dejado. La carta de mi madre estaba boca abajo, cuando yo la había dejado boca arriba. Una de las fotografías estaba desplazada, como si alguien la hubiera tomado en sus manos y vuelto a dejar con prisa.
El corazón se me detuvo.
—Cristóbal… los papeles. Estaban ordenados. Alguien los tocó.
Él se acercó de inmediato, revisando la mesa con mirada aguda.
—¿Estás segura?
—Sí. Segura. La carta estaba al revés. Y la foto de mi madre y Leonardo… estaba al otro lado. Alguien entró mientras hablábamos con Valeria.
Cristóbal se acercó a la puerta, examinó el marco, el suelo, y luego miró hacia el pasillo.
—La puerta no tiene señales de haber sido forzada. Y el personal de servicio tiene prohibido entrar a esta ala sin permiso. Excepto…
Se detuvo, y su expresión se volvió grave. Caminó hacia el pasillo y llamó en voz alta.
—¡Marcos!
Minutos después apareció el mayordomo, un hombre de confianza que llevaba años en la casa.
—¿Sí, señor Alarcón?
—¿Alguien entró al salón durante los últimos quince minutos? —preguntó Cristóbal, con voz firme—. ¿Vio a alguien?
El mayordomo dudó un instante, y luego bajó la mirada, incómodo.
—Señor… la señorita Julieta estuvo aquí hace un momento. Dijo que venía a buscar algo que se le había olvidado. Le dije que no podía entrar, pero ella… insistió. Solo estuvo unos segundos y se marchó.
Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones.
—Estuvo aquí —susurré—. Estuvo aquí todo el tiempo. Escuchó todo.
—No solo eso —dijo Cristóbal, acercándose a la mesa y levantando uno de los documentos—. Faltó algo. Una hoja, con el membrete de la empresa de mi padre. Estaba junto a la carta. Ya no está.
—¿Qué decía? —pregunté, sintiendo cómo el miedo empezaba a treparme por la espalda.
—Era un registro de reuniones —respondió él, con voz pesada—. De la época en que Leonardo desapareció. Si lo tienen… saben exactamente qué estamos buscando. Y saben que estamos cerca de la verdad.
Cristóbal se giró hacia mí, y su rostro era serio, sin rastro de duda.
—Están dentro, Jessica. No solo están fuera esperando a que cometamos un error. Están dentro de casa, escuchando, robando, planeando. El enemigo no está al otro lado de la puerta. Está donde menos lo esperas.
Pensé en el personal de servicio, en las puertas que se abrían y se cerraban, en las conversaciones que se escuchaban detrás de las paredes. Pensé en Julieta, que había entrado como una sombra, tomado lo que quería y se había marchado sin dejar rastro. En Cedric, que daba órdenes desde su despacho, moviendo hilos que no veíamos. En Valeria, que había vuelto con un plan que no nos había contado completo.
Todos estaban conectados. Todos jugaban su propia partida. Y yo, con la verdad en mis manos, era la pieza que estorbaba en el tablero.
—No estamos a salvo aquí —dije, y por primera vez sentí el miedo de verdad—. En ningún lugar.
Cristóbal se acercó y tomó mis manos entre las suyas, con un gesto firme y protector que me dio un atisbo de esperanza en medio de la oscuridad.
—No te dejaré sola. Pero tienes razón. A partir de ahora, no confiemos en nadie. Nadie entra solo a una habitación. Nadie se queda con los documentos sin supervisión. Y cada palabra que digamos… la decimos sabiendo que podrían estar escuchándonos. La guerra ha empezado, Jessica. Y ellos ya hicieron el primer movimiento.
Miré a mi alrededor, a las paredes que antes me parecían un refugio y que ahora se sentían como prisiones transparentes. Alguien nos observaba. Alguien escuchaba. Y mientras nosotros planeábamos descubrir la verdad, ellos planeaban destruirnos antes de que pudiéramos pronunciarla.
Pero en ese momento, mientras sostenía las manos de Cristóbal, supe una cosa con certeza: no me rendiría. No dejaría que mi madre hubiera muerto en vano. No dejaría que Leonardo fuera olvidado. Y no dejaría que Cedric y Julieta se salieran con la suya.
La traición había empezado en mi propia casa, en mi propia familia. Pero la verdad… la verdad también empezaba a salir a la luz. Y nadie podría detenerla.