Helena Fiallet creía que lo peor que podía pasarle era descubrir la traición de Sebastián. Lo que no imaginaba era que, una noche, terminaría en los brazos de otro hombre.
Benjamin Scott quién parecía un error del que debía olvidarse… hasta que volvió a aparecer en su vida.
Y entonces Helena descubrió la verdad: Benjamin era el tío de Sebastián.
Lo que comenzó como una noche equivocada pronto se convirtió en una atracción imposible de ignorar. Porque cuanto más intenta alejarse de Benjamin, más descubre que aquello nunca fue un error.
Y ahora deberá decidir qué es más peligroso: enamorarse del hombre equivocado o descubrir que quizá siempre fue el correcto.
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A las 4pm
Benjamin estaba sentado frente al escritorio de caoba de su oficina en la torre Scott, pero los contratos abiertos frente a él podrían haber estado escritos en otro idioma. Las palabras de Sebastian de la noche anterior se repetían en bucle dentro de su cabeza.
“A la única mujer que he amado de verdad es a Helena.” “Durante toda la relación… no pude contenerme.”
Cada frase le removía algo oscuro y posesivo en el pecho. Si Helena decidía regresar con su sobrino… no sabía qué haría. La idea sola lo volvía loco. Cerró los ojos un segundo y tomó el teléfono.
Escribió con la excusa más simple que se le ocurrió:
¿Cómo te fue en la audiencia?
La respuesta no tardó:
Bien. Fue emocionante. Ahora voy a tomar el té con Allie y Antonia para celebrar.
Benjamin miró la pantalla. Los dedos le temblaron apenas antes de teclear de nuevo:
¿Podemos vernos después?
Hubo una pausa. Luego:
Sí. A las 4 pm en el Café Belvedere. Pasa por mí.
Esas horas se le hicieron eternas. No almorzó. No contestó correos. Le gritó a dos asistentes por errores mínimos, a un abogado externo por demorarse en enviar un documento y hasta al personal de limpieza por arrastrar un carro demasiado cerca de su puerta. El carácter de hielo que todos temían se había convertido en algo mucho más cortante.
Para completar el desastre, la puerta de su oficina se abrió sin previo aviso. Felipe entró con esa sonrisa confiada que a Benjamin siempre le había resultado irritante.
—Necesito que le consigas una vacante a Sebastian en el departamento de adquisiciones —dijo sin rodeos—. Algo con buen sueldo y proyección. Es mi hijo, después de todo. Y tu sobrino.
Benjamin levantó la vista con lentitud. Los ojos grises estaban fríos como el acero.
—Todo el mundo tiene que ganarse su lugar en esta empresa, Felipe. Tener el apellido Scott no te regala un escritorio ni un sueldo. Si Sebastian quiere entrar, que presente un currículum como cualquier otro y demuestre que sirve para algo más que gastar dinero.
Felipe abrió la boca, ofendido, pero Benjamin ya había vuelto la vista a los papeles con un gesto de despido. La conversación había terminado.
A las tres y cuarenta y cinco Benjamin ya estaba estacionado frente al Café Belvedere. El motor apagado. Las manos sobre el volante. Miraba la puerta del local como si de ella dependiera su cordura.
A las cuatro en punto la vio salir.
Llevaba una falda alta de color beige que le marcaba la cintura, botas de caña media y una camisa juvenil blanca metida por dentro. El cabello negro suelto le caía sobre los hombros. Benjamin sintió que el pecho se le expandía de una forma casi dolorosa. Nunca se había alegrado tanto de ver a alguien.
Helena abrió la puerta del copiloto y subió. El olor a su perfume llenó el auto de inmediato.
—Hola —dijo ella, todavía un poco tímida.
—Hola —respondió él, y por primera vez en todo el día la voz le salió suave.
Arrancó sin decir más. No se dirigió a ningún restaurante ni a ningún lugar público. Condujo hasta un edificio residencial discreto en un barrio tranquilo, uno de esos complejos de lujo donde los vecinos no se hacen preguntas. Había rentado el apartamento esa misma mañana, solo por si acaso.
Subieron en el ascensor en silencio. En cuanto la puerta del departamento se cerró detrás de ellos, Helena empezó a caminar hacia la sala, mirando alrededor con curiosidad. Benjamin la tomó del brazo, la giró con firmeza y la besó sin una sola palabra.
El beso fue hambriento, casi desesperado. Ella respondió de inmediato, alzando los brazos alrededor de su cuello. Benjamin la desvistió con manos urgentes: primero la camisa, luego la falda, luego todo lo demás. La levantó y la llevó hasta el sofá grande de color gris. La hizo suya allí mismo, con la luz de la tarde entrando por los ventanales, sin prisa pero sin detenerse, como si necesitara confirmar que seguía siendo suya.
Cuando terminaron, Helena se quedó dormida sobre su pecho, la respiración suave y cálida contra su piel. Benjamin le acariciaba el cabello con dedos lentos, mirando el techo sin realmente verlo.
Las palabras de Sebastian seguían ahí, al fondo de su mente. Pero ahora, con el peso de ella sobre él y el olor de su piel impregnándolo todo, Benjamin tomó una decisión silenciosa:
No iba a dejarla ir. No importaba lo que costara.