Tras ser masacrada junto a su familia por orden de su ambiciosa prima Silvia y el frío magnate Patrick, Elena muere en la ruina. Habían arriesgado todo para rescatar a Silvia de la mafia, pero ella borró todo rastro de su deshonra asesinando a sus salvadores.
Milagrosamente, Elena despierta en el pasado, justo la noche del ataque. Con el odio ardiendo en sus venas y dispuesta a todo, simula un colapso para evitar que su hermano intervenga, dejando que Silvia sufra las desgarradoras consecuencias de su propia trampa.
Determinada a no repetir su trágico destino, Elena orquesta una fría y metódica venganza corporativa. Entre alianzas estratégicas, secretos oscuros y manipulación, destruirá paso a paso a Silvia y a Patrick, arrastrándolos al mismo infierno al que la condenaron. En esta vida, las lágrimas de Elena serán el veneno de sus enemigos.
NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
EL HOMBRE QUE OBSERVA EN LAS SOMBRAS
Pasé las siguientes cuarenta y ocho horas sin dormir.
Lucas rastreó el coche negro durante dos días. Dos días de llamadas, de cámaras de seguridad hackeadas con permisos que no teníamos, de contactos en empresas de seguridad privada que debían favores antiguos. Yo seguí trabajando en Sterling Holdings, fingiendo normalidad mientras cada músculo de mi cuerpo estaba en alerta.
La respuesta llegó el jueves a las tres de la madrugada.
—Elena —dijo Lucas por teléfono, con la voz ronca de quien lleva horas sin cerrar los ojos—, tienes que sentarte.
Me senté en el borde de la cama. El loft estaba en silencio. Solo el zumbido del refrigerador y el tráfico lejano de Tribeca.
—¿Quién es?
—No vas a creerlo.
—Lucas.
—Es Patrick Sterling.
El teléfono casi se me resbaló de la mano.
—¿Qué?
—El coche es suyo. Conductor de su seguridad personal. Un tal Marcus, ex marine, diez años en su nómina. —Hubo una pausa—. Elena, no te está siguiendo para atacarte. Te está siguiendo para *protegerte*.
—¿Protegerme? ¿De qué?
—De Silvia.
Cerré los ojos.
—Explícame.
—Marcus tiene órdenes estrictas: si alguien se acerca a ti con intenciones hostiles, debe intervenir. Pero no puede acercarse a ti. Solo observar. —Lucas respiró hondo—. Elena, Patrick sabe más de lo que dice. Mucho más.
Colgué. Me quedé mirando la oscuridad del dormitorio.
Patrick Sterling me estaba protegiendo.
Y yo, durante dos vidas, lo había subestimado.
---
A las nueve de la mañana siguiente, Clara Reyes recibió la llamada.
Yo no estaba presente, por supuesto. Pero Lucas, con esa habilidad suya para estar en todas partes sin estar en ninguna, me envió un audio grabado de la conversación. Clara, en la cafetería del piso 65, con el teléfono pegado a la oreja y los ojos llenos de lágrimas.
*"¿Sí? ¿La Fundación Reyes? ¿Mi madre? ¿El tratamiento está aprobado? ¿Totalmente cubierto?"*
Pausa.
*"Pero... no entiendo. ¿Por qué yo? No he solicitado nada. No conozco a nadie en..."*
Pausa más larga.
*"¿Anónimo? ¿Una donante que prefiere permanecer en silencio?"*
Pausa.
*"Por favor... dígale... dígale que le debo la vida. Que nunca voy a olvidarlo."*
Silencio.
*"Sí. Sí, por supuesto. Gracias. Gracias."*
El audio terminó.
Me quedé quieta, con el teléfono en la mano, sintiendo algo que hacía mucho tiempo no sentía.
No era satisfacción.
Era *peso*.
Porque acababa de comprar la lealtad de Clara Reyes. Y Clara, en otra vida, me había dado esa misma lealtad sin pedir nada a cambio. Solo porque éramos familia. Solo porque su corazón era más grande que la miseria del mundo.
Y yo, esta vez, le estaba pagando con dinero.
¿Era eso suficiente?
¿Era eso justo?
No lo sabía.
Pero ya no había vuelta atrás.
---
Patrick Sterling no me esperó en su oficina esa mañana.
Me recibió en el piso 72, en una sala privada que no aparecía en los planos del edificio. Ventanales del piso al techo. Una mesa de cristal. Dos sillas. Nada más.
Estaba de pie junto a la ventana, con la chaqueta del traje quitada, la corbata aflojada, los primeros botones de la camisa desabrochados. Sostenía una carpeta manila en la mano. Y cuando me vio entrar, su expresión era algo que nunca le había visto antes.
Furia contenida.
—Cierre la puerta —dijo, sin girarse.
La cerré.
—Señor Sterling, si es sobre la propuesta asiática...
—No es sobre la propuesta asiática.
Se giró. Y en sus ojos grises vi algo que me heló la sangre.
No era sospecha.
Era *certeza*.
—Siéntese, Elena.
No me llamó "señorita Vasquez". Me llamó Elena. Y el modo en que lo dijo, con esa gravedad baja, me hizo saber que lo que venía no era una conversación. Era una declaración.
Me senté.
Patrick dejó la carpeta sobre la mesa. La abrió. Y deslizó tres fotografías hacia mí.
Las miré.
Eran imágenes de Silvia. En clínicas privadas del Upper East Side. Entrando por puertas traseras. Saliendo con gafas de sol y gorros. En una de ellas, con la mano en el vientre. En otra, llorando en el asiento trasero de un coche.
—Tres meses atrás —dijo Patrick, con la voz más fría que le había escuchado—, Silvia Castellanos se sometió a un aborto.
El aire se escapó de la habitación.
—El padre —continuó— no soy yo.
No dije nada. No podía.
—He contratado a los mejores investigadores privados de la ciudad. —Patrick se pasó una mano por el cabello, un gesto que lo hacía verse, por primera vez, vulnerable—. He revisado registros médicos, bancarios, de teléfonos. He seguido a Silvia durante seis semanas. Y lo que he encontrado...
Se detuvo. Respiró hondo.
—Lo que he encontrado me hace querer quemar el mundo entero.
Levanté la vista. Lo miré.
—¿Y por qué me muestra esto a mí?
Patrick caminó hacia la mesa. Se detuvo a mi lado. Tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.
—Porque usted lo sabía, Elena. —Su voz era un susurro ahora—. Desde aquella noche en el Met. Desde el primer momento en que la vi mirar a Silvia, supe que usted sabía algo. Y he pasado semanas intentando descifrar qué.
—No sé de qué...
—No mienta. —Se inclinó, apoyando una mano en el respaldo de mi silla. Su rostro a centímetros del mío—. No me mienta, Elena. No a mí. No después de todo lo que he visto.
Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo.
—¿Qué ha visto, Patrick?
—He visto a una mujer que no es lo que dice ser. —Sus ojos grises me atravesaron—. He visto a una mujer que lleva una máscara perfecta. Que sonríe en las galas. Que finge ser la prometida ideal. Pero que, cuando cree que nadie la observa, se quita la máscara y revela lo que realmente es.
—¿Y qué es realmente?
—Alguien a quien usted teme. —Bajó aún más la voz—. Alguien a quien usted ha estado observando con la misma intensidad con la que yo la he observado a ella.
No respiré.
Patrick se acercó más. Su mano, en el respaldo de la silla, rozó mi hombro. El contacto fue eléctrico.
—Dígame la verdad, Elena. —Su aliento en mi mejilla—. Dígame qué le hizo Silvia. Porque sea lo que sea, yo voy a asegurarme de que pague por ello.
Cerré los ojos.
Y por primera vez en dos vidas, estuve a punto de hacerlo.
A punto de contarle todo.
A punto de apoyarme contra él y dejar que alguien, solo por una noche, cargara con el peso.
Pero entonces recordé.
Recordé a Lucas sangrando. A mi madre muerta. A Silvia brindando con champagne mientras mi apellido se convertía en sinónimo de fracaso.
Abrí los ojos.
—No es su guerra, Patrick.
Él se quedó quieto.
—Todo lo que le afecta a usted —dijo, con una voz que sonaba casi dolorida—, me afecta a mí.
—No sabe lo que dice.
—Sé exactamente lo que digo. —Su mano se movió. Me tomó el mentón con delicadeza, obligándome a mirarlo—. La conozco, Elena. La conozco mejor de lo que usted cree. Y sé que está cargando con algo que no debería cargar sola.
—No estoy sola. Tengo a Lucas.
—Lucas no puede protegerla de todo.
—Entonces, ¿usted sí puede?
Algo se quebró en su expresión. Algo que se pareció, por un segundo, a la rendición.
—No —dijo, con voz baja—. No puedo protegerla de todo. Pero puedo estar a su lado mientras usted se protege sola.
El silencio se extendió entre nosotros. Denso. Eléctrico. Peligroso.
Patrick no me besó. No hizo nada que pudiera arrepentir después. Solo me miró. Con esos ojos grises que ya no parecían fríos. Que parecían, por primera vez, *honestos*.
Luego se apartó. Recogió la carpeta. La cerró.
—Guárdela —dijo, deslizando las fotografías hacia mí—. Úselas como crea necesario. Pero cuando llegue el momento de destruirla... —hizo una pausa, y sus ojos se oscurecieron—, no lo haga sola.
Me puse de pie. Tomé las fotografías. Las guardé en mi bolso.
—¿Por qué me ayuda, Patrick?
Él me miró. Y en su expresión vi algo que no había visto antes.
No era deseo.
Era *reconocimiento*.
—Porque usted es la primera persona en mi vida que no me ha mentido sin necesidad de decir una sola palabra.
Salí de la sala con las piernas temblorosas. Con el corazón martillando. Con las fotografías de Silvia quemándome el bolso.
Y con la certeza absoluta de que, por primera vez en dos vidas, algo se había salido del guion.
Patrick Sterling no era el enemigo.
Y eso, más que cualquier otra cosa, podía destruirme.
---
En el ascensor, saqué el teléfono.
—Lucas —dije, cuando contestó—. Patrick sabe lo del aborto.
—¿Cómo?
—Tiene fotos. Investigadores privados. Lleva semanas siguiéndola.
Silencio.
—Elena, esto cambia todo. Si Patrick expone a Silvia públicamente, no necesitamos hacer nada. Ella sola se destruye.
—No va a hacerlo.
—¿Por qué no?
—Porque está esperando a que yo lo haga.
—¿Y por qué haría eso?
No respondí.
Porque la verdad era que no lo sabía.
Pero tenía una sospecha.
Una sospecha peligrosa.
Una sospecha que, si era cierta, significaba que Patrick Sterling no era el hombre que yo había creído.
Ni en esta vida.
Ni en la anterior.
Leee