Náyrel siempre creyó que la soledad era el precio de su existencia. Oculta entre los árboles de un bosque encantado, guardaba un secreto que podía cambiar el destino de todos los reinos sobrenaturales: era la última hija de la Luna Blanca. Pero su mundo cambia el día que Darian Varek, el temido señor del Reino de las Sombras, descubre su existencia. Frío, dominante y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes, Darian decide llevarla a su castillo, convencido de que ninguna fuerza podrá arrebatársela. Sin embargo, Náyrel no nació para vivir entre muros ni para inclinar la cabeza ante ningún hombre. Se resistirá a sus órdenes, desafiará su autoridad y escapará tantas veces como sea necesario. Pero Darian siempre la encontrará. Entre persecuciones, secretos ancestrales y una atracción que ninguno logra comprender, Náyrel descubrirá que detrás de la frialdad de aquel inmortal existe una oscuridad mucho más profunda de lo que imaginaba. Y Darian aprenderá que la única criatura capaz de desafiar su poder también podría convertirse en su mayor debilidad. Ella desea escapar de él. Él está dispuesto a desafiar a la eternidad para conservarla a su lado. Pero cuando la verdad sobre el origen de Náyrel salga a la luz, ambos descubrirán que su encuentro no fue una coincidencia y que el destino les tiene reservado algo mucho más peligroso que el amor. Porque algunas almas están destinadas a encontrarse… incluso cuando una de ellas haría cualquier cosa por escapar. 🌙 ¿Podrá Náyrel conquistar su libertad sin perder el corazón ante el único hombre del que jamás debió enamorarse?
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Las reglas de Darían Varek
Náyrel despertó cuando los primeros rayos del sol atravesaron las cortinas plateadas de su habitación. Durante unos segundos olvidó dónde se encontraba, hasta que vio los muebles desconocidos, la chimenea apagada y la puerta que conducía a un pasillo custodiado por dos guardias. Entonces recordó el bosque, la aparición de Darian y aquella voz misteriosa que había pronunciado su nombre desde la torre norte. Se incorporó de inmediato y buscó su bolsa de provisiones. Seguía junto a la cama, exactamente donde la había dejado. Al menos no le habían quitado sus pertenencias. Sacó su cuaderno de hierbas medicinales y pasó varias páginas hasta encontrar un dibujo que su madre había realizado muchos años atrás: una torre rodeada por siete estrellas y una puerta marcada con una luna creciente. Era el mismo símbolo que había visto en el castillo. Debajo del dibujo había una frase escrita con una tinta que el tiempo apenas había conseguido borrar: Cuando la hija de la luna regrese al hogar de las sombras, la memoria despertará y la sangre reconocerá su origen. Náyrel leyó aquellas palabras varias veces. ¿Cómo podía su madre conocer un lugar en el que ella nunca había estado?
No tuvo tiempo de seguir investigando. Un golpe discreto sonó en la puerta y una mujer de mediana edad entró llevando una bandeja con pan recién horneado, frutas y una taza de infusión. Tenía el cabello castaño recogido en un moño y vestía un uniforme oscuro con bordados plateados. —Buenos días, señorita. Mi nombre es Elowen. Me han encargado atenderla durante su estancia. Náyrel observó la bandeja y después a la mujer. —¿También te han encargado vigilarme? Elowen pareció sorprendida por la pregunta, pero no se ofendió. —No, señorita. Mi trabajo consiste en asegurarme de que tenga todo lo que necesita. —¿Y si lo que necesito es salir de aquí? La mujer dejó la bandeja sobre una mesa antes de responder. —Entonces me temo que tendrá que hablar con el señor Varek. Náyrel soltó un suspiro. Naturalmente. En aquel castillo, hasta las respuestas parecían pertenecer a Darian. Sin embargo, Elowen le inspiró cierta confianza. No tenía la mirada temerosa de los guardias ni parecía incómoda por su presencia. Cuando Náyrel preguntó por la torre norte, la mujer palideció ligeramente y comenzó a recoger una servilleta que no necesitaba ser recogida. —Hay lugares en este castillo sobre los que es mejor no preguntar —murmuró. Después salió sin añadir nada más.
Náyrel terminó de desayunar y se vistió con el único vestido limpio que había encontrado en el armario: una prenda color marfil, sencilla, con mangas largas y pequeños bordados plateados. No era de su estilo, pero le permitía moverse con comodidad. Al salir al pasillo, los guardias se apartaron respetuosamente. Ella aprovechó para recorrer las galerías, memorizando cada escalera, cada ventana y cada salida. El castillo era enorme, pero no pensaba permitir que su tamaño la intimidara. Encontró una biblioteca de dos pisos, un salón de música abandonado y un corredor que desembocaba en los jardines interiores. Allí descubrió un pequeño invernadero lleno de plantas medicinales, algunas tan raras que nunca había imaginado verlas reunidas en un mismo lugar. Se acercó a una flor de pétalos azules y aspiró su aroma. Era una especie que crecía únicamente en las tierras donde la magia antigua seguía viva. Aquello confirmó que el castillo escondía secretos que iban mucho más allá de su propietario.
—Veo que has decidido explorar antes de que te lo permitiera.
La voz de Darian llegó desde la entrada del invernadero. Náyrel se volvió y lo encontró apoyado contra el marco de la puerta, vestido con una camisa negra y un abrigo oscuro. Su cabello estaba ligeramente despeinado, como si acabara de abandonar una reunión. Aun así, conservaba aquella expresión fría que parecía formar parte de su rostro.
—No sabía que necesitaba tu permiso para caminar.
—Para caminar, no. Para entrar en ciertas zonas, sí.
—¿Vas a prohibirme también respirar?
—Si encuentras la manera de hacerlo peligrosamente, lo consideraré.
Náyrel lo miró con indignación antes de descubrir que estaba hablando en serio. O casi. No supo si aquella respuesta pretendía ser una broma, pero decidió que no le daría la satisfacción de preguntarlo.
—Quiero saber por qué mi marca reacciona a este lugar y qué relación tienes con mi madre.
Darian abandonó el marco de la puerta y se acercó a una mesa donde descansaban varias herramientas de jardinería.
—Tu marca está vinculada a una magia que desapareció hace siglos. El castillo fue construido sobre uno de los antiguos santuarios de la Luna Blanca.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Porque todavía no sé qué significa tu regreso.
—¡No he regresado! ¡Nunca había estado aquí!
—Quizá tú no lo recuerdes.
Náyrel sintió que el suelo parecía inclinarse bajo sus pies. Quiso exigirle una explicación, pero la expresión de Darian le indicó que no estaba dispuesto a continuar aquella conversación.
—Hay tres reglas mientras permanezcas aquí —dijo él—. No cruzarás las puertas exteriores sin mi conocimiento. No utilizarás tu magia sobre las barreras del castillo. Y no entrarás en la torre norte.
—¿Y qué sucederá si desobedezco las tres?
Darian se detuvo frente a ella. La diferencia de altura obligó a Náyrel a levantar ligeramente el rostro, pero no retrocedió.
—Me obligarás a ir a buscarte otra vez.
—Parece que disfrutas persiguiéndome.
—No disfruto de nada que ponga tu vida en peligro.
La respuesta fue tan seria que Náyrel perdió por un instante las palabras. Darian aprovechó para tomar una pequeña caja de madera de la mesa y entregársela. Dentro había un brazalete de plata con una piedra blanca engarzada en el centro.
—Póntelo.
Ella cerró la caja inmediatamente.
—No acepto regalos de desconocidos.
—No es un regalo. Es un estabilizador mágico. Evitará que la marca te cause dolor cuando utilices tus poderes.
—¿Y cómo sé que no sirve para rastrearme?
Darian la miró en silencio. Después extendió la mano y abrió la caja, dejando que la piedra quedara expuesta a la luz. El objeto emitió un resplandor suave, idéntico al que aparecía en la muñeca de Náyrel.
—Puedes rechazarlo. Pero si tu magia vuelve a descontrolarse, no siempre estaré cerca para ayudarte.
Náyrel odió que sus palabras tuvieran sentido. También odió que él hubiera pensado en una manera de aliviar su dolor sin exigirle nada a cambio. Tomó el brazalete, aunque no se lo puso.
—Esto no significa que confíe en ti.
—No esperaba tanto.
Darian se alejó hacia la salida, pero Náyrel lo llamó antes de que desapareciera.
—Una última pregunta. ¿Por qué me buscabas?
El inmortal se detuvo. Durante un momento, su expresión se volvió indescifrable, y ella tuvo la impresión de que estaba decidiendo cuánto podía revelar sin ponerla en peligro.
—Porque alguien más también te está buscando —respondió finalmente—. Y si esa persona llega primero, ni siquiera yo podré garantizar que sobrevivas.
Darian salió del invernadero y la dejó sola con la caja entre las manos.
Náyrel contempló el brazalete, luego la torre norte, visible por encima de los muros. Si aquel hombre esperaba que el miedo la mantuviera obediente, no conocía su naturaleza. Acababa de darle tres reglas.
Ella ya estaba pensando en cómo romper la tercera.
Y esa misma tarde, mientras los guardias cambiaban de turno, Náyrel descubrió una puerta oculta detrás de los estantes de la biblioteca.
Una puerta que conducía directamente a las escaleras de la torre prohibida.