Sinopsis Corta
Tras años de separación, dolor y una condena a muerte dictada por engaños en el oscuro mundo de la mafia, Valerio De Santis y Lysandra Varesi vuelven a cruzar sus caminos. En medio de traiciones familiares y la amenaza inminente de sus enemigos, Valerio renunciará al poder terrenal y arriesgará su vida para proteger a Lysandra y a sus hijos mellizos, Eren y Lyra. Una apasionante historia de amor, sacrificio y redención donde las cicatrices del pasado se transforman en el cimiento de una vida en paz.
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Capítulo 7: La llamada de la sangre y el desprecio de la inocencia
El sol comenzaba a ocultarse en el horizonte sobre el mar de Málaga, tiñendo el cielo de tonos dorados y violetas. Dentro del todoterreno apostado a cincuenta metros de la casa de piedra, Valerio permanecía en un silencio sepulcral, mirando fijamente la puerta destruida. Tenía la corbata desanudada y la camisa entreabierta. La imagen de sus hijos mirándolo con odio se le clavaba en la cabeza como una espina venenosa.
El tono de llamada de su teléfono satelital rompió la pesadez del ambiente. En la pantalla brillaba el nombre de su madre. Valerio lo contempló unos segundos antes de presionar el botón de contestar y llevarse el aparato al oído.
—Dime, madre —dijo Valerio con la voz cansada y rasposa.
Al otro lado de la línea, la voz de Domitilla sonó firme pero cargada de angustia.
—Valerio Giancarlo, ¿dónde estás? Tu padre y yo llevamos horas intentando comunicarnos contigo. En el yate nos dijeron que suspendiste la reunión con la familia de Valencia y que te llevaste a Orestes apresado al puerto. ¿Qué demonios está pasando?
Valerio cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el respaldo de cuero.
—Madre... encontré a Lysandra.
Un silencio sofocante se apoderó de la línea telefónica. Del otro lado se escuchó el sonido del teléfono cambiando de manos y la voz grave, autoritaria e imponente de Aurelio irrumpió de inmediato.
—¿Qué estás diciendo, Valerio? —exigió Aurelio—. Lysandra murió hace ocho años. Orestes confirmó su muerte en el acantilado de Sicilia.
—Orestes mintió, padre —respondió Valerio con frialdad—. Lysandra sobrevivió al disparo y a la caída al mar. Ha estado viviendo todo este tiempo aquí, en las afueras de Málaga... y no estaba sola.
—¿De qué hablas? Explicate ahora mismo —ordenó Aurelio.
—Tiene a dos niños con ella —confesó Valerio, sintiendo que un nudo le cerraba la garganta—. Dos mellizos de siete años y medio. Son mis hijos. Llevan nuestra sangre.
Se escuchó un jadeo ahogado por parte de Domitilla a través del altavoz, seguido por el sonido de sus pasos presurosos.
—¡Santa Madre de Dios! —exclamó Domitilla, con la voz entrecortada por la emoción—. ¿Nuestros nietos? ¿Lysandra tuvo a nuestros nietos en el exilio? Aurelio, manda a preparar el jet ahora mismo. Vamos para allá.
—Madre, no es necesario que vengan... —intentó frenarla Valerio.
—¡Ni se te ocurra detenerme, Valerio! —lo cortó Domitilla con voz tajante—. Nos ocultaron a nuestra propia sangre durante ocho años. Tu padre y yo salimos hacia allá en este instante.
Tres horas después, una limusina negra de cristales blindados se estacionó frente a la modesta vivienda de piedra. De ella descendieron Aurelio De Santis, luciendo su porte señorial a sus setenta años con un impecable traje gris, y Domitilla, vestida con la elegancia sobria que la caracterizaba a sus sesenta y ocho años.
Valerio bajó del todoterreno para recibirlos. Domitilla corrió hacia su hijo y le tomó el rostro entre sus manos, examinándolo con severidad.
—¿Dónde están mis nietos, Valerio? ¿Dónde está Lysandra? —preguntó Domitilla, temblando de impaciencia.
—Están adentro, madre. Pero les advierto que la situación es sumamente complicada. No quieren saber nada de nosotros —explicó Valerio con la mirada ensombrecida.
Aurelio caminó con paso decidido hacia la entrada golpeada, manteniendo su postura erguida.
—La sangre De Santis no se niega, Valerio. Somos sus abuelos y tienen que conocer la verdad —declaró Aurelio, empujando suavemente la puerta fracturada para ingresar a la residencia.
Dentro de la casa, la luz de una lámpara de mesa iluminaba el salón. Lysandra estaba sentada en el sofá, rodeando con sus brazos a Eren y a Lyra. Al ver entrar a los ancianos seguidos por Valerio, Lysandra se puso de pie de golpe, colocando a los niños detrás de ella.
—¿Más De Santis en mi casa? —dijo Lysandra con la voz llena de sarcasmo y desprecio—. Vaya, la familia imperial completa ha venido a contemplar a los 'traidores'.
Domitilla dio un paso adelante, ignorando el todo hostil de Lysandra. Sus ojos se llenaron de lágrimas de emoción al divisar los rostros de los dos pequeños que asomaban la cabeza detrás de la joven madre.
—Lysandra... mi muchacha —murmuró Domitilla con dulzura, extendiendo las manos—. Por favor... perdónanos. No sabíamos nada de esta barbarie. Déjame ver a mis nietos.
—¡Ustedes no tienen ningún nieto aquí! —espetó Lysandra con voz categórica, dando un paso atrás—. Se equivocaron de casa, señora De Santis. Mis hijos no tienen abuelos paternales.
Aurelio avanzó con compostura, mirando a los pequeños con un orgullo contenido en sus ojos oscuros.
—Lysandra, entiendo tu dolor y tu resentimiento —dijo Aurelio con su tono grave y autoritario—. Mi hijo cometió un error monstruoso guiado por la intriga de un traidor, pero nosotros somos los patriarcas de la familia. Esos niños son nietos de Aurelio De Santis, llevan nuestro linaje y tienen derecho a conocer su origen y disfrutar de la riqueza y el poder que les pertenecen.
Eren dio un salto al frente, soltándose del agarre de su madre. Miró al anciano de arriba abajo con una expresión de puro rechazo y disgusto.
—¡A mí no me importa su dinero ni su nombre feo! —gritó Eren con firmeza, apretando sus puños—. ¡Mi mamá nos sacó adelante sola sin la ayuda de ninguno de ustedes! ¡Nosotros no queremos ser de su familia!
Domitilla se agachó con dificultad para quedar a la altura de los niños, intentando sonreírles con ternura.
—Cariño, escúchame... —suplicó Domitilla—. Soy tu abuela Tilla y él es tu abuelo Aurelio. Tu papá cometió una falta grave, pero nosotros los amamos desde el primer momento en que supimos que existían. Les trajimos un futuro seguro, una vida de reyes en Sicilia...
La pequeña Lyra se agarró con fuerza del brazo de Eren y miró a la anciana con unos ojos verdes llenos de frialdad y rechazo.
—Ustedes son igual de malos que ese señor —dijo Lyra, señalando a Valerio con el dedo—. Mi mamá nos contó cómo su familia vive de la sangre y de la violencia. ¡Ustedes no son nuestros abuelos! ¡Nuestra abuela verdadera nos habría protegido en lugar de dejar que nos dispararan!
Las palabras de la niña cayeron como un jarro de agua helada sobre Domitilla, quien se llevó la mano al pecho, sintiendo que el corazón se le encogía de dolor.
—Niña mía... no digas eso... —sollozó Domitilla con las lágrimas rodando por sus arrugadas mejillas.
—¡Digo la verdad! —intervino Eren, encarando ahora a Valerio y a Aurelio al mismo tiempo—. ¡Ustedes son monstruos! ¡Ese señor que dice ser mi papá mandó a matar a mi mamá cuando nos llevaba dentro del vientre! ¿Creen que somos tontos? ¡Un verdadero padre cuida a su familia, no la manda a tirar al mar! ¡Los odiamos a todos! ¡Vayanse de nuestra casa!
Aurelio, a pesar de su carácter de hierro y sus setenta años de autoridad indiscutible en el mundo del crimen organizado, sintió que el orgullo se le desmoronaba por completo ante el desprecio absoluto de su propio nieto. Miró a Valerio, cuyo rostro reflejaba una derrota devastadora.
—Ya escucharon a mis hijos —sentenció Lysandra, caminando hacia la puerta y abriéndola de par en par—. Les pido que se retiren de mi propiedad. No queremos sus herencias, ni sus apellidos, ni su culpa. Para Eren y Lyra, la familia De Santis no existe.
Domitilla se puso de pie con la ayuda de Aurelio, llorando desconsoladamente. Miró a Lysandra con profunda pena.
—Perdónanos, Lysandra... perdónanos por todo el mal que te causamos —susurró la anciana antes de dar media vuelta.
Aurelio caminó en silencio hacia la salida, cabizbajo por primera vez en su vida. Antes de cruzar el umbral, Valerio miró por última vez a Lysandra y a los mellizos, que permanecían abrazados e inquebrantables en medio de la sala.
—Esto no devuelve los ocho años perdidos —murmuró Valerio con la voz rota—, pero juro que me voy a pasar el resto de mis días intentando que no me odien.
—No pierdas el tiempo, Valerio —respondió Lysandra mirándolo a los ojos—. Para nosotros, ya estás muerto.
La puerta se cerró tras la comitiva De Santis, dejando a los tres ancianos de la mafia solos en la penumbra de la noche española, aplastados por el peso incalculable de sus propios errores.